Alejandro Páez Varela.
La gente de
Andrés Manuel López Obrador se está reuniendo con empresarios. Han estado
siempre a una llamada, pero en las semanas posteriores al primer debate se
enfatizaron los contactos con los organismos, primero, y con algunos de los
menos radicales que habitan la cúpula.
Viendo el
debate de anoche, el segundo, aunque López Obrador fue arremetido con furia (se
trata de un puntero con muchos votos arriba de sus contrincantes), lo que me
sugiere el efecto del primero en las encuestas y las tendencias de las últimas
semanas es que ya hay pocos recursos para bajarlo en su tercer intento por la
Presidencia. Y es el tercero porque en
los dos anteriores hubo distintos factores que le impidieron llegar: estuvo el
marranero auspiciado desde la Presidencia de Vicente Fox, como primer escollo;
luego, él mismo tuvo poco cuidado. Pero además la élite empresarial financió
una guerra sucia sin precedentes en la historia de nuestra democracia en
construcción.
Ahora parece inevitable su triunfo y
por eso, creo, los empresarios organizados y muchos de los más poderosos –que
mueven a estos sindicatos empresariales– han empezado a dialogar con el equipo
de López Obrador. Tengo dos testimonios de los encuentros. En ambos, me dicen,
las reuniones son de buen tono: tratar de zanjar diferencias, preparar el
terreno para el 2 de julio, el día después de la elección. En uno ha
participado Alfonso Romo y en otro Esteban Moctezuma, que iría a Educación pero
que tiene hilos con ciertos grupos. Los empresarios son pragmáticos como pocos;
saben que quizás la ventaja del izquierdista es ya insuperable, y que tienen
que empezar a ver qué viene.
En una conversación reciente, una de
las piezas clave en el posible gobierno de Morena me dijo que (de ganar la
Presidencia) López Obrador planea dedicar los cinco meses de la transición “en
tranquilizar a los inquietos” y en dialogar con el Gobierno de Enrique Peña
Nieto para que ya no profundice en reformas que planea revertir. Le interesa
mucho, me dijo, qué se acuerde con Estados Unidos en los siguientes meses y no
sólo en materia de comercio sino también en seguridad y migración. “No quiere
sorpresas al llegar”, me dijo.
También me dijo que “todo diciembre de 2018”, es
decir, en cuanto llegue, lo dedicará a afinar y anunciar uno por uno los planes
para los siguientes años en materia de grandes obras. Tiene en mente, y hace
bien, no detener el Presupuesto de Egresos de la Federación para no frenar la
economía, algo que sucedió los primeros seis meses del arranque del peñismo,
con Luis Videgaray. Quiere arrancar 2019 con “grandes proyectos que marcarán su
sexenio, grandes proyectos que, además, generarán empleo y oportunidades para
las empresas”.
Claro que hay un núcleo en el
empresariado con el que nunca se podrá dialogar con ganas de construir nada. En
ése están los Claudio X. González, los Alberto Bailléres González o los Germán
Larrea Mota Velasco. Los tres han sido financieros de los opositores del
candidato de Morena y al menos los últimos dos, grandes beneficiarios de
concesiones y contratos durante los gobiernos del PAN y el PRI. Aun así, el
mensaje que se está enviando a ellos y a los otros es que no habrá una cacería
de brujas y que hay una disposición de dialogar. “AMLO no planea venganzas de
ningún tipo. Lo que pasó, pasó”, me dijo.
Si es cierto lo que me dicen, veo a
AMLO corrigiendo los errores de los dos primeros intentos. Sobre todo, con los
empresarios. También creo que, de cara al 2 de julio, la idea es aislar al
grupo de empresarios radicales con los que no habrá entendimiento de ningún
tipo. Lo que quieren dejar claro es que es algo personal, de ellos, contra
López Obrador. Exponerlos: extenderles la mano para que la dejen tendida.
En el PAN, si no se zangolotean mucho
las cifras, el 2 de julio será mucho más complicado. En primerísimo lugar,
contar los triunfos. Y allí se darán topes contra la pared. Tenía mucho
sentido, y pongo este ejemplo, asegurarle a Miguel Ángel Mancera un lugar en el
Senado si se ganaba la Presidencia; pero sin la perla mayor y por lo tanto sin
mucho qué repartir, esa plurinominal dolerá muchísimo a un equipo que tendrá
que enfrentar reclamos de los que se quedaron fuera por las alianzas con PRD,
Movimiento Ciudadano, Ahora y otros grupos pequeños con los que Ricardo Anaya
se sentó y entregó posiciones para ganar adeptos.
Una cantidad enorme de cadáveres se
acumula en el entorno de Ricardo Anaya. Golpeó a muchos para quedarse con el
trono y esos, en la derrota, ganarán nuevamente voz.
