Sanjuana
Martínez.
Es
lamentable que los candidatos a la presidencia sigan pensando que los
ciudadanos no son inteligentes, lamentable que sigan con las promesas como eje
central de sus campañas y lamentable que el formato del debate no aporte casi
nada a los votantes.
El debate
nos dejó con un sabor agridulce. Primero porque resultó aburrido escuchar
recitar a los cinco candidatos a la Presidencia de México, las mismas cosas que
dicen en los mítines, las mismas promesas, las mismas muletillas.
Mientras
José Antonio Meade iniciaba sus intervenciones diciendo, soy José Antonio
Meade, utilizando una presentación rutinaria de sus spots de campaña, Ricardo
Anaya se la pasó leyendo papelitos, sacando cartelitos y repitiendo las mismas
promesas que en sus actos electorales.
Pudimos ver,
las distintas caras de los candidatos, algunas ya conocidas, otras apenas
descubiertas y finalmente, un resultado apenas distinto de lo que ya conocemos.
Hemos
descubierto que el formato de debate utilizado por el Instituto Nacional
Electoral (INE) esta francamente agotado, es un formato, plano, que parece más
bien, una mesa de entrevistas simultáneas, con breves interacciones de los
participantes y oportunidades de contestación o replica.
Si el INE
quiere sostener este anacrónico formato, debería llamarlo de otra manera,
porque no es un debate, es simplemente un sistema de interacción mediático que
sirvió para ratificar el estilo de cada candidato y su personalidad.
Obviamente, el más ágil y dinámico
fue el joven candidato del Frente, Ricardo Anaya, un joven cuestionado por
tremendos casos de corrupción que se atrevió a hablar de ese tema sin
ruborizarse ni sentirse aludido. Tal vez, Anaya fue el mejor preparado, el
mejor interlocutor, pero su discurso resultó vacío porque le faltó
verosimilitud.
Pudimos ver a una candidata
independiente, Margarita Zavala, bastante acartonada. A diferencia de sus
cuatro compañeros, la señora Calderón, llegó sola al debate, dejó en su casa a
quien la ha acompañado en los últimos años en su precampaña presidencial, su
marido, su gran financiador. Dijo ser diferente, no buscar la reelección de su
esposo y reiteró su homofobia.
Por su
parte, José Antonio Meade, intentó convencer
al auditorio que él sí es honesto, aunque su partido el PRI sea corrupto, que
él sí hará bien su trabajo como presidente, aunque como secretario de gobiernos
del PRIAN ha demostrado que fue testigo de grandiosos desvíos, sin hacer nada,
que él si combatirá la corrupción, aunque lleva 20 años en el servicio público
sin hacerlo.
Y quién finalmente nos regresó al
medievo, fue Jaime Rodríguez El Bronco, con su propuesta de cortarle la mano a
los funcionarios corruptos. No es de extrañar. Quienes conocemos a El Bronco
sabemos que es su forma de pensar. Es un hombre acostumbrado a los grandes
efectos, busca llamar la atención y es como verdaderamente piensa. Lo que no
dijo, es que el primero en perder no una, sino las dos manos, es él mismo,
luego de dejar tremendos casos de corrupción que lo involucran al lado de su
gobierno. El Bronco, sirvió principalmente para hacer buenos memes y podernos
reír a carcajadas. Y para saber que no queremos regresar a la Edad Media con él
en la presidencia.
Y en
definitiva, este debate nos mostró a un
Andrés Manuel López Obrador nadando de muertito. El puntero en las encuestas
electorales decidió dejar que la jauría se peleara entre sí, optó por no
contestar los mismos ataques, los mismos refritos, las mismas historias negras
sobre él y sus hijos, los mismos golpes bajos, las mismas mentiras.
Al final, este debate que no fue
debate, nos sirvió para afianzar los votos de los que ya sabían por quién votar
y para que los indecisos sigan indecisos.
No hubo ganador, aunque las encuestas
amañadas, los medios con sus favoritos insistan. Lo que hubo fue siete contra
uno. Cuatro candidatos que se dedicaron a atacar en lugar de proponer y tres
conductores que hicieron preguntas al libre albedrío, a unos más fuertes, a
otros más blandas. ¿Cuál fue el criterio de selección del INE para decidir que
estos periodistas moderarán el debate? Y lo más importante, ¿quién les dio las
preguntas o fueron ellos los que decidieron hacerlas sin un mínimo de
escrutinio equilibrado?
Las palabras
más repetidas en el debate no fueron seguridad, violencia, corrupción o
impunidad, fue: Andrés Manuel López Obrador. Todos contra uno.
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