Alejandro Calvillo.
Una “bomba”, así consideraron los
funcionarios de Coca Cola, en documentos internos, su estrategia para poner en
la palestra pública a una asociación científica que estableciera que el
problema en la epidemia de obesidad no está en lo que comes sino únicamente la
cantidad de energía que consumes y la que gastas. Una “bomba” para “cambiar la conversación”, para desviar la atención de los
productos y sus daños.
No había que discutir la alta
concentración de calorías en sus bebidas, ni que esas calorías son vacías y que
no generan saciedad, tampoco que el consumo de una sola lata al día aumenta el
riesgo de obesidad en niños en un 60% y que en adultos aumenta en un 25% el
riesgo de diabetes, tampoco que ese consumo de una sola lata (355 mililitros
con 7 cucharadas de azúcar) es menos de lo que se consume una persona en
promedio cada día en países como México (más de 400 mililitros) y que este
consumo dispara los indicadores de riesgo de enfermedades cardiovasculares.
La “bomba” estaba destinada a negar y
sacar de la palestra esta información, reforzada por campañas publicitarias
como la de Coca Cola de “149 calorías para usar en actividades felices”.
El uso de términos de guerra en la
empresa refresquera, al parecer, es algo común. En México, un alto directivo de
la empresa fue despedido, según denunció públicamente, por oponerse a una
campaña de Coca Cola a la que internamente se le llamaba “blitzkrieg”, que
significa “guerra relámpago”. La empresa refresquera se
inspiró en el concepto utilizado para describir un tipo de ataque militar
ejecutado por el ejército nazi, “blitzkrieg”, para referirse a la estrategia
que estaba desarrollando para aniquilar a la competencia. La “guerra relámpago”
fue ejecutaba a principios de 2008 en todo México a través de 1,173 brigadas de
la empresa para desplazar a la competencia en las más de 700 mil tiendas de
abarrotes y misceláneas.
Ángel Alvarado, que denunció a The
Coca Cola Export Corporation, era responsable de aplicar la “Blitzkrieg” o
“guerra relámpago” como director de desarrollo de mercado. Según declaró en los
procesos contra la empresa, fue despedido por oponerse a esa práctica
monopólica. Además, denunció que la empresa contrataba a sus
empleados a través de otra compañía outsourcing para evitar el reparto de
utilidades entre los trabajadores. Alvarado estimó que la empresa habría
evadido a través de este mecanismo, repartir 70 millones de dólares entre sus
empleados en México.
La “bomba”, la estrategia para generar la narrativa
sobre el origen de las epidemias de obesidad y diabetes, desviando la atención
del impacto de las bebidas azucaradas en la salud y poniendo la responsabilidad
en los individuos, en la necesidad de balancear el consumo de energía con su
gasto, fue descrita en documentos internos de Coca Cola. Los documentos
internos muestran que la empresa dio recursos y apoyó, de manera oculta, la
creación y operación del Global Energy Balance (Balance Energético Global, GEB)
porque serviría como una “bomba” para “cambiar la conversación” sobre la
obesidad en medio de la “creciente guerra entre la comunidad de la salud
pública y la industria privada”.
El GEB, dirigido por un grupo de científicos
aliados a Coca Cola, plantean los documentos internos, debe ser visto como un
“agente honesto” en esta “guerra”, es decir, una entidad libre de conflicto de
interés. El GEB tendría todo el poder de cabildeo de la industria para
vincularse a políticos, tomadores de decisión, periodistas, medios de
comunicación, es decir, para imponer su palabra.
Esta es una
práctica común que se sigue en México por la refresquera, ConMéxico y las
mayores agencias de relaciones públicas del país que trabajan al igual para las
corporaciones de bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados, la gran
industria del tabaco y la industria del alcohol.
La
estrategia del GEB es muy similar también
a la que usaron por años la industria petrolera en los Estados Unidos
patrocinando un grupo de científicos que negaban el cambio climático, conocido
como los “escépticos”, con gran difusión en los medios y vínculos muy fuertes
con los políticos, especialmente los republicanos. La estrategia en ambos casos
consiste en: desviar la atención sobre las causas identificadas por la
evidencia científica, negar los daños que causan sus productos, negar las
responsabilidades de sus prácticas y detener las políticas que puedan afectar
sus intereses. Las consecuencias de estas estrategias, en salud en el primer
caso y en el medio ambiente en el segundo, no importan, lo que importa es el
beneficio económico.
