Salvador
Camarena.
Apenas el 19
de marzo el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Alfonso Durazo,
dijo que la situación de violencia en Guanajuato estaba “bajo control”. En
contraste con esas palabras, desde el lunes pasado circula un video en el que
se aprecia cómo dos jovencitas que atendían un negocio de hamburguesas en el
centro del municipio de Salamanca fueron secuestradas por un par de sujetos
armados y encapuchados que las subieron a un vehículo blanco.
El plagio
ocurrió a las 23:15 horas del sábado y las jóvenes sólo fueron identificadas
como Jéssica y Abigail. Treinta y seis horas después, en el mismo municipio,
una joven de 16 años fue levantada por hombres encapuchados en la avenida
Lázaro Cárdenas. Hasta el momento no hay información sobre el paradero de las
tres mujeres y el fiscal general del estado, Carlos Zamarripa, sólo dijo que su
dependencia investiga los casos.
Estos hechos
violentos ocurren tres semanas después de la peor matanza que se recuerde en
Salamanca –y en Guanajuato–, cuando sicarios asesinaron a 15 personas en un
antro. Y también ocurren luego de un despliegue sin precedente de fuerzas
federales encabezadas por el Ejército, la Marina, la Policía Federal y fuerzas
estatales en ese municipio y en el vecino municipio de Irapuato.
¿Guanajuato es hoy una muestra de la
incapacidad de todos los niveles de gobierno para frenar la violencia? ¿Es esto
lo que vamos a ver en los próximos meses, años? ¿Por qué a cuatro meses de la
nueva administración la situación sólo empeora ahí?
Es conocido que en ese estado del
Bajío –que registra una tasa de crecimiento económico anual de 4.8 por ciento
en los últimos ocho años, más del doble del promedio de todo el país– se libra
una guerra en contra de los cárteles de la ordeña de combustible y que estos, a
su vez, están enfrascados en una lucha por el control de los ductos que
conectan a la refinería de Salamanca.
Esto ha llevado a que Guanajuato se
ubique entre los estados con la cifra más alta de homicidios dolosos en el
país. Según el último reporte del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional
de Seguridad Pública, la entidad registró 479 homicidios dolosos entre enero y
febrero, un alza de 46 por ciento con respecto al mismo periodo de 2018. Sólo
tres municipios (Irapuato, León y Salamanca) concentran el 43 por ciento de los
homicidios.
El 17 de
marzo arribaron al estado mil 600 soldados que fueron desplegados en las cuatro
regiones identificadas como focos rojos, lo que se esperaba supondría una
disminución de la violencia, pero no ha sido así. ¿Le seguimos?
El 27 de
marzo, cuatro funcionarios del gobierno municipal de Salvatierra fueron
asesinados por un comando armado (https://bit.ly/2FQGDnW). Unos días antes, el
Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública colocó a Irapuato como la sexta
ciudad más violenta del mundo, al lado de Tijuana, Acapulco, Caracas, Ciudad
Victoria, Ciudad Juárez, Fortaleza y Ciudad Bolívar (https://bit.ly/2Uv8kfA). Y
Guanajuato capital ya rebasó sólo en este trimestre la cifra de homicidios que
tuvo, en el mismo periodo, en los últimos cuatro años juntos.
(https://bit.ly/2WDbxHk).
El gobernador Diego Sinhue Rodríguez
y el presidente Andrés Manuel López Obrador procuran la seguridad en el estado
de manera coordinada. Pero esa 'coordinación' no ha hecho que esas tierras del
Bajío salgan –al menos en el corto plazo– del agujero negro en que se
encuentran.
Ayer, López
Obrador decía, sin triunfalismo, que en la mitad de los estados del país no
había habido homicidios dolosos el lunes. Magro consuelo, pues sólo con
Guanajuato bastaría para que todo el país estuviera preocupado, muy preocupado.
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