Jorge Javier
Romero Vadillo.
En esta campaña, como suele ocurrir
en México, ha habido mucho ruido y pocas nueces en lo que se refiere a
propuestas creíbles y viables respecto a los grandes problemas nacionales. Pero me ha sorprendido la manera en
la que todos los candidatos presidenciales han eludido el tema que ha dominado
la vida del país durante más de una década:
la brutal violencia que aflige a amplios grupos de la sociedad mexicana, en
magnitudes similares a las de una guerra civil. Tampoco los pretendientes
parecen hacerse cargo del desastre de la procuración y la impartición de
justicia que ha caracterizado a México a lo largo de su historia y que es hoy
uno de los principales obstáculos para enfrentar la desigualdad y para impulsar
la inversión y el crecimiento.
Sin paz y sin justicia este país no
podrá salir del atraso, ni dejar atrás la marginación de buena parte de su
sociedad, ni alcanzará su tasa potencial de desarrollo económico.
El dispar acceso a la justicia es una
de las fuentes de la desigualdad social y las situaciones de violencia extrema
destruyen a las comunidades y su convivencia.
En la última
década, México ha padecido una epidemia
de homicidios de magnitudes catastróficas en muchas regiones y una ola de
desapariciones que hace palidecer las ocurridas durante las grandes represiones
dictatoriales de la década de 1970 en América del Sur, mientras que la justicia
ha sido, desde los orígenes de la nación, una mercancía asequible solo para
aquellos que pueden pagar su alto costo.
Sin justicia eficaz, oportuna y para
todos, la corrupción, la negociación de la desobediencia de la ley y la compra
de protecciones particulares seguirán siendo características esenciales de
nuestra contrahecha institucionalidad. Mientras el ministerio público sea un
instrumento político útil solo para quienes ejercen el poder y los jueces sean
incapaces y venales, México seguirá siendo un mosaico de desigualdad y pobreza,
donde la apropiación privada de los bienes públicos es la norma y no una
excepción perseguida y castigada.
El gobierno actual ha fracasado
evidentemente en su política de seguridad, pues no solo no logró reducir la
violencia desatada por la desastrosa política de guerra por Felipe Calderón
durante su gestión, sino que acabó optando por hacer permanente la militarización
de esas tareas, lo que hace doce años se anunció como una medida transitoria
que se levantaría en cuanto se contara con los cuerpos civiles aptos para
enfrentar al crimen con uso proporcionado de la violencia y con pleno apego a
la legalidad.
El abandono del proceso de
construcción de una policía federal moderna, bien equipada, profesional y
vigilante de los derechos constitucionales de las personas –que fue una de las
pocas luces en el entorno sombrío de la gestión de su predecesor– fue uno de los
más grandes fallos de Peña Nieto, solo superado por el empeño por institucionalizar la
militarización de las tareas que la constitución reserva a los cuerpos civiles
encabezados por el ministerio público.
Aún mayor
falta ha sido el empeño del actual presidente en mantener el control político
sobre la procuración y la impartición de justicia. Todos fuimos testigos de su
obcecación por capturar a la Suprema Corte de Justicia con sus incondicionales,
cuando ha sido la autonomía alcanzada por el máximo tribunal uno de los hitos
del cambio político de las últimas dos décadas. Y en cuanto al ministerio
público, si bien la reforma constitucional para crear una fiscalía autónoma fue
producto de los celebrados acuerdos de los primeros meses de su gobierno, aquellos
del Pacto por México, desde muy pronto quedó claro que se pretendía una
simulación, pues en los transitorios del reformado artículo 102 constitucional
se estableció un mero cambio de nombre de la actual Procuraduría General y el
nombramiento de un fiscal por nueve años que le fuera fiel al presidente
encargado de nombrarlo, o sea al propio Peña.
Frente a
este desastre, se han movilizado diferentes grupos de la sociedad civil –esa de
la que desconfía el candidato puntero– para exigir una seguridad sin guerra,
que reduzca la violencia a partir del desarrollo de cuerpos civiles profesionales
y bien capacitados, con políticas de prevención que vayan a las causas de la
delincuencia y de la violencia, que permitan el retiro progresivo de las
fuerzas armadas de tareas que la Constitución les prohíbe y que han demostrado
que no saben hacer, pues después de más de una década de despliegue no han
contenido la violencia y el delito, mientras que han dejado una cauda de
violaciones sistemáticas a los derechos humanos, en la medida en la que actúan
con lógica bélica.
También ha surgido el clamor cívico por una
fiscalía que sirva, de manera que el nuevo órgano constitucional autónomo no
sea una mera prolongación de la monstruosa Procuraduría General de la
República, instrumento político especializado en la venta de protecciones
particulares y en la persecución de los adversarios del gobierno en turno. La
necesidad de construir un ministerio público eficaz, con capacidades técnicas y
recursos, con personal bien calificado, en lugar de los agentes precariamente
alfabetizados que hoy integran a la PGR –donde quienes deben ejercer la
acusación pública no tiene siquiera los conocimientos jurídicos indispensables
para enfrentar las exigencias el nuevo sistema de justicia penal– debería ser
un punto central de la agenda política.
A pesar de la relevancia que estos
dos asuntos tienen para la viabilidad del país y para la construcción de una
convivencia pacífica y menos inicua, las reticencias que han mostrado los
candidatos para abordarlos con seriedad producen grima, cuando no indignación.
Meade apenas ha atinado a ofrecer más
de lo mismo, en una
muestra de la oquedad de los planteamientos de quien se supone el más educado
de los contendientes. Ha dicho estar de acuerdo con la fiscalía autónoma, pero
no ha mostrado ningún compromiso con las reformas necesarias para garantizarla
y que deberían hacerse ya, antes del fin de esta legislatura.
Anaya se ha mostrado más proclive a
aceptar los planteamientos de los colectivos cívicos, pero no impulsó que los
legisladores de su coalición actuaran en consecuencia.
López Obrador ha salido con la
ocurrencia de la Guardia Nacional, conforme a sus nostalgias decimonónicas, y
ha dicho que está de acuerdo con la fiscalía autónoma.
Zavala se presenta como la campeona
de la guerra que desató su marido y el otro señor no merece ni siquiera ser
mencionado, pues solo balbuce incoherencias.
De ahí que los colectivos de
ciudadanos que queremos una seguridad sin guerra y una fiscalía que sirva
reclamamos a los candidatos que en el debate del próximo domingo se definan sin
ambages sobre estos temas. No son ya aceptables las ambigüedades y las
indefiniciones cuando el país está ardiendo.
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