Salvador
Camarena.
Con apenas unos cuantos años de vivir
en Estados Unidos, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie descubrió
que los medios de comunicación estadounidenses habían troquelado en ella una
visión muy parcial sobre la migración y los mexicanos.
“Se contaban historias sin fin sobre
mexicanos que saqueaban el sistema sanitario, se colaban por la frontera y eran
arrestados, ese tipo de cosas”, cuenta Chimamanda en El peligro de la historia
única (Random House,
2018).
Un día visitó nuestro país y
descubrió cuán diferente era todo. “Recuerdo salir a dar una vuelta mi primer
día en Guadalajara, ver a la gente que iba a trabajar, preparaba tortillas en
el mercado, fumaba, reía. (…) Comprendí que estaba tan inmersa en la cobertura
mediática de los mexicanos que, en mi cabeza, se habían convertido en una sola
cosa: el abyecto inmigrante. Había aceptado el relato único sobre los
mexicanos, y no podía sentirme más avergonzada (…) Así es como se crea una
historia única, se muestra a un pueblo sólo como una cosa, una única cosa, una
y otra vez, y al final lo conviertes en eso”.
El peligro de la historia única en
realidad no es un libro. Es un pequeño discurso en el que se advierten los
costos para una sociedad si ésta no rechaza los intentos por reducirla a una
sola cosa. Estos párrafos fueron tomados de ese breve volumen:
“Es imposible hablar de relato único
sin hablar de poder. Existe una palabra, una palabra igbo, que me viene siempre
a la cabeza cuando pienso en las estructuras de poder del mundo: nkali. Es un
nombre que podría traducirse «por ser más grande que otro». Igual que en el
mundo político y económico, las historias también se definen por el principio
del nkali: la manera en que se cuentan, quién las cuenta, cuándo las cuenta,
cuántas se cuentan… todo ello en realidad depende del poder.
“Poder es la capacidad no sólo de
contar la historia de otra persona, sino de convertirla en la historia
definitiva de dicha persona”.
En México, desde la máxima posición
de poder político se quiere imponer un relato único. Incluso se decretó el
inicio de una nueva era. El presidente Andrés Manuel López Obrador pretende
reducir la Patria a una sola visión: la suya. El mandatario dedica sus mayores
esfuerzos a esa empresa.
Porque tenía razón en su denuncia de
muchos de los excesos, frivolidades y corruptelas de los gobiernos anteriores, el discurso de AMLO como opositor le
ayudó a construir una carrera al poder. Sin embargo, al instalarse en la
Presidencia no abrazó la diversidad y la pluralidad como una riqueza del país;
al contrario: ha decidido anular todo aquello que no le acompañe acríticamente,
empezando por la historia que le disgusta o las visiones que no aceptan su
maniqueísmo. Ha intentado, para decirlo con Chimamanda, troquelar nuestra
identidad con una historia única.
Seguir ese camino tiene un destino
ineludible: empobrecerá nuestra convivencia, nuestra manera de vivir México. La
historia única que pretende el Presidente debe ser contrarrestada contando las
otras –muchas– cosas que también somos. Lo que significa, por ejemplo, que
también debemos hacer más cosas que sólo discutir o resistir las iniciativas de
López Obrador (o de cualquier gobierno). Tenemos que hablar de, y reportear
sobre, todas esas historias que afortunadamente no tienen como eje a Palacio Nacional.
“Las historias importan. Muchas
historias importan. Las historias se han utilizado para desposeer y calumniar,
pero también pueden usarse para facultar y humanizar. Pueden quebrar la
dignidad de un pueblo, pero también pueden restaurarla”. Gracias Chimamanda por tan oportuna
alerta.
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