Dentro del PAN habrá una guerra civil
y afuera estará peor para el entonces ex candidato presidencial. Estamos ya a
40 días de las votaciones y a 36 de que terminen las campañas, y seguimos con
enormes dudas sobre el origen de su riqueza, por ejemplo. Hay un
desconocimiento total de quién es realmente él. La semana pasada se dijo que la
demanda por lavado en España entró a un juzgado mientras que ayer Álvaro
Delgado, de Proceso, le hizo otra vez las cuentas y pues no cuadran. Eso no se
detendrá; lo seguirán acosando sus propias cuentas incompletas. Es sabido que
el presidente Enrique Peña Nieto (que estará cinco meses más) lo considera un
traidor. Y cuidado con convertirse en el receptáculo del descontento del presidente
y su grupo político.
El sábado
pasado, Jorge Volpi escribió: “Afincado
en el pretexto de que lidera una coalición variopinta, [Anaya] no se arriesga a
exhibir sus propias opiniones, se anda por las ramas, evade las preguntas
difíciles o, mejor aún, finge contestarlas sin jamás hacerlo. Recordemos cuando
en el debate de Milenio se le exigió confesar sus ganancias mensuales: trató de
escurrirse hasta que no le quedó más remedio que pronunciar la fatídica cifra.
Solo acorralado revela alguna idea propia: su armadura es su palabrería”.
En febrero pasado escribí que no
dudaba ni tantito que Anaya sea muy inteligente y de entrada, dije, le concedo
que tonto, tonto no es. Desde entonces dije que me gustaría saber quién es
realmente Anaya fuera de la burbuja en la que se mantiene; qué piensa, de qué
está hecho. Ya sabemos que sabe pegarle a la perilla de bax pero hay dudas
sobre su patrimonio que, a estas alturas, no resuelve. Desde febrero pregunté: ¿Piensa aclararnos todo en algún momento o
esperará a ganar como gana –con una mezcla de astucia, suerte y pragmatismo
marrullero– y ya, acomodarse la corbata y despachar en Los Pinos? Pues termina
mayo y Anaya no termina por explicar su riqueza.
En el PRI, el 2 de julio será
despertar a la tragedia. Los números disponibles indican que no sólo perderá la
Presidencia, sino que la población se sacudirá de su presencia en estados y
municipios. Ganar una, en las actuales condiciones, será un acto de heroísmo.
Se plantea una derrota que se extenderá hacia sus aliados, el Partido “Verde” y
Nueva Alianza. Literalmente, el presidente Enrique
Peña Nieto tendrá que ponerse en manos de sus opositores, es decir: deberá confiar en que no habrá una
persecución. Pero yo creo que habrá escándalos de los que no podrá evitar
llamar a su abogado. Eso creo. Vamos a ver.
Con la
víspera se puede decir que después del
PRI, el gran perdedor de esta contienda será el PRD. Los datos indican que apenas podría conservar
el registro de partido nacional. Perderá la capital del país, que ha gobernado
desde 1997; se quedará sin la mayoría de las delegaciones que hoy tiene y con
bancadas de broma en el Congreso federal. Perderá la Asamblea Legislativa, que
mantiene hoy con una alianza hasta con el PRI. Además, los perredistas se
despertarán como después de una despedida de soltero: estarán acostados con los
peores, que son los que se quedaron con el partido. Ni siquiera legado tendrán.
Ninguno de los ex jefes de gobierno son ya miembros del PRD: ni Cuauhtémoc
Cárdenas, ni López Obrador, ni Marcelo Ebrard, y Mancera nunca lo fue.
Vamos a ver qué sigue en estos 40
días. Muchos pensaban que se le guardaba una bomba nuclear (Jacobo) a López
Obrador para detonársela a estas alturas. No ha sucedido. Dentro de Morena
dicen que, si tuvieran algo contra él, ya lo habrían utilizado. Es decir: no veo cómo se pueda bajar ya al candidato de izquierda.
Con los números que hay se puede
decir que el 2 de julio será un día histórico. Por primera vez ganará la
izquierda. Por primera vez, muchos que han votado y han perdido, ganarán. Por
primera vez habrá posibilidades de un gobierno que voltee a ver a los más fregados
de los fregados, lo que es una buena noticia para todos, incluso para los
empresarios.
Creo que lo
urgente, este 2 de julio, es que, si gana, Andrés Manuel dé inicio a un proceso
de sanación. Zanjar diferencias debe ser una prioridad, y sumar voluntades
(además de las que votaron por él un día antes) debe estar en su mente. Es un
reto enorme el que traerá en la espalda; se han generado muchas expectativas.
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