Raymundo
Riva Palacio.
Antes de
haber aterrizado en México, Emilio Lozoya provocó que los maderos del viejo
régimen crujieran. Los avisos que entre su paquete de compromisos con el
gobierno estuvieran las pruebas de cómo se consiguieron los apoyos para la
reforma energética en la administración de Enrique Peña Nieto, causaron enormes
olas, particularmente entre los partidos políticos y quienes en su momento eran
diputados y senadores. Los deslindes han salido desde diversos frentes,
vacunándose con inyecciones de honestidad.
No puede
haber una generalización mecánica y concluir anticipadamente que la corrupción
era sistémica, pero tampoco se vivía en el castillo de la pureza. El
nerviosismo que han causado los reportes en la prensa de que Lozoya se
comprometió con la Fiscalía General a aportar información puntual de cómo, a
quién y cuánto dinero se repartió entre legisladores para conseguir
aprobaciones por consenso de las reformas, la energética o algunas otras polémicas
como la educativa, revela el gran nerviosismo que existe.
El regreso
de Lozoya a México ha puesto a prueba el cinismo con el cual se comportaron
diversos legisladores durante los tiempos de la negociación del Pacto de
México, donde la persuasión –política o económica–, fue tan eficaz, que como
alguna vez confió el entonces secretario de Hacienda, Luis Videgaray, se
aprobaron las reformas en la mitad del tiempo que habían calculado. En el
camino dejaron a un buen número de legisladores felices.
Información
recabada sobre el valor de los votos durante los meses de aprobación de las
reformas, en especial la energética, permiten afirmar, sobre la base de los
dichos de propios legisladores, que se llegaron a comprar votos por dos
millones de pesos a diputados, y por cuatro a senadores, aunque hubo casos
extraordinarios, en los altos niveles de la clase política, donde los cañonazos
llegaron a ser hasta de siete millones de pesos. Hubo varias formas de
entregarlos. Por ejemplo, un empresario cercano a Peña Nieto solía presumir
cómo llevaba maletas llenas de dinero al Congreso para recompensar los apoyos.
Es decir, no
sólo Lozoya conoce el mapa de la compra de conciencias en las Cámaras, que ha
puesto a exlegisladores y miembros de partidos en un estado de alta
preocupación ante la posibilidad de que sus nombres sean expuestos ante la
opinión pública. Es un temor que también ha despertado la supuesta existencia
de más de 16 videograbaciones que supuestamente ofreció Lozoya al fiscal
Alejandro Gertz Manero como parte de su negociación de cooperación con la
autoridad, a cambio de que se desistan de procesarlo a él y a su familia.
¿Existen las
videograbaciones? En este espacio se publicó en mayo de 2017 una columna
intitulada 'La fiesta inolvidable', donde se revelaba la existencia de una casa
en la colonia Anzures de la Ciudad de México donde Froylán Gracia García, que
era coordinador ejecutivo de la Dirección General de Pemex cuando su amigo
Lozoya ocupaba ese cargo, a donde invitaba cuando menos dos veces por semana a
funcionarios, gobernadores, políticos y empresarios, que llegaban ahí con el
propósito de hacer negocios, en un entorno de barra libre, con meseros vestidos
elegantemente y hermosas mujeres eslavas y brasileñas para hacerles compañía.
Personas que
fueron a algunas de esas reuniones siempre tuvieron la sospecha de que todo se
videogrababa, pero esta columna nunca pudo comprobar que así fuera. La casa es
recordada hoy por el tema de las videograbaciones y porque ha trascendido que
en algunas ocasiones, Lozoya despachaba en una oficina alterna que tenía en la
colonia Anzures.
Las
videograbaciones, como los dichos de Lozoya, no tendrán validez jurídica a
menos que puedan ser judicializadas. Si se presentaran las grabaciones solas,
en caso de existir, como única prueba, un juez las rechazaría al no tener
conocimiento de la persona grabada que estaba siéndolo. Se pueden judicializar,
siempre y cuando la Fiscalía General pueda comprobar que la persona imputada sí
fue a esa casa el día y la hora señalada, y demostrar que el dinero que se le
ofreció, lo recibió. No basta que en un video digan una cosa, sino que tiene
que probarse que el delito de cohecho se consumó. Igual sucederá con los dichos
de Lozoya, que requerirán el mismo tipo de seguimiento de la Fiscalía, y
soporte documental que entregue el ex director de Pemex.
Las
expectativas levantadas por la llegada de Lozoya son muy altas, alimentadas por
el propio presidente Andrés Manuel López Obrador, que admite abiertamente que
se negoció con él para que revele el sistema de corrupción del viejo régimen.
Habría que ser más cautos sobre qué se puede esperar de las acusaciones de
Lozoya. No debemos olvidar que iba ganando su caso, y que incluso la Unidad de
Inteligencia Financiera tuvo que descongelar parte de las cuentas de él y su
familia. Para evitar un naufragio político, la Fiscalía General lo presionó con
las acusaciones contra su madre y su esposa para que negociara su libertad a
cambio de que imputara a sus exjefes y a políticos de oposición.
Es decir,
más que judicial, la Fiscalía General pretende construir un caso político, que
acompañe la estrategia de López Obrador, que ayer mismo reiteró que “hay un
compromiso de que va a informar acerca de los presuntos fraudes por los que se
le acusa y va a hablar de Odebrecht y de otro tipo de ilícitos”. Odebrecht está
en la cabeza del Presidente como una gallina de los huevos de oro. La obsesión
de que será la llave que muestre el financiamiento de campañas, incluida la de
Peña Nieto, no tiene fundamento. El gobierno lo sabe y está presionando a
Odebrecht para que aporte información que permita resultados a la altura que
espera López Obrador. Sobre esta pólvora mojada se hablará aquí más adelante.
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