Jenaro
Villamil.
Al principio
de su administración, Enrique Peña Nieto se tomó la foto con 19 gobernadores,
la mayoría de los cuales pertenecían al PRI; incluso elogió a la “nueva
generación” de militantes priistas que lo acompañaba en su gestión. Sin
embargo, su triunfalismo se desdibujó en 2016, cuando perdió siete gubernaturas
y varios de los priistas salientes acabaron inmersos en señalamientos de
corrupción. Este conjunto de hechos es reseñado en el libro más reciente del
reportero Jenaro Villamil, Cleptocracia. El nuevo modelo de la corrupción, en
el que documenta cómo el Estado fue capturado por élites que se sienten
amenazadas ante un eventual desplazamiento del poder. Con autorización de la
editorial Grijalbo, aquí se publican fragmentos del volumen, que ya se
encuentra en circulación y que se presentará el próximo jueves 24 de mayo a las
19 horas en la Casa Lamm por jo Tuckman y Ricardo Peralta.
En su toma
de protesta como presidente de México –el 1 de diciembre de 2012–, Enrique Peña
Nieto se tomó una foto en Palacio Nacional con 19 gobernadores que lo
acompañaron. La mayoría son priistas. Y gran parte de ellos apostaron, apoyaron
e invirtieron en su campaña desde 2010. De aquellos 19 mandatarios estatales,
11 enfrentan ahora cargos por peculado, lavado de dinero o desvío de fondos,
están prófugos o han ganado amparos para protegerse. El panorama de esa “nueva
generación” de priistas en el poder cambió radicalmente en seis años. Veamos
los principales casos:
1. El
cuestionado gobierno de Rodrigo Medina Mora en Nuevo León tuvo como
consecuencia que el PRI perdiera la gubernatura en 2015; Medina ha sido
señalado por su sucesor, el “independiente” Jaime Rodríguez, El Bronco, quien
lo acusó por desvío de millones de pesos durante su administración. Sin
embargo, la Operación Tornado del gobierno neoleonés –que investiga a 60
exfuncionarios– generó más expectativas que resultados concretos. Medina estuvo
recluido 18 horas en el penal de Topo Chico, en enero de 2017, y salió gracias
a un amparo tramitado por sus abogados. Se le acusó de manipular 3 mil 600
millones de pesos, pero su sucesor no lo pudo comprobar. Se le siguió un
proceso judicial por ejercicio indebido de funciones.
2. Andrés
Granier, exgobernador priista de Tabasco cuya gestión en la gubernatura provocó
que en 2012 el candidato del PRI fuera derrotado en las urnas por Arturo Núñez,
del PRD. Granier fue detenido en 2013, acusado de desviar 2 mil 604 millones de
pesos, proceso contra el cual se amparó. Desde junio de 2013 se encuentra preso
en la Torre Médica del penal de Tepepan (Ciudad de México).
Asimismo,
tiene otra acusación pendiente por el desvío de 196 millones de pesos en el
sector salud. Su hijo –Fabián Granier Calles–también estuvo preso, pero salió
libre bajo fianza.
Andrés
Granier se volvió un ejemplo de excesos y frivolidades dentro de los gobiernos
tabasqueños. Desde sus 400 pares de zapatos, sus mil camisas presumidas en un
audio, hasta las fiestas en la casa de gobierno, el mandatario priista superó
por mucho la herencia de cleptocracia de Roberto Madrazo. Extendió sus
tentáculos de corrupción hasta Yucatán.
3. César
Duarte Jáquez, exgobernador priista de Chihuahua cuya mala administración
provocó la derrota del tricolor ante la oposición en 2016. Sobre él pesan más
de 11 órdenes de aprehensión y varios cargos por peculado electoral, que suman
alrededor de 250 millones de pesos; además enfrenta acusaciones por otros casos
de lavado de dinero a través de banco Unión Progreso y desvío de recursos por
mil 200 millones de pesos. Actualmente se encuentra prófugo. Se presume que
está en Estados Unidos.
Duarte Jáquez
llegó a la gubernatura de Chihuahua apoyado por su principal padrino político,
el senador Emilio Gamboa Patrón. Hizo y deshizo en su entidad durante seis años
sin que nadie lo frenara. Su gasto intensivo en comprar medios de comunicación
formó parte de sus excesos. En 2012 destinó 808 millones de pesos en gastos
para medios, 772 millones en 2013, 602 millones en 2014, 602 millones en 2015 y
en 2016, año en que el PRI perdió la gubernatura, destinó 328 millones de pesos
a ese rubro, según los datos oficiales de la Oficina de Comunicación Social.
