Raymundo
Riva Palacio.
Entre el
Andrés Manuel López Obrador que dialogó con periodistas y politólogos el 3 de
mayo, en plena campaña presidencial, y el que estuvo anoche en un nuevo
encuentro en el programa Tercer Grado, las diferencias son notables. La corrupción, que sabía que existía
ampliamente en aquél entonces, “es mucho más grande de lo que había imaginado”.
Todo lo que se ha tenido que revisar tiene que ver con la corrupción, dijo.
Pero hay tanta, que “no alcanzarían las cárceles ni los juzgados” para poder
encerrar a todos los culpables, comenzando por los de arriba, en el gobierno, y
no sólo en el de Enrique Peña Nieto, sino “de tiempo atrás”. Pero López Obrador
no ha cambiado en algo: su convicción de que no perseguirá a nadie, porque cree
que lo metería en una confrontación que sólo llevaría a la discordia. Esto lo
distraería de su proyecto de transformación, aunque, quizás, no le será posible
mantener su deseo.
López
Obrador tomó de aquél programa de mayo la referencia que hizo René Delgado de
la Ley del Punto Final, establecida en 1986 en el gobierno de Raúl Alfonsín, en
Argentina, que estableció la caducidad de la acción penal en contra de aquellos
imputados por la desaparición forzada de decenas de miles de argentinos que
sufrieron la represión de la dictadura militar, quienes habían sido colocados
en el banquillo de los acusados como una externalidad de la transición a la
democracia, tras el colapso del régimen militar con la derrota ante el Reino
Unido en la guerra de las Malvinas. Alfonsín buscó lo que quiere ahora López
Obrador y poder continuar su proyecto reformador, pero se encontró con la
oposición de miles de víctimas y protestas sociales que la tildaban de una ley
“para la impunidad”.
Casi 20 años
después, por iniciativa de la entonces diputada de Izquierda Unida, Patricia
Walsh –hija de Rodolfo Walsh, un periodista e intelectual que fue miembro de
los Montoneros y fue asesinado por la dictadura, que también mató a la hermana
de la exlegisladora en un enfrentamiento con los militares–, el Senado
argentino anuló en 2003 la Ley del Punto Final y una subsecuente de Alfonsín,
la Ley de Obediencia Debida, que era una ley de perdón, con lo que iniciaron 11
juicios orales y públicos por delitos de lesa humanidad, impulsados por el
presidente Néstor Kirchner. En Argentina, los agravios y los crímenes cometidos
por la dictadura fueron la tuerca que torció la historia hacia la democracia, y
por más esfuerzos de reconciliación que se trataron, el pueblo no permitió que
quienes fueron responsables de aquellos crímenes, gozaran de impunidad.
La tuerca que torció la historia en México
y llevó a López Obrador a la presidencia fue la corrupción y la inseguridad,
los dos temas recurrentes en la insatisfacción del electorado, entre quienes
votaron por el candidato de la izquierda, y quienes lo hicieron por otras
opciones. Esos fenómenos fueron transversales, y pese a que como presidente
electo se los recuerdan en todo el país o descubren que el pozo de la
corrupción no tiene fondo, López Obrador insiste en que haya un antes y un
después a partir del 1 de diciembre. “Vamos a iniciar una nueva etapa y dejar
atrás la horrible historia de corrupción”, dijo en Tercer Grado. “Vamos a
acabar con la pesadilla”. Su voluntad va a tener que modificarse.
En la
entrevista narró los porqués de su
cambio de regresar paulatinamente a los militares a los cuarteles, como
establece el Proyecto Alternativo de Nación, y someter la seguridad pública al
ámbito civil, que es la gran rectificación que ha hecho como presidente electo.
Señaló que el fracaso de la estrategia de seguridad tiene que ver con que fue
diseñada para beneficiar a un pequeño grupo, al que ha salpicado –no lo dijo
él, pero lo han comentado en su equipo de transición– a altos mandos del
gobierno. Han encontrado oscuros desvíos presupuestales en la Policía Federal
durante la primera parte del gobierno y la inexistencia de expedientes
completos en materia de delincuencia organizada en la PGR, que alimentan sus
presunciones de ilegalidades. Ese pasado va a atrapar irremediablemente a López
Obrador, aunque trate de esquivarlo.
La
entrevista de Tercer Grado estuvo
acotada por el tiempo del formato de televisión, pero, al terminar, le pregunté
si toda la información que está saliendo de la Corte Federal de Brooklyn en el
juicio en contra de Joaquín El Chapo Guzmán, no obligarían a su PGR o a su fiscal
a iniciar una investigación en contra del presidente Peña Nieto, a quien los
abogados de los narcotraficantes están acusando de haber recibido dinero del
Cártel del Pacífico, que hacen eco a lo que declaró en marzo Phil Jordan,
exdirector de la DEA en El Paso, Texas, en una entrevista con la cadena
Univisión, donde afirmó que El Chapo inyectó “mucho dinero” en la campaña
presidencial del actual mandatario y pagaba miles más por protección, como lo
hizo en el gobierno del presidente Vicente Fox, a cuyo gobierno dio millones de
pesos para que lo dejaran escapar.
López Obrador se quedó unos instantes
pensando en la respuesta. “Tendría que haber presión interna”, dijo. Iniciar
una investigación contra Peña Nieto no sería consecuencia natural de lo que se
diga en Brooklyn, más allá de lo contundente que pueda ser la evidencia.
Tiene razón. Si se quiere enjuiciar
al presidente actual, la sociedad mexicana debe exigirlo, como lo hizo la
argentina para derogar la Ley del Punto Final. Pero, si es así, López Obrador
no tendrá alternativa. En ese caso específico, irá por él.
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