En una de
las revistas científicas más importantes en medicina, el British Medical
Journal, se acaba de publicar un análisis de estos documentos internos de Coca
Cola realizado por un grupo de investigadores de Oxford en el Reino Unido, de
la organización estadounidense US Right to Know e investigadores de la
Universidad de Bocconi en Italia. Los
investigadores señalan: “La propuesta de Coca Cola por establecer el GEB
confirma las preocupaciones en relación a las corporaciones de alimentos y
bebidas sobre sus vínculos con las organizaciones científicas y sus semejanzas
con las estrategias de la gran industria tabacalera”.
La salida a la luz en el New York
Times del caso del GEB y el dinero que recibió de Coca Cola; la estrategia que
también salió a la luz de cómo esta empresa estaba financiando a
nutricionistas, coachs en salud y actividad física, para que enviaran mensajes
en las redes sociales a través de los cuales, incluso, recomendaban tomar las
bebidas de esta empresa como una buena alternativa; y las denuncias de
financiamiento a asociaciones de profesionales en salud, llevaron a la empresa
a publicar una lista, no completa, de las instituciones, organizaciones,
asociaciones y académicos que ha financiado en los últimos años. En todos los casos el patrón ha sido destinar estos recursos
para que otros actores que pueden parecer independientes y que tienen cierta
autoridad, se expresen públicamente en contra de las políticas que pueden
afectar sus intereses, sus ganancias.
El caso más
reciente es el que denunciamos la semana pasada cuando dimos a conocer que en
las renegociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, los Estados Unidos está proponiendo, en
acuerdo con los negociadores mexicanos, un acuerdo sobre el etiquetado de
alimentos y bebidas. Este acuerdo pretende establecer la prohibición, a los
países firmantes del TLCAN, de instituir etiquetados frontales que adviertan al
consumidor si el producto es alto en azúcares, sodio, grasas, calorías.
Se intenta prohibir que las naciones
establezcan un etiquetado frontal de advertencia tal como lo recomienda el
mayor órgano de salud de la región, la Organización Panamericana de la Salud,
para combatir la epidemia de obesidad y diabetes. Un etiquetado que ya se ha
establecido en Chile y se propone en Canadá, Brasil, Uruguay y México.
En la pasada
entrega a Sinembargo, expusimos la dimensión que tiene esta propuesta en su
daño a las políticas de salud pública para combatir las epidemias de sobrepeso
y obesidad. Una propuesta que mantendría a los consumidores de una de las
regiones del mundo con mayor incidencia de sobrepeso y obesidad en la
ignorancia de cuánta azúcar agregada, cuánta sal y cuantas grasas saturadas
tienen los productos ultraprocesados que consumimos. El propósito es mantenernos con etiquetados que nos sigan engañando y
que no sean entendibles por la mayor parte de los consumidores.
¿Cuánta presión y recursos pueden
moverse para mantener el etiquetado en México que diseñaron las propias
empresas para que no se entendiera y recomendara el consumo de altísimas
cantidades de azúcares añadidos? ¿cuánto para que se establezca la prohibición
de un etiquetado frontal de advertencia en el TLCAN?
En su
reporte A red light for consumer information, el Corporate Europe Observatory,
organización dedicada a vigilar y exponer el poder de los cabildeos en la Unión
Europea, describe la estrategia que siguió la industria de alimentos y bebidas
en el Parlamento Europeo para bloquear el etiquetado del semáforo en Europa e
imponer el llamado GDA. El Observatorio
mostró que la industria invirtió mil millones de euros para imponer su
etiquetado que, al igual que en México, no es entendible por los consumidores y que establece un consumo de 18
por ciento de las calorías por azúcares añadidos, es decir, 18 cucharadas de
azúcar al día. Varios parlamentarios europeos señalaron que este era el mayor
cabildeo que habían vivido
En este asunto todo va enlazado: el
espionaje en México que denunciamos hace más de un año y que sufrimos tres de
los promotores de las políticas preventivas de la obesidad; el diseño de las
regulaciones del etiquetado frontal y de la publicidad dirigida a niños en
México y que se entregó a la industria para quedar en pura simulación y un
riesgo a la salud; la prohibición que se quiere imponer a los etiquetados
frontales de advertencia en la renegociación del TLCAN; la
existencia de un Observatorio Nacional de Enfermedades No Transmisibles en
México destinado a evaluar la política contra la obesidad y que está dominado
por las propias corporaciones de alimentos y bebidas; es como dicen los
documentos internos de Coca Cola: una guerra creciente de la industria contra
la comunidad de salud pública, una guerra de la industria contra la salud de la
población.
¿Y dónde está el Estado garante del
derecho a la salud y los derechos de la infancia? ¿Dónde la protección al
derecho a la información?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.