4. Javier
Duarte de Ochoa, exgobernador priista de Veracruz; tampoco logró que el PRI
refrendara la gubernatura en 2016. Ese año triunfó su acérrimo adversario, el
expriista Miguel Ángel Yunes. A Duarte se le considera uno de los casos más
escandalosos de corrupción en los últimos años.
Acusado por
la Auditoría Superior de la Federación de desvío por más de 36 mil millones de
pesos del presupuesto público, ha sido señalado de encabezar una red de más de
400 empresas fantasma que le sirvieron para el lavado de dinero y presuntas
operaciones con recursos de procedencia ilícita. Huyó del país en octubre de
2016, en vísperas de dejar el gobierno. Fue detenido en abril de 2017 en
Guatemala, cuando salía de un hotel, y en julio del mismo año fue extraditado a
México. Se le sigue un largo y complejo proceso jurídico, del cual se excluyen
los delitos de lesa humanidad cometidos durante su gobierno y denunciados por
activistas, ciudadanos, medios locales e incluso organismos internacionales.
El desastre
que dejó en Veracruz no se refiere sólo a la bancarrota del erario. La
bancarrota moral fue incluso más grave: miles de desaparecidos, un
enfrentamiento constante con los periodistas, hasta lograr el triste récord del
estado con más reporteros asesinados, secuestrados o desplazados; un secretario
de Seguridad Pública, Arturo Bermúdez Zurita, que se convirtió en el jefe del
crimen organizado en la entidad; una colección de excesos autoritarios y de
casos tan graves como Los Porkys –que alcanzó notoriedad nacional–, gracias al
apoyo de una red empresarial corrupta.
5. Roberto
Borge, exgobernador de Quintana Roo, quien también ocasionó la derrota del PRI
en la contienda electoral por la gubernatura en 2016. Se le acusa de presunto
“lavado de dinero” y desfalco al erario estatal por 900 millones 99 mil pesos,
derivados de la venta irregular de 22 predios de 7 millones 118 mil metros
cuadrados. También tiene investigaciones pendientes por presunto peculado
electoral, que sumaría unos 200 millones. Una más: supuestamente está asociado,
junto con César y Javier Duarte, a una red de empresas fantasma para desviar
recursos a las campañas. Huyó del país, pero fue detenido en Panamá y
extraditado a principios de 2018. Borge fue protegido y apadrinado por el
expresidente Carlos Salinas de Gortari, con quien presumió no sólo su amistad,
sino sus excesos. Gastó del erario más de 500 millones de pesos tan sólo en
rentar aviones para sus viajes personales.
6. Roberto
Sandoval, exgobernador de Nayarit, que dejó el gobierno en 2016. Primero fue
acusado de encubrir al narco-fiscal Édgar Veytia, señalado por la DEA de ser el
principal operador en la distribución y producción de drogas en su propia
entidad; Sandoval insistió una y otra vez que él “ignoraba” lo que su propio
exfiscal hizo.
En enero de
este año el Congreso de la entidad comenzó una investigación en su contra por
presunto desvío de 2 mil 700 millones de pesos. Su red de corrupción la
encabezaron parientes que formaron parte también de una red de empresas
fantasma.
7. Mario
Anguiano, exgobernador de Colima, acusado también de desviar 170 millones de
pesos del erario; fue inhabilitado por el Congreso del estado para ocupar otro
cargo público por 23 años y condenado a pagar multas por 45 millones de pesos
tras detectarse irregularidades en las cuentas del presupuesto de 2013 a 2015.
Colima es
uno de los estados conocidos como “cementerio de gobernadores”. El exgobernador
Silverio Cavazos Ceballos fue ejecutado 12 meses después de dejar el cargo. Su
sucesor, Fernando Moreno Peña, recibió cuatro balazos después de abandonar la
gubernatura.
8. Egidio
Torre Cantú, exgobernador de Tamaulipas, es señalado por participar también en
una presunta red de desvío de millonarios recursos a las campañas electorales
de 2016, la cual perdió su partido (PRI) ante Francisco García Cabeza de Vaca.
Torre Cantú
llegó a la gubernatura tras el asesinato de su hermano Rodolfo Torre Cantú, en
junio de 2010, uno de los casos más graves e impunes de atentados contra un
candidato priista en Tamaulipas, entidad dominada por los tres cruces del
crimen organizado: el cártel del Golfo, el cártel de Los Zetas y Los Beltrán
Leyva.
9. Eugenio
Hernández y Tomás Yarrington, dos exgobernadores priistas también de
Tamaulipas, antecesores de Egidio Torre Cantú, han sido detenidos y acusados de
encabezar una presunta extensa red de lavado de dinero y de vínculos con el
crimen organizado, según cortes federales de Estados Unidos en Texas que piden
su extradición. También en Estados Unidos piden la extradición de Jorge Torres
López, gobernador interino de Coahuila (2011).
