Diego
Petersen Farah.
Los equipos de campaña de los dos
terceros lugares, Anaya y Meade, han puesto su fe y su esperanza en el debate.
Y digo fe porque no hay elemento racional alguno que permita suponer que algo
trascendental sucederá en el debate, lo que están esperando es un milagro que
haga que la tendencia ascendente de López Obrador finalmente se quiebre y
comience a caer.
Pero
¿realmente cambian los debates la intención de voto?, ¿el debate de este
domingo tendrá algún efecto en las tendencias electorales?
Por supuesto
que sí, los debates tienen una influencia en la intención de voto, pero mucho
menor de los que se cree. En las democracias maduras son uno de los elementos
fundamentales para la toma de decisión de los electores; en México la tradición
del debate es poca y mala y en general los mexicanos no tenemos esa cultura: le
tenemos miedo al intercambio de ideas, lo confundimos con pleito y no usamos el
debate para confrontar argumentos y en su caso modificar nuestra visión de la
realidad, sino para ridiculizar al otro y en el mejor de los casos, aplastarlo.
Nuestra clase política, de profundas
raíces autoritarias, tampoco está acostumbrada al debate de ideas, sino de la
imposición y si se puede al insulto, rara vez encontramos argumentación.
Los hacedores de discursos viven más
preocupados por encontrar el adjetivo corrosivo que dato demoledor. Por eso los
formatos de los debates mexicanos son en general chatos, se parecen más a una
pelea de box que a un duelo de esgrima. Salvo por algunos momentos álgidos
surgidos de alusiones personales, los debates en este país han sido monólogos
secuenciados, pulcramente cuidados por un conductor que hace las veces de
cronómetro.
En este
contexto, para que el debate tenga un efecto significativo en las preferencias
electorales se requiere que el triunfo sea demoledor y que el manejo del post
debate sea apabullante, como sucedió en 1994 con Diego Fernández de Cevallos
frente a Ernesto Zedillo y Cuauhtémoc Cárdenas que los tomó por sorpresa y los
desbarató (luego Diego se encargaría de desatar su propio triunfo). Hoy el candidato que va arriba sabe que su
misión en el debate no es ganar sino no perder, y su equipo de campaña estará
listos para hacer una eficiente contención de daños, de manera que el efecto,
en caso de una derrota, sea el menor posible.
Con 15 puntos de ventaja, según la
encuesta de encuestas de Oraculus, la estrategia de López Obrador será salir a
no perder, a hacer del debate lo menos trascendente y memorable posible. Si no
pasa nada o pasa poco, él habrá ganado. Por el contrario, Ricardo Anaya trae toda la presión, pues
se supone que su fuerte es el debate, está obligado a ganar y a hacerlo por
goliza, lo cual lo puede llevar a cometer errores, pues saldrá sin defensa, y
corre el riesgo de recibir más goles de los que meta. Dicho de otra manera, si
la estrategia de Meade es atacar a Anaya, Andrés Manuel podrá dormir tranquilo.
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