Jorge Zepeda
Patterson.
En espera de que se consuma lo que
parece inevitable, la pregunta que se hacen en la cúpula del poder es ¿qué
hicimos mal?, ¿por qué no está funcionando la estrategia para impedir que López
Obrador llegue a Los Pinos? A poco más de 50 días el 48% de la intención de
voto efectiva le da al líder de Morena una ventaja con amplio margen sobre el
40% del sufragio que necesita para llegar a Los Pinos. ¿Por qué no funcionó en
2018 lo que sí operó en 2006 y 2012?
Las
respuestas son varias. De entrada es
cierto que la cúpula en el poder lo tenía más difícil para 2018. Estaba claro
que el hartazgo ante la corrupción y la inseguridad pública habían alcanzado
cotas mucho más altas que en elecciones anteriores. El desprestigio de los
gobiernos del PRI y el PAN liquidó el beneficio de la duda que algunos votantes
todavía le dieron en 2006 al blanquiazul y en 2012 al regreso de un PRI
supuestamente con la cara lavada. Hoy muchos de estos votantes, desencantados
con la incapacidad de los últimos gobiernos para detener la inseguridad pública
y la corrupción (entre otras cosas), han perdido la esperanza en estas viejas
marcas, sin importar el candidato que postulan.
Y para colmo tampoco es que los candidatos
compensen el desprestigio de las camisetas que portan. José Antonio Meade puede
ser la menos mala de las opciones que tenía Peña Nieto, pero eso no lo
convierte en un candidato bueno. Su falta de carisma y, ahora sabemos, su falta
de valor, lo hacen una opción que no entusiasma ni a los propios priistas. Si
al menos se hubiera atrevido a hacer una especie de deslinde con respecto a los
errores de su ex jefe, quizá habría captado la atención de algunos indecisos.
Pero presentarse como el fiel continuador de una administración que es
reprobada por el 80% de la población parecería la fórmula perfecta para el
fracaso.
Ricardo
Anaya pudo haber jugado a ser el Emmanuel Macron, surgido de la nada a los ojos
del hombre de la calle. Pero simple y sencillamente carece de la sustancia para
encarnar el símbolo de la modernidad y el cambio en el que quiso convertírsele.
Por un momento se confundió su edad (39 años) y su locuacidad articulada con el
proyecto de modernidad que permitiría al país salir de los problemas en los que
está estancado. El problema es que Anaya
no ha propuesto nada sustancial o en todo caso nada que esté fuera de los
paradigmas de las administraciones anteriores. Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con López Obrador sobre la
necesidad de sacar a las secretarías de Estado a diferentes ciudades del país,
con la amnistía a delincuentes bajo determinadas circunstancias o con darle un
vuelco a las reformas. Pero nadie puede negar que se trata de un golpe al
avispero del actual orden de cosas. No hay nada novedoso en Ricardo Anaya,
el supuesto paladín del cambio, salvo llamarlo así, portador del cambio. No se
trata del líder de una fracción del PAN que tomó al partido por asalto para
transformarlo y que ahora se lanza al cambio del país. Tomó el control del PAN con argucias de pasillo y sus consejeros son
personajes conspicuos del pasado (Diego Fernández, Santiago Creel, Jorge
Castañeda, entre otros). La única propuesta radical de Anaya, la idea de un
ingreso universal para todos los mexicanos, la hizo en diciembre del año pasado
y no ha vuelto a hablar de ello.
Regresemos a
la pregunta inicial, ¿por qué perdió la cúpula la batalla contra AMLO? No es de extrañar que al carecer de
partidos con arrastre y al no tener candidatos populares, la élite tuvo que
apostar al último de los recursos: el miedo. Si no podemos convencer al
electorado de que nuestros candidatos son buenos, convenzámoslo de que el otro
es peor. Para su desgracia, lo que funcionó en 2006 resulta anacrónico para
2018. Hoy los candidatos del PRI y del
PAN en lugar de hacer campaña a su favor hacen campaña en contra de López
Obrador. En el debate acribillaron al tabasqueño pero poco pudieron hacer para
convencernos de que tengan algo que ofrecer por sí mismos, salvo aprenderse una
retahíla de descalificaciones en contra del líder de las encuestas.
La invocación
al miedo funciona con el electorado que abomina a López Obrador y, en efecto,
está cada vez más espantado. Pero a la
otra mitad simplemente le confirma que hay una maquinación decidida a hacer
cualquier cosa con tal de impedir que llegue a Palacio. Entre más se denuesta
al de Morena más se profundiza la noción de que es el candidato anti sistema,
víctima de la maquinaria en el poder. Y, hay que insistir, AMLO sólo necesita al 40% del electorado y este se
sigue consolidando justo gracias a los ataques. La confrontación con el
Consejo Mexicano de Hombres de Negocios, por ejemplo; se ha aprovechado para
mostrarlo como enemigo del empresariado, pero
a ojos del 40 o 45% de los mexicanos harto de los abusos de los millonarios,
eso no hace más que validarlo como el candidato que necesita. Al atacarlo lo
fortalecen.
Agotada la alternativa del miedo y
sin candidato o partido que pueda rescatarlos, a los miembros de la élite no
les queda más que seguir la cuenta regresiva y hacer corajes.
Y espero que
sólo eso.
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