Los casos de
Yarrington y Hernández constituyen, sin duda, los ejemplos más acabados de
narcogobernadores, cuyas redes y vínculos se extienden hasta el Estado de
México (tema que líneas abajo analizaremos).
10. José de
Jesús Reyna, gobernador interino de Michoacán, quien terminó por responder
jurídicamente frente a la acusación de desvío de fondos públicos por 2 mil 233
millones de pesos (cometida desde la administración de Fausto Vallejo, también
expriista).
Reyna asumió
el cargo tras la renuncia de Vallejo en 2014, quien estaba aquejado por una
serie de enfermedades, pero también por la crisis de gobernabilidad que condujo
a la creación de las autodefensas, lideradas por el doctor José Manuel Mireles,
el cual se enfrentó a los grupos de los Caballeros Templarios y la Familia
Michoacana, cárteles que dominaron las principales zonas de trasiego de la
droga.
11. Uno de
los casos más graves de impunidad es el de Humberto Moreira, exgobernador de
Coahuila, exdirigente nacional del PRI y uno de los más firmes aliados de Peña
Nieto en su ascenso a la candidatura presidencial, hasta que fue señalado en
México y en Estados Unidos por vínculos con el narcotráfico. La Secretaría de
Hacienda documentó el desaseo en el manejo de los recursos públicos durante su
administración, en la que la deuda pública se disparó de 323 millones a 36 mil
millones de pesos.
En enero de
2016 Moreira fue detenido en Barcelona, España, pero unos días después fue
liberado. Retornó a México como mártir. Se confrontó públicamente con su
hermano y sucesor en Coahuila –Rubén Moreira– y aspiró a ser diputado local por
el Partido Joven, una agrupación con su impronta.
A finales de
2017 se dio a conocer un informe de la Clínica de Derechos Humanos de la
Facultad de Derechos Humanos de la Universidad de Texas, que sistematizó los
testimonios de tres juicios contra líderes del cártel de Los Zetas. En ese
informe se compila y sustenta lo que los habitantes de Coahuila y Veracruz
sabían desde hacía tiempo: que los gobiernos de Humberto y Rubén Moreira en la
primera entidad y de Fidel Herrera y Javier Duarte en la segunda fueron
“capturados” por el crimen organizado a cambio de millonarios sobornos.
El informe
señala que desde 2004 Los Zetas apoyaron con 10 millones de dólares la campaña
de Fidel Herrera, exgobernador del PRI, corresponsable del desastre de Veracruz
ocasionado por su protegido y sucesor Javier Duarte; Herrera negó
“categóricamente” a la prensa haber recibido “dinero ilegal alguno” del
narcotráfico.
El vínculo
común entre los Moreira, Herrera y Duarte con el cártel de Los Zetas, según el
mismo informe, fue el empresario Francisco Antonio Colorado Cessa, mejor conocido
como Pancho Colorado, señalado en varios reportajes de la revista Proceso y en
el periódico Reforma de ser prestanombres y “lavador” de dinero. Colorado fue
propietario de la empresa ADT Petroservicios y en 2012 fue llevado a juicio en
Texas.
12. La
administración del exgobernador del Estado de México Eruviel Ávila terminó en
2017, después de un desaseado proceso electoral para que el PRI retuviera la
gubernatura de esta entidad. Los escándalos involucran a su administración con
la compañía española OHL en las ampliaciones y renovaciones irregulares de sus
contratos en el Viaducto Bicentenario y el Circuito Exterior Mexiquense. La
filtración de llamadas telefónicas vinculó a dos funcionarios de su gobierno
–Apolinar Mena, secretario de Comunicaciones, y a la consejera jurídica Luz
María Zarza–con operaciones ilegales a favor de la constructora.
Hábilmente,
Ávila se ha desmarcado de la crisis de seguridad pública en su propia entidad.
Fue aspirante a la candidatura presidencial del PRI, pues pensó que la victoria
de ese partido en 2017 lo podía ayudar en sus aspiraciones. Estuvo unas cuantas
semanas al frente del PRI en la Ciudad de México, para dejarle el control a los
tecnócratas cercanos a José Antonio Meade. Ahora bien, las aspiraciones de
Ávila se mantienen. Y es quizá de los pocos precandidatos que estarían en
condiciones de sustituir a Meade ante cualquier circunstancia.
13. La
corrupción no fue exclusiva de los gobernadores priistas. Está el caso del
exgobernador panista de Sonora Guillermo Padrés, detenido en 2016 por delitos
como lavado de dinero, delincuencia organizada y defraudación fiscal. Sus
abogados han ido ganando ante los jueces varios casos. El juez duodécimo de
distrito de procesos penales federales en la Ciudad de México le dictó auto de
libertad por el delito de lavado de dinero por 8.8 millones de dólares, pero
aún está en prisión preventiva por defraudación fiscal.
