viernes, 27 de abril de 2018

Comparación fallida.


Dolia Estévez.

Pese a llevar años fuera del ojo público, Luis Echeverría Álvarez sigue presente en el candente debate nacional. Y es que para los protectores del statu quo, dispuestos a casi todo con tal de no ceder el poder, el expresidente personaliza al anticristo. Carlos Salinas lo acusó de maquinar un presunto “complot” para destruir su legado (The New York Times, 01/31/1997), y Vicente Fox lo llamó “El Huichol” que “ni madres es mi amigo” (Proceso, 01/10/1995).

Que no extrañe, por lo tanto, que Jorge Castañeda, coordinador de estrategia del candidato de Por México al Frente, haya comparado a Andrés Manuel López Obrador con Echeverría. Según el ex canciller de Fox, el favorito de las encuestas representa el regreso a un modelo autoritario y personalista que está inspirado en Echeverría. “No hay que buscar tan lejos, López Obrador tiene referentes mexicanos y no hay que compararlo con Chávez o con Evo Morales sino con Luis Echeverría”, dijo recientemente (El País, 03/21/2018).

La analogía podrá atizar la amlofobia pero no pasa la primera prueba de verificación. ES UNA COMPARACIÓN FALLIDA.

No hay nada en el discurso o en las acciones de AMLO que vaticine que su “autoritarismo” lo llevará a instrumentar masacres estudiantiles; ordenar golpes contra medios incómodos (Excélsior); o dirigir guerras sucias contra la disidencia; mucho menos a ser lacayo de Estados Unidos como Echeverría.

Mucho se ha escrito sobre Echeverría—incluida La Herencia de Castañeda (Alfaguara, 1999). No obstante, se desconoce la película completa sobre sus estrechos lazos con la CIA (Nuestro Hombre en México, Jefferon Moreley, Taurus, 2011) y con el gobierno de Richard Nixon. Un acervo de documentos, en su mayoría inédito, ofrece un botón de muestra de su peculiar relación con el vecino. Le provocaba profunda angustia que Washington interpretara su retórica anti-yanqui como falta de lealtad. Más congoja sentía caer de la gracia de Nixon.

Los despachos y evaluaciones confidenciales, bajo custodia de los Archivos Nacionales de Estados Unidos, revelan que Fernando Gutiérrez Barrios–padre putativo de Manlio Fabio Beltrones–fue el correveidile de Echeverría con el embajador John Jova. Bajo órdenes del presidente, Gutiérrez Barrios acudía a la residencia de Jova, a media noche y sin previo aviso de ser necesario, para transmitir mensajes que la mente paranoide de Echeverría consideraba urgentes.

Una de esas ocasiones fue en torno al incidente de la pedrada  en 1975 en la UNAM. Ese día, en el campus universitario de la máxima casa de estudios, Echeverría llamó a los estudiantes “fascistas” y “jóvenes manipulados por la CIA” tras recibir una certera pedrada en la frente. De acuerdo con un cable de la Embajada, fechado 14 de marzo de ese año, LEA ordenó a Gutiérrez Barrios levantar a Jova de la cama para decirle que, aunque “lamentaba” haber implicado a la CIA en las protestas en la UNAM, fue para consumo interno no para ofender a la agencia. Gutiérrez Barrios explicó a Jova que Echeverría hubiera querido acusar a los estudiantes de “comunistas” pero no quiso “santificarlos”.

Para Echeverría, culpar a la CIA también cumplía otro propósito.

Ese año, 1975, el exagente rebelde de la temida agencia de espionaje Phillip Agee causó revuelo con su libro “La CIA por dentro, diario de un espía” (Editorial Sudamericana, Buenos Aires). En la obra, un best seller traducido a múltiples idiomas, Agee desnudaba por primera vez la relación secreta de Echeverría con la CIA. Los documentos revelan que el libro de Agee puso nervioso y a la defensiva a Echeverría. Intentó deslindarse de la agencia culpándola del zafarrancho en la UNAM.

Echeverría viajó a la Chile de Allende, la China de Mao y la URSS de Brezhnev en un esfuerzo por equilibrar su alineación a Washington. Pero detrás de sus pretensiones y retórica tercermundistas, se ocultaba un presidente obsequioso con el imperio que buscó la bendición de Nixon para autoproclamarse paladín de la lucha anticomunista en el continente.

El 15 de junio de 1972, en la secrecía de la emblemática Oficina Oval, Echeverría advirtió impetuoso que, si él no “tomaba la bandera” del “tercer mundo frente a las potencias”, lo haría Fidel Castro.

“¿La Doctrina Echeverría?”, preguntó Nixon, inflando el ego de su interlocutor.

“Sí”, respondió Echeverría.

Dirigiéndose al interprete, LEA pidió: “Dígale [a Nixon] que nosotros lo sentimos en México—que yo lo sentí en Chile, que se siente en Centroamérica, que se siente entre los grupos juveniles, entre los intelectuales—que Cuba es una base soviética en todos sentidos; militar e ideológica, que los tenemos en las narices”. Tras la extensa exposición del visitante, finalmente Nixon resumió: “En otras palabras, dejemos que la voz de Echeverría en lugar de la voz de Castro sea la voz de Latinoamérica” (transcripción de la conversación).

Alejado de los reflectores, Echeverría aguarda en su casa de San Jerónimo lo inevitable. Busqué hablar con él para que me diera su versión, pero el Capitán Jorge Nuño, su eterno asistente con quien comparto un mutuo amigo, me mandó decir que ya no da entrevistas. La última la dio hace 10 años. Tiene 96 años. A diferencia de otros expresidentes, no ha escrito memorias.

¿Cómo lo juzgará la historia? ¿Nacionalista irreverente? ¿Intransigente anticomunista? ¿Agente doble? ¿Tonto útil? ¿Represor? ¿Traidor? No lo sé. PERO DUDO QUE SU LEGADO INCLUYA HABER “INSPIRADO” EL PRESUNTO “MODELO AUTORITARIO Y PERSONALISTA” DEL CANDIDATO PUNTERO COMO AFIRMA EL ACADÉMICO anayista.

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