Darío
Ramírez.
Hace 186 días que no tenemos
procurador general de la República. Y parece ser que a pocos le importa.
Tal vez no lo necesitemos. Vamos a
ver: Según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad
Pública (ENVIPE 2017) el problema que tenemos es serio.
Se estima en 24.2 millones el número
de víctimas de 18 años y más por año. La tasa de incidencia delictiva por cada
cien mil habitantes en 2016 fue de 37,017, cifra estadísticamente superior a la
estimada en 2015 que fue de 35,497; y estadísticamente menor a la registrada en
2014, cuando llegó a 41,655. La cifra negra, es decir el nivel de delitos no
denunciados o que no derivaron en averiguación previa fue de 93.6% a nivel
nacional durante 2016, mientras que en 2015 fue de 93.7 por ciento.
Y por si
pensamos que esto no nos cuesta: En
2016, el costo total a consecuencia de la inseguridad y el delito en hogares
representó un monto de 229.1 mil millones de pesos, es decir, 1.1% del PIB. Lo
cual equivale a un promedio de 5,647 pesos por persona afectada por la
inseguridad y el delito.
Según la
realidad y los dichos de los estudiosos, la
impunidad es el gran lastre que nos afecta a todos y todas de manera continua.
La falta de acceso a la justicia y
castigo por violar la ley parecen ser un anhelo popular más que un derecho
constitucional. Por lo menos eso se deduce del Índice Global de Impunidad el
cual señaló que México es el primer lugar de impunidad en América.
186 días han pasado en donde se
reafirma con vehemencia que la procuración de justicia en este país no es
prioridad para la clase política. Y tal vez esto sea porque la clase privilegiada
siempre tiene una puerta trasera para enfrentar la ley. El desdén es absoluto y
firme.
Al mismo
tiempo, parecería que una figura clave
como la de Procurador General de la República no es indispensable porque la
justicia tampoco lo es para los gobernantes.
Enrique Peña
Nieto afirmó: “” Creo que la definición de un fiscal idóneo, con credenciales
para desempeñar esa responsabilidad, no puede estar secuestrada por la
efervescencia política, y, en consecuencia, si no hay condiciones para definir
a alguien que tenga el perfil idóneo para ese desempeño, creo que difícilmente
estaremos en condiciones… Creo yo el Senado, del que depende la decisión, creo
que no tendrá condiciones para definir un fiscal y a lo mejor tendremos que
esperar a que ocurra la elección de julio del próximo año”, dijo el presidente
después de la renuncia de Cervantes.
No sé a usted, pero a mí me da
escalofríos que la clase política debiliten de esa manera nuestras
instituciones. Dejar acéfala la PGR es atacar de manera frontal lo que
significa dicha institución del Estado mexicano.
Cuando los
acuerdos en la cúpula política no funcionan ni para poner a una figura clave
del servicio público, según sugieren las palabras de Peña Nieto, debemos de reconocer que no hay un interés
de Estado, ni el mínimo interés traslapado para actuar a favor de la República
y no de acuerdo a intereses de grupo o de partido.
La impunidad sirve al sistema. Es esa
sensación permanente de derrota social. Aquella que nos recuerda que poco se puede hacer porque así
hemos sido siempre. La impunidad es
rectora en nuestra ausencia de estado de derecho.
La grilla política es la que
imposibilita la transición a una Fiscalía General de la República autónoma y
eficaz. La política de los corruptos siempre apunta –evidentemente- por aceitar
la justicia con la impunidad. Esa impunidad que mantiene sus privilegios y que
resulta tóxica para un país de leyes e igualdad.
Pero somos (y afirmo en plural porque
va siendo hora de que cada quién tome su rebanada de responsabilidad ante lo
que vivimos) una sociedad inconexa con la realidad que sufrimos. Es decir, ante
la realidad, no hacemos lo que tendríamos que hacer. Y así es como, 186 días
después, podemos vivir tranquilos sin un abogado general de la nación.
Pero la impunidad se premia con impunidad.
A más de un año de iniciar la
investigación sobre los sobornos que pagó la empresa brasileña Odebrecht a
funcionarios (y personal de su campaña política) del gobierno de Enrique Peña
Nieto, la Procuraduría General de la República se negó a “precisar el tiempo de
conclusión” de sus indagaciones y a “revelar detalles” sobre supuesta investigación, la
cual Raúl Cervantes dijo que estaba lista, cuando presentó su renuncia.
La negativa a dar información sobre
el hecho de corrupción más grande de América Latina es simplemente una prueba
más de que no necesitamos procurador.
En respuesta al exhorto que le
extendió el Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) en enero pasado, la
dependencia (tres meses después) reiteró que “la investigación sigue su curso”
y que está legalmente imposibilitada para proporcionar información por el
“carácter reservado” del proceso, según destacó la segunda sesión ordinaria del Comité
Coordinador del SNA.
La PGR como representante de la
impunidad en el fuero federal, es el brazo ejecutor para atacar contrincantes
políticos como es el caso de Ricardo Anaya. Semanas después la PGR sigue sin
dar razones jurídicas para dudar del candidato presidencial.
Un país sin
procuración de justicia está condenado a la desigualdad perene.
Para algunos
una PGR acéfala que vibre ante los vaivenes de la política del ejecutivo puede
ser lo que les convienen. Por ello, uno
de los grandes pendientes legislativos es la reforma al artículo 102
constitucional para crear una Fiscalía que sirva a la justicia. Parece un
anhelo inalcanzable, pero es lo que necesitamos para cambiar el paradigma
actual. La impunidad solo les sirve a algunos, los otros necesitamos justicia.
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