Salvador
Camarena.
Comienza la
marcha de los cuarenta días rumbo a la elección. Los candidatos que importan,
es decir Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya, salieron del debate de
anoche con los guantes puestos, y ya no se los quitarán de aquí al 30 de junio.
Porque si bien las campañas terminan de manera oficial tres días antes, el 27,
¿alguien duda que las escaramuzas digitales seguirán ininterrumpidamente hasta
el 1 de julio?
Se llamaron
farsantes, se enzarzaron en discusiones sobre cifras de inversión en la ciudad
de México en tiempos de AMLO en la jefatura de gobierno, lograron dar golpes de
consideración –López Obrador al guardar su cartera cuando se acercó Anaya; y
éste conectó cuando dejó a AMLO sin contestar si su cifra de inversión incluía
la venta de grandes bancos (Banamex), esas transacciones que el tabasqueño ha
denunciado. Repetirían el choque al hablar de un tren transístmico o supuestos
estudios del hijo de Andrés Manuel en España, con punto para Anaya que en ambas
ocasiones logró sacar de sus casillas a López Obrador, que optó por insultar al
panista.
Lo que no
nació fue el nuevo Meade. Ni anuncios de adhesiones ayudaron a que el
exsecretario de Hacienda presentara una nueva cara, a que diera el campanazo.
Ayer el senador panista Ernesto Cordero informó que votará por el candidato del
PRI. Y otro senador, Jorge Luis Lavalle, cercano a Roberto Gil y al propio
Cordero, dijo que no votará por Anaya. Esas porras fueron desaprovechadas por
Meade, que ya en el debate logró tener un par de momentos –contra Morena— en
donde se le vio más aguerrido, cuestionando la candidatura de Nestora Salgado y
llamando “secta” al partido de AMLO. También criticó la vida de Anaya en
Atlanta. Pero ese ímpetu se estrellaba cuando los moderadores, León Krauze y
Yuriria Sierra, le evidenciaban: defendió la invitación a Trump, y prometía
cosas que ni como canciller ni como dos veces titular de Hacienda ha realizado.
Ante ese
panorama, la cuestión es qué hará Anaya con la confirmación de que él es el
único que podría, eventualmente, disputarle a López Obrador la presidencia de
la República.
La duda es más pertinente porque
estamos ante una repetición, un poco más acalorada, pero repetición, de lo que
ocurrió en el primer debate: Anaya ganó el encuentro el 22 de abril, sentenció
la opinión pública, pero eso no se tradujo en un crecimiento relevante en las
encuestas y en pocas palabras su campaña no agarró color. Ganar hace un mes no
le redituó gran cosa, o nada.
A Anaya le fue bien anoche en el
encuentro en Tijuana, pero su campaña no prende porque no tiene roce: el
recuento de actividades proselitistas publicado ayer por Reforma diagnostica el
mal. El panista es un candidato, en el mejor de los casos, telegenético, que se
refugia en spots: en 50 días de campaña ha tenido solo 29 mítines y ha visitado
apenas 19 estados. López Obrador en cambio lleva 120 mítines y 27 estados
visitados. Hasta Meade supera al queretano, el doble de mítines (58) en 24
entidades.
López Obrador también vivió anoche
una confirmación: que los debates no son lo suyo. Rígido, repetitivo, sin
espontaneidad, sin profundidad. Pero es el único que no ha dejado de crecer en
las encuestas.
Anaya trae guantes, tira golpes pero,
salvo en los debates, nadie lo ve. Como en su minispot de ayer, donde se le ve
pegarle a la pera, es un candidato sin público, sin emoción, sin campaña, pues.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.