Martín Moreno.
– En su cara, frente a frente, postró
a Peña Nieto.
– ¡Tomen su Reforma Educativa!
Jamás había
ocurrido. Nunca lo habíamos visto. Absolutamente no teníamos registro de ello.
Es algo inédito. “Ojalá vivas en tiempos interesantes”, dice el viejo proverbio
chino. Y vaya que los estamos viviendo.
Nunca, un Presidente electo le había
hablado así, a quemarropa, a un Presidente en funciones.
Jamás, un Presidente electo le había
hablado así, a bocajarro, a un Presidente en funciones.
Absolutamente, un Presidente electo
le había hablado así, a mansalva, a un Presidente en funciones.
Lo que Andrés Manuel López Obrador le
sorrajó – literal-, hace algunas horas, de frente y frente a su equipo más
cercano, a Enrique Peña Nieto, no tiene desperdicio: es un momento hasta ahora
inexistente en la relación de los poderes saliente y entrante en el Ejecutivo.
Inédito, insistimos.
Sin compasión, fue un misil lo que
salió de la boca de AMLO con dirección hacia Peña Nieto.
Diga usted
si no, estimado lector:
“En tiempo y forma, vamos nosotros a
presentar las iniciativas para cancelar la Reforma Educativa, y dar a conocer
un plan distinto, con un marco legal ajustado a las nuevas circunstancias. Pero
sí quiero dejar de manifiesto que se va a cancelar la actual Reforma
Educativa…”.
De AMLO para Peña y para quienes allí
lo acompañaban – Videgaray, Navarrete Prida, Pedro Joaquín Coldwell, Eduardo
Sánchez, entre otros, y justo en el corazón del poder político en México
(Palacio Nacional)-, mostrando rostros descompuestos por el asombro, sorpresa e
impacto ante las palabras del, se quiera o no reconocer, el todavía rival
político, hoy más que nunca empoderado y con el temple y la seguridad que le da
la confianza suficiente al triunfador.
Un Presidente electo sobajando al
Presidente constitucional.
En términos coloquiales:
¡Qué güevos, don AMLO!
Y tampoco, jamás, habíamos sido testigos de cómo un
Presidente en turno (EPN) está entregando, de manera tan rápida y hasta con
apresuramiento, el poder presidencial al ganador de las elecciones. A estas
alturas – quién lo dijera-, Peña Nieto ya está sufriendo el poder, agobiado por
sus errores personales, arrinconado por la corrupción propia y ajena, derrotado
por su pésima forma de gobernar. Parece tener prisa. Ya se quiere ir al Edomex.
A Peña se le olvidó que el poder se
ejerce hasta el último minuto de un gobierno, por muy derrotado o decaído que
se encuentre.
Ejemplos
sobran:
Echeverría,
desde el primer minuto de su gobierno hasta el último día, ejerció el poder de
manera absoluta, firmando acuerdos y tomando decisiones el último de noviembre.
Salinas de Gortari – un Presidente muy poderoso, sin duda alguna-, a pesar del
levantamiento armado en Chiapas y de los asesinatos de Colosio y de Ruiz
Massieu, aún tuvo la fuerza para imponer a Zedillo como sucesor. (Lo que
ocurrió después es otra historia).
Pero con Peña Nieto no ocurre lo
mismo.
Hoy por hoy, en México hay dos
Presidentes: uno en funciones protocolarias, y el otro ya tomando decisiones.
Eso ya lo sabemos.
Los priistas le recriminan a Peña
haber recibido prácticamente de inmediato a AMLO en Palacio Nacional, y no en
Los Pinos. Tal vez tengan cierta dosis de razón.
Empero, también deben entender que EPN ya no tenía
margen de maniobra tras la derrota brutal del uno de julio, acotado por 30
millones de votos que le enviaron un mensaje contundente e irrebatible:
¡Lárgate!, y que un fracaso tan apabullante lo dejaba sin aliento, siquiera,
para imponer el lugar de reunión con AMLO.
De allí en adelante, todo fue coser y
cantar para AMLO y su equipo: imponer agenda, condiciones y estilos. De hecho,
ya están gobernando: AMLO ya despacha como Presidente, Sánchez Cordero ya
dispone como secretaria de Gobernación, Ebrard ya dicta la política exterior.
Porque la debilidad institucional de
EPN fue muy bien detectada por AMLO y por su equipo: la derrota de Peña no
solamente en las urnas, no, sino también, en su personal estilo de gobernar,
parafraseando a Cosío Villegas. Un estilo anacrónico, el del PRI de los Hank,
Montiel, del Mazo, formados a la vieja usanza, incapaces de lidiar con una
democracia que ni conocen ni practican ni acostumbran.
En síntesis:
un priismo qué sin votos ni dinero, anda
corriendo en círculos, como gallinita descabezada, dirigiéndose hacia ninguna
parte y con un final inevitable: el cadalso.
AMLO ha
noqueado a EPN. Lo ha fulminado.
La toma de
posesión del uno de diciembre próximo – vaya paradoja: seguramente asistirá,
entre otros mandatarios, el aborrecido Donald Trump, pero en condiciones y
contextos diferentes a cuando visitó Los Pinos en agosto de 2016 cuando era
candidato republicano-, será solamente un mero acto protocolario, donde Peña le
entregará, de mano en mano, la banda presidencial a López Obrador. Será una
ceremonia de pasillo porque, en la praxis, AMLO ya comenzó a gobernar.
Y de entrada, a pesar de que aún faltan tres
meses para su toma de posesión, ya le canceló, frente a frente y a quemarropa,
una de las dos reformas más emblemáticas con las que el gobierno peñista
planeaba pasar a la historia: la Educativa. (La otra, la Energética, también
sufrirá cambios ya anunciados por el gobierno entrante).
Aún más:
AMLO,
también de frente a Peña, ya le dio luz verde a Elba Esther Gordillo para
retomar al SNTE sin ningún problema. Victoria para la Gordillo y otra derrota
brutal para Peña Nieto: su enemiga política sale de prisión antes de que
termine el sexenio, y va por la revancha. Peña debe andarse con mucho cuidado.
Elba Esther es una enemiga peligrosa, y en su bolsa Louis Vuitton, trae una
factura pendiente de cobrar con el nombre de Enrique Peña Nieto.
Por lo pronto, AMLO le dio un tiro en
la frente a la Reforma Educativa.
¿Qué sigue?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.