Pablo Gómez.
Ha dicho
Carlos Slim que a los países les conviene construir aeropuertos espectaculares
para que los viajeros se sientan de maravilla al arribar, lleguen más, traigan
su dinero y se vayan contentos. En otras palabras, se nos está diciendo que en
un país pobre como México lo indicado, como dice un refrán, es gastar el dinero
que no se tiene para apantallar a gente que ni se conoce.
El proyecto del espectacular nuevo
aeropuerto en Texcoco tiene asignados cuantiosos recursos presupuestales que ya
se están ejerciendo. Miles de millones de pesos se destinan a hacer viable la
construcción y funcionamiento de la gran obra de la que depende, según Slim, el
futuro económico del país entero.
El resto de
la operación sería de pago diferido. El
problema consiste en que la tarifa de aeropuerto (TUA), más el arrendamiento de
espacios comerciales y el derecho de uso de lugares de estacionamiento de los
aviones (slots), no alcanzaría para pagar el mantenimiento y la expansión
natural del nuevo puerto aéreo, sin poder cubrir, por tanto, el pago de los
intereses de la deuda que se quiere contraer, el cual estaría otra vez a cargo
de los sufridos contribuyentes.
Esa obra no quedaría en menos de 350
mil millones porque cada mes aumenta su presupuesto, lo cual es una muy
conocida técnica del contratismo, como ya lo vimos en la sencilla barda
perimetral.
En palabras
más simples, desde el punto de vista de
su rentabilidad, para el Estado mexicano la obra sería un gran fracaso, pero
los inversionistas y constructores harían un buen negocio. El bono tiene una
tasa mínima de interés de 10% garantizada, mientras que la utilidad de los
contratistas no sería menor de 20% del costo.
El error de construir un nuevo
aeropuerto muy cerca del viejo nunca se ha cometido. Lo que se acostumbra es
hacer nuevas terminales y más pistas. JFK de NY tiene ocho terminales; Heathrow
en Londres, cinco. Con frecuencia se construye un nuevo puerto aéreo en otro
lugar para que funcione simultáneamente, como lo hemos visto en Nueva York,
Londres, París, Sao Paulo, Tokio, Moscú y en casi todas las demás grandes
ciudades. El viejo aeropuerto neoyorquino de LaGuardia sigue abierto con sus
dos pistas y sus tres terminales. Lo mismo podemos decir del ya antiguo Le
Bourget de París, ciudad donde existen cuatro aeropuertos.
El argumento de Slim sobre la lejanía
de Santa Lucía es incorrecto. Las distancias con el centro de la ciudad no
parecen ser diferentes a la que habría en la Ciudad de México con dos
aeropuertos: París-Ch. De
Gaulle: 23 km; NY-JFK: 25 km;
Londres-Hearthrow, 27 km; Moscú-Sheremetyevo, 30 km;
CdMx-Santa Lucía: 29 km. Hay
aeropuertos más lejanos como Narita en Tokio, con 60 km o Beauvais en París,
con 80 km, pero con recorridos de una hora, casi lo mismo que se hace a veces en
coche entre Las Lomas y el aeropuerto Benito Juárez.
Si se construyera un nuevo puerto
aéreo en Santa Lucía, la distancia entre el nuevo y el viejo (32.7 km) sería
mucho menor que la existente entre Newark y JFK en NY, que es de 50 km, normalmente pesados, o entre Haneda
y Narita en Tokio, de 80 km. Los cinco aeropuertos de Londres están a una
distancia de entre 30 y 60 kilómetros del mayor de ellos, Herthrow, el cual
recibe al año 75 millones de pasajeros, aunque cuenta sólo con dos pistas.
Carlos Slim nos propone que se haga
una especie de Paseo de la Reforma sobre ambas pistas del para entonces ex aeropuerto
“Benito Juárez”. Dice que ahí podrían construirse grandes edificios. De seguro
que sería el bulevar más ancho del mundo, pero ¿a dónde llevaría?
