Es la
presente tragedia. La que crece cuando el río crece. Opaca y eterna, ha perdido
la atención de los Gobiernos, pero lleva cuatro años matando. Los pueblos en la
ruta del Río Sonora se erigen en su orgullo después de que el 6 de agosto de
2014, la mina Buenavista del Cobre, subsidiaria de Grupo México, derramó en el
afluente 40 mil metros cúbicos (o 40 millones de litros) de solución de Sulfato
de Cobre Acidulado (CuSo4) debido a la ruptura en uno de sus represos.
En este
pedazo de sierra del norte de México, muy cerca de la frontera con Estados
Unidos, ya no hay agua, salud o esperanza. El incontrolable paso del
contaminante se llevó la vida de unas 23 mil personas en siete municipios. Y el
río, con su color anaranjado, parece decir que la pesadilla no se ha terminado.
Cuesta verlo de frente. Avanza plomizo con costras cristalinas, como si
guardara en su alma la memoria de haber sido herido.
El Gobierno
del presidente Enrique Peña Nieto calificó el hecho como “el peor desastre
ecológico en la Historia de México”; pero para octubre de 2014 levantó la
contingencia. Desde entonces, la culpa se fue encajando en esta sierra norteña;
pero los muchos culpables huyeron. Hoy, los de aquí están solos, como lo
estuvieron antes. La ayuda no llegó. El Fideicomiso –dos mil millones de pesos–
desapareció y la clínica planeada para aliviar las dolencias médicas por el
derrame, se quedó en obra negra. La vida pasa y el dueño de Grupo México, el
empresario Germán Larrea Mota Velasco continúa en su estilo de enigmas y aquí,
sobre el desastre, nadie lo ha visto.
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