14. En
aquella fotografía de 2012 con Peña Nieto también aparece el exgobernador de
Guerrero, Ángel Aguirre, quien dejó la entidad en medio del escándalo provocado
por la inseguridad pública, la corrupción y la desaparición de los 43
normalistas de Ayotzinapa.
Aguirre
buscó al PRD en 2010 para contender por la gubernatura tras perder la
nominación priista (cargo que ocuparía por segunda vez, pues de 1996 a 1999 se
desempeñó como gobernador interino). Siempre tuvo el apoyo de Peña Nieto y del
grupo del Estado de México para ganar en una entidad que el perredismo había
gobernado durante más de una década, en medio del crecimiento exponencial de la
doble espiral de violencia generada por el crimen organizado y los grupos
disidentes, así como la fuerte presencia del Ejército.
Éste es el
panorama a casi seis años de distancia. Nunca como en este periodo toda una
generación de exgobernadores priistas había sido acusada y señalada de tantos
delitos, como peculado, lavado de dinero, desvío de fondos públicos, quebrantos
multimillonarios al erario En la mayoría de los casos no hubo ninguna acción
por parte de la Secretaría de Hacienda o la Secretaría de Gobernación, las
cuales debieron haber alertado del enorme daño que causarían en las entidades.
En este
periodo se agudizó una tendencia marcada en 2000, con la llegada de los
gobiernos de alternancia entre el PRI, PAN y, en menor grado, PRD: a mayor
incertidumbre de permanencia de los partidos en un gobierno estatal, mayor grado
de corrupción y de descaro en las formas de peculado y triangulación de fondos.
Un recuento
publicado por el periódico Reforma el 11 de febrero de 2018 dio cuenta que de
2000 a 2017 uno de cada 10 gobernadores ha sido acusado de desvío de recursos o
de formar parte de redes de cleptocracia en sus estados. De 129 mandatarios en
estos 17 años, 11 gobernadores imputados son del PRI, dos del PAN y uno
exgobernador de coalición, el de Chiapas, Pablo Salazar. Tan sólo en el sexenio
de Peña Nieto, nueve de estos exgobernadores del PRI, incluyendo a dos
interinos, fueron acusados por desfalco, desempeño irregular en la función
pública y presuntos vínculos con el crimen organizado.
Con Peña
Nieto se dio el auge y caída del fenómeno de los “virreyes” priistas. Es decir,
lo que fue el “sindicato de gobernadores” formado desde el zedillismo para
protegerse, apoyarse y “tomar por asalto” la Presidencia de la República en
2012, amparados por el grupo político más fuerte, con mayor volumen de recursos
y operadores electorales en el país: el Grupo Atlacomulco.
Peña Nieto
cobijó, protegió y fue cómplice de la mayoría de estos casos por una razón
evidente: él también fue el resultado de un pacto de impunidad con su
antecesor, el exgobernador Arturo Montiel, cuya aspiración a la candidatura
presidencial de 2006 se estrelló con los expedientes de sus propiedades
inmobiliarias, la vinculación de sus hijos con redes de corrupción y miles de
millones de pesos desviados.
Montiel
cumplió con dejar a Peña Nieto al frente del gobierno del Estado de México y
éste nunca emprendió una investigación seria en contra de él. Sólo se cuidó
mediáticamente de no aparecer más junto con su tutor y pariente en lejano
grado.
Como un
sexenio antes lo hiciera Montiel con otros exgobernadores priistas como Tomás
Yarrington (Tamaulipas), Manuel Ángel Núñez Soto (Hidalgo), Enrique Martínez y
Martínez (Coahuila), Fidel Herrera (Veracruz) y Natividad González Parás (Nuevo
León), también Peña Nieto tejió su propia “red de apoyos” con los gobernadores priistas
que llegaron junto con él. La complicidad fue muy básica: a cambio del desvío
de recursos para su campaña presidencial en 2012, el gobierno mexiquense de
Peña Nieto apoyó e “invirtió” (por supuesto, con dinero público o triangulado)
en las operaciones político-electorales de varias entidades. Una operación que
se realizó frente a las narices del gobierno panista de Felipe Calderón, y que
no se hizo nada para frenarla, sobre todo después de las elecciones federales
de 2009 y de los comicios estatales de 2010.
Ese modelo
creó a los “virreyes” o “señores feudales” de cada entidad que alcanzaron su
máximo poder e impunidad durante los sexenios panistas, pero que se quebró en
el peñismo. Sirvió para recuperar la Presidencia de la República en 2012, pero
se fue derrumbando periféricamente por las mismas razones que derivaron en sus
derrotas electorales: la escandalosa impunidad y corrupción que le costará al
país y a cada una de las entidades más de una década para que sean resarcidas.
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