Francisco
Ortiz Pinchetti.
Es un hecho
que a los mexicanos nos encantan las dádivas. Es como una debilidad innata de
nuestra manera de ser. Un vicio. No podemos resistirnos a la posibilidad de
obtener algo de manera gratuita, de gorrita, así sea algo de escaso valor: una
chuchería. Lo vemos en la salida del Metro, en las esquinas concurridas, cuando
la gente se arrebata las botellitas de jugo, los periódicos o las muestras de
crema protectora que reparten los promotores. Dadas, hasta puñaladas, dice el
refrán.
A este
respecto, recuerdo una escena que observé hace algunos años y se me quedó muy
grabada. Es un buen ejemplo. A las puertas de una heladería de la cadena Santa
Clara ubicada en plena colonia Del Valle, sobre la calle San Lorenzo, se
iniciaba una larga cola que llegaba a la otra esquina y daba vuelta para
prolongarse una cuadra más. El motivo era que, por la inauguración del
establecimiento, la empresa había ofrecido un helado de cortesía a cada
persona.
En la fila,
palabra, había más de doscientas personas. Algunos tenían apariencia de
trabajadores y también había jóvenes estudiantes; pero predominaban las amas de
casa del rumbo, de clase media alta, bien vestidas. También vi formados a no
pocos oficinistas con traje y corbata, a dos policías uniformados y al dueño de
un negocio de alfombras que está en la otra esquina de la calle.
Esa
debilidad nuestra se manifiesta con mayor claridad que nunca durante las
campañas electorales, como ahora. El reparto de los llamados artículos
promocionales utilitarios es parte fundamental del proselitismo que realizan
los partidos políticos y los candidatos. Y por supuesto tiene parentesco con la
entrega de lonches, tortas y chescos en los acarreos. Todos le entran.
“Hay que darles algo, porque si no no
vienen”, me dijo a manera de justificación con su modo francote Vicente Fox
Quesada en mayo de 1995 mientras los asistentes a uno de sus mítines, en un
pueblo del norte de Guanajuato durante su segunda campaña por la gubernatura, se
arremolinaban en torno a una camioneta del PAN para recibir una bolsa de
mandado con la foto del candidato y el escudo de su partido. Fue la primera vez
que constaté esa práctica en campañas panistas, hoy absolutamente común.
Y es que durante mucho tiempo los
militantes, dirigentes y candidatos del PAN, tan decentes, fueron renuentes al
reparto de obsequios o de los llamados artículos promocionales utilitarios. Lo
consideraban indebido, una especie de compra de voluntades. O votos. Se lo
criticaban al PRI, que lo ha practicado siempre sin ningún recato. Hasta que
poco a poco fueron cediendo y hoy hacen lo mismo.
Todos los
partidos reparten cosas. Dicen sus promotores que esa práctica es una menara eficaz
de tener “presencia” en los hogares de los electores, a través de una camiseta,
una gorra, un mandil. La verdad es que es un intento generalmente inútil de
comprometer el voto de los ciudadanos.
Aunque entre más costoso es el regalo las posibilidades de que funcione
son mayores.
Todo esto
viene a cuento porque hace unos días me di una vuelta por la colonia Algarín,
ubicada en la mera esquina sureste de la delegación Cuauhtémoc, junto al
viaducto. Calles como Bolívar, Isabel la Católica, 5 de Febrero, están
sembradas de pequeños talleres donde se fabrican artículos promocionales de
todo tipo, en diferentes materiales y con diversa técnicas de impresión.
Encontré,
entre otras cosas, gorras, llaveros de plástico o metal, mandiles, tazas de
cerámica, camisetas, bolsas, banderines, libretas, mantas, vasos de vidrio,
cintos, calcomanías, pulseras, encendedores, brazaletes, termos, imanes,
bolígrafos, paraguas, morrales, viseras, pines, volantes, pelotas, cubetas,
espejos, pasacalles, cilindros, costureros, chalecos, separadores, mascadas,
adhesivos, ceniceros, botones…
En esos
talleres, a los que en esta época acuden los promotores electorales, se
realizan trabajos en muy variadas técnicas de impresión: serigrafía, ponchado,
grabado, tampografía. la litografía y el transfer, además del bordado. Me enteré que la más moderna y eficaz es la
sublimación, que permite imprimir cualquier motivo, grabado o fotografía a todo
color, a un costo relativamente reducido.
Generalmente
son pedidos de mayoreo, por millares, lo que permite abatir el costo de esos
artículos al grado de que una camiseta de algodón con el logo del partido a dos
tintas y el nombre del candidato en cuestión puede conseguirse por 16 pesos.
Corrientita, claro. Hay bolígrafos, por ejemplo, que salen a 900 pesos el
millar, ya con su impresión. Y cilindros de plástico para refresco, a 7. l0
pesos. O bolsas de mandado de a nueve pesos, “en tela reciclable” según ellos.
La verdad es que nadie resiste la
tentación de un regalito. Pocos saben sin embargo que todos los partidos violan
la legislación electoral vigente con el reparto de esos inocentes obsequios y
no solo cuando distribuyen dinero en efectivo, monederos o materiales de
construcción a cabio del voto. La Ley General de Instituciones y Procesos
Electorales establece efectivamente en su artículo 209 que los artículos
promocionales utilitarios que distribuyen partidos políticos, coaliciones,
precandidatos o candidatos sólo podrán ser elaborados con material textil.
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