Alejandro
Páez Varela.
El
Presidente le dijo a Denise Mearker en una entrevista para Noticieros Televisa
que su mayor error fue no haber justificado el escándalo de la “casa blanca”.
No haberlo “explicado”.
Luego le
dijo al periodista Ciro Gómez Leyva que no fue él quien hizo perder al PRI. Que
fue José Antonio Meade Kuribreña.
–Veinte por
ciento de popularidad de usted en las encuestas –le dijo Ciro Gómez Leyva–. ¿El
Presidente Peña Nieto fue el principal factor de la derrota del PRI en esta
elección?
–Pues mira
–atajó–, obviamente quien fue un detractor de tu servidor así lo podrá
apreciar. Mi consideración personal es que no.
–No fue el
factor Peña Nieto –insistió Gómez Leyva más adelante–. ¿La derrota no es el
factor Peña Nieto?
–No. Yo lo
atribuyo, lo atribuiría al desgaste en el ejercicio de gobierno –contestó, y
más rollo.
–Sobre
hechos consumados, ¿José Antonio Meade fue el mejor candidato del PRI,
Presidente?
Peña se echó
un rollo más.
–..Pero no
funcionó… –le interrumpió el periodista
–No funcionó
–dijo.
Peña es el Presidente peor calificado
en la historia reciente. Y estuvo consciente de ello: sólo el año pasado se
gastó más de 10 mil millones de pesos en prensa, una cifra histórica y
ofensiva, de acuerdo con el corte a 2017 realizado por la periodista Daniela
Barragán.
Pero no fueron los muertos, los
desaparecidos, Tlatlaya, Nochixtlán, Odebrecht. No fueron la pobreza o la
corrupción; la desigualdad o el desplome de la industria energética. No fueron
los constantes aumentos a los precios de la gasolina, el histórico nivel de
deuda pública o el crecimiento mediocre. No fueron el fiasco de la PGR o la
cantidad de gobernadores de su partido que fueron detenidos (y no por él) por
el saqueo. No fue su ineptitud (o complicidad) con los 43 estudiantes de
Ayotzinapa o que no cumplió con siquiera la mitad de las promesas que hizo en
campaña, como
muestra un reportaje publicado hoy por la Unidad de Datos de SinEmbargo.
Fue, dijo,
“no haberse explicado”.
Mi capacidad
de análisis se reduce a pocas opciones. No sé bien qué pensar. Algunos
presidentes solían, a estas alturas, pedir perdón. Algunos se sinceraban y
hablaban con realismo.
Peña no. Peña se encierra en él mismo; en
explicaciones ociosas que nadie, salvo quizás el puñado que lo rodea, debe creer.
Siempre se dijo que el hijo de
Atlacomulco vivía en una burbuja. Pues así se va: en la burbuja.
Es cierto
que la Historia dirá, en algún momento, quién es Enrique Peña Nieto. Pero por lo pronto hay un veredicto de
más de 30 millones de ciudadanos. Y ese veredicto, expresado en las urnas, es que el Presidente es muchísimo menos de
lo que piensa y muchísimo más de lo que acepta. Es el culpable de haberle arrancado la esperanza a millones de
mexicanos que votaron por él y a los otros –la mayoría– que no tenían la culpa
de tenerlo al frente del Ejecutivo federal; gastó no sólo el dinero, sino la
oportunidad de un país entero. Seis años a la basura y él cantando.
Cuando habla de dar todas las
facilidades al nuevo Gobierno en realidad es la “generosidad” del verdugo que
acepta entregar la canasta donde ha caído la cabeza de su víctima.
Millones esperan, desde hace seis
años, que termine su mandato; millones esperaban que al menos en el final
ofreciera una disculpa. Pero no. La disculpa no llega: hace un reparto de
culpas en su lugar. Todos son culpables menos él. El entorno estuvo mal, su
candidato estuvo mal. Él se siente libre de culpa, incluso por no haber
cumplido con sus promesas de campaña.
Negado a aceptar su responsabilidad
en el desastre que él provocó.
las
entrevistas que Peña ofrece en estos días saben más a sombra que a luz. Y
descubren al individuo que es: el mismo hombre, seis años después; el que se
encierra más adentro en la burbuja de mentiras pagadas con nuestros impuestos
para no ver afuera lo que los demás ven, vemos: que huele a tierra mojada
porque muy pronto le caerá una tormenta.
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