El argumento del magnate contrasta
con la promesa informal e inexplicada de hacer una zona de conservación
ecológica o un parque recreativo. En realidad, el gobierno no se ha tomado la
molestia de esbozar siquiera un proyecto, mucho menos su financiamiento. Si se
le preguntara a Peña sobre el asunto, probablemente daría evasivas. Creo que ni
le importa, a pesar de la reciente y costosa reconstrucción del “hangar
presidencial”, el cual ya no serviría ni como salón de baile.
El actual no
puede tener otro uso razonable y económico que el de aeropuerto. Los terrenos baldíos se podrían invadir,
claro está, para ampliar las zonas de vivienda ya existentes, pero los
edificios y las pistas no servirían para otro uso sin realizar inversiones
quizá mayores que su valor actual. Muchos países quisieran un aeropuerto como
el que hoy funciona en la Ciudad de México y ninguno lo cerraría. El del
centro de Berlín fue, como se sabe, una excepción en una ciudad donde había
tres aeropuertos y suficiente dinero para reutilizar uno de ellos, el más viejo
y estorboso, lo cual se hizo con éxito.
Como
consecuencia de su proyecto, el gobierno
también quiere cerrar la base aérea militar de Santa Lucía, que tiene la pista
más larga y ancha del país, ya que, por su cercanía, no podría funcionar al
mismo tiempo que el aeropuerto de Texcoco.
Lo que se quiere hacer tiene los dos
lados de todo dispendio: gastar mucho más de lo necesario y desperdiciar lo que
ya se tiene.
Carlos Slim afirma que la zona del nuevo aeropuerto se
convertiría en un “polo de desarrollo”. Pero eso es justamente lo que ya no se
quiere dentro de la gran ciudad, la cual no debe seguir expandiéndose.
Además, no habría tantos nuevos empleos como se
afirma, porque el día en que el aeropuerto cambiara de domicilio dos cuadras
adelante, sus actuales trabajadores abandonarían el viejo y se irían todos al
nuevo.
El fondo del
asunto es que se ha proyectado un aeropuerto espectacular que, para serlo,
requiere concentrar todo el creciente tráfico aéreo de la capital del país. De esta forma, una idea de negocios se
convierte en una política pública sin sentido práctico y con un alto costo
presupuestal irrecuperable.
El
planteamiento de que el aeropuerto en Texcoco promovería el bienestar de 5
millones de personas de esa zona es un volado de Slim, pero afirmar que la suspensión del proyecto detendría el desarrollo
del país es de plano una inesperada fanfarronada del magnate. A él le ha sucedido lo que a José Antonio
Meade quien, en lugar de infundir miedo con su propaganda, suscita hilaridad.
Carlos Slim
parece que pierde memoria. Él ha dicho que no es correcto oponerse cuando ya
está todo listo para levantar el espectacular aeropuerto, que es, dijo, un
proyecto que lleva seis años. Tiene más, pero
desde entonces hemos venido criticando el derroche que se pretende sólo para
hacer un negocio prescindible.
Cualquiera
puede recordar que Andrés Manuel López Obrador, siendo jefe de gobierno de la
Ciudad de México, se opuso al proyecto de Vicente Fox de construir el
aeropuerto en Atenco. Ahora, Peña Nieto
lo quiere unos metros más cerca, pero es lo mismo. Lo que es diferente es el
gran diseño arquitectónico, la fastuosidad del edificio terminal y su potencial
de crecimiento: ya se habla, como algo próximo, de 100 millones de pasajeros al
año. Eso se llama, en buenos términos, megalomanía.
Carlos Slim ha gozado al país como nadie
desde que prácticamente le regalaron Telmex (nunca se supo a cambio de qué) y a
partir de ahí construyó la trasnacional América Móvil. Si él quisiera entrar de
lleno en la competencia política tendría que postularse. Pero, como otros, no
quiere perder su tiempo en la lucha por el poder sino seguir ejerciéndolo de
manera fáctica sin presentar programa ni solicitar el voto. Eso es algo que
también debe terminar en este sufrido México.
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