Javier Risco.
¿Qué
significa cerrar la puerta de la casa que habitan los que más quieres y los que
más quisiste? ¿Qué sientes al romper con una tradición familiar de cuatro
generaciones? ¿Qué te obliga a dejar el patrimonio de tu vida? ¿Por qué un
grupo de delincuentes puede asesinar a dos de los tuyos, secuestrar, quemar y
robar hasta que entiendes que tienes que huir? Al gobierno federal no le importan los desplazados porque no les
quitaron la vida, sólo les arrebataron todo aquello que los rodea.
Los gobiernos locales y federal actúan
ante la huida como el familiar y amigo que ante la tragedia de la inseguridad
te dice: “Agradece que no te pasó nada y que estás vivo”. La resignación como
política de gobierno incapaz de ver la gravedad del problema.
La Comisión
Mexicana de Defensa y Promoción de Derechos Humanos documentó en 11 años, de 2006 a 2017, más de 329 mil víctimas de
desplazamiento interno forzado en México, donde hubo presencia o uso de
violencia. Tan sólo el año pasado se registraron 25 eventos masivos de
desplazamiento, afectando a casi 21 mil personas.
Cada número significa un mexicano,
cada número significa dejarlo todo y tratar de continuar, es el resultado de
políticas públicas fallidas en lugares donde el Estado de derecho ha sido
olvidado o rebasado por la barbarie.
México es un país donde la migración
ya se ve como un fenómeno natural, del que se va a otro país para mejorar sus condiciones de
vida, hablamos mucho de ello, pero
¿quién habla de aquellos que deben dejar tierra, familia, amigos, vida dentro
del propio México que no les permite continuar construyendo historia en sus
lugares de origen porque hay una violencia incontrolable? Al menos del lado del
gobierno, hay un mutis ante el reclamo de esos que de un momento a otro dejan
todo.
El informe de la CMDPDH nos da datos
que acentúan el problema en aquellos que son una y otra y otra vez los más
marginados: de los miles de desplazados, 60 por ciento corresponde a
comunidades indígenas. Porque este México tiene siempre a aquellos desprotegidos
en lo último de sus prioridades.
Las poblaciones indígenas deben
luchar por su vida, por sus tradiciones, por comer, por su lengua y hasta por
su tierra. Pero eso sí, son comunidades visitadas por todos en época electoral.
“Las entidades con más episodios de
desplazamiento interno forzado masivo fueron Guerrero, con siete; Sinaloa, con
cinco; Chihuahua, Chiapas y Oaxaca, con tres, respectivamente.
“La entidad con más personas
desplazadas fue Chiapas, con seis mil 90 personas, lo que corresponde a aproximadamente
29.87 por ciento del total de la población desplazada en 2017. En segundo lugar,
se encuentra Guerrero, con cinco mil 948 personas desplazadas, representando
29.17 por ciento del total. En tercer lugar, se encuentra Sinaloa, con dos mil
967 personas desplazadas, lo que corresponde a 14.55 por ciento del total”, se lee en el informe, disponible en
línea y quizás el único esfuerzo estadístico de esta problemática creciente.
Tan sólo
contemos una historia, el caso de la
familia Ponce Ríos: 94 integrantes de una familia que desde hace siete décadas
llegó a un municipio de Chihuahua a construir una vida, una familia, una
tradición. Generaciones que se dedicaron a la compra, venta y engorda de
ganado, que de un momento a otro tuvo que salir huyendo, después de perder a
dos miembros de su familia, porque la violencia te destierra.
Este es uno de los casos más
representativos del desplazamiento forzado en el país, donde no son dos o tres
personas que salieron huyendo, sino decenas de miembros de un mismo núcleo
familiar que pierden su estabilidad económica y que impacta también en la
comunidad a la que pertenecían.
“Nosotros
éramos una familia que traía un orgullo muy grande desde mi abuelo, ¿verdad?
Entonces fuimos una familia de nueve hijos. No fue fácil porque no toda la
vida, o sea, tuvimos lo que llegamos a tener. Tuvimos que trabajar todos de una
manera u otra para lograr una estabilidad económica, pero no nada más
económica, teníamos una relación muy fabulosa.
“Mi padre
nos inculcó principios de base moral, de honestidad, de trabajo, de producción.
Él nos hizo ser unas personas de bien, nos enseñó a ganarnos la vida y todas
esas cosas. Y mire, se acaban de la manera más terrible, más dolorosa, con
costos de vida, con todos los dolores que se pueden sentir. Y, ¿qué le queda a
uno? Frustración, impotencia, tristeza, desesperanza, terror”, relatan miembros
de esa familia en su expediente.
Algunos de ellos tuvieron que volver
a esa tierra sabiendo que podría costarles la vida, pero con el fracaso de no
haber podido lograr enraizar en otra parte del país. ¿Qué México estamos
gestando, donde ni siquiera estamos seguros de poder quedarnos en el lugar al
pertenecemos?
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