Javier Risco.
En un país donde se mutilan cuerpos todos los días, la
famosa promesa de campaña del Bronco tan solo ha legitimado la barbarie. Así lo
reportaba el periodista Ezequiel Flores, en Guerrero, en las páginas de
Proceso, un día después del debate: “Esta madrugada fue localizado el cuerpo de
un hombre desmembrado en Acapulco, junto a una cartulina con un mensaje donde
se hace alusión a la propuesta que lanzó ayer el candidato presidencial Jaime
Rodríguez, El Bronco, en el sentido de cortarle la mano a los ladrones. ‘Ya lo
dijo El Bronco, cortarle las manos a los lacrosos que roban aquí está el primero.
Atte. Los Enterradores’, señala el mensaje plasmado en una cartulina que fue
dejada a un costado de los restos humanos en la periferia del principal destino
turístico de la entidad”.
Es cierto que no se
puede culpar a Jaime Rodríguez Calderón de la violencia brutal ni de la
impunidad que la permite, pero las palabras pesan y se desbordan, más cuando las escuchan 13.1
millones de personas en televisión abierta.
Lo dicho por Rodríguez Calderón es el extremo de la
estupidez, la “ocurrencia” (así definida por el candidato) más torpe de todas,
y en eso derivó. ¿Qué significaría que
las campañas, que de por sí ya son violentas, fueran encabezadas por candidatos
que, con la mano en la cintura, mandan adjetivos ridículos e insultos a sus
pares? No quiero imaginar lo que sería capaz de hacer un seguidor frustrado con
la derrota.
Estamos tan enojados y
tan indignados con todos los problemas que nos aquejan, que el odio es un
poderoso detonante que, lejos de contribuir al desarrollo del país, sólo está
abriendo grietas en las personas. Los discursos fomentan la intolerancia, el castigo,
en vez de enfocarse en la reconstrucción de un tejido social que nos sane.
El odio fomentado desde un discurso de un candidato
presidencial, de ninguna forma es justificación para la violencia que alguien
pueda ejercer, pero sí es un permiso explícito para buscar castigos que estén
alejados del respeto a los derechos humanos. El Bronco es un botón de muestra
extremo, pero no es el único.
Miguel Ángel Mancera,
por ejemplo, mantuvo durante dos años, cuando fue jefe de Gobierno, el discurso
incesante de que el crecimiento delictivo en CDMX se debía a que el Nuevo
Sistema de Justicia Penal estaba dejando salir delincuentes en una puerta
giratoria y que eran ellos los que estaban violentando a la ciudadanía. Las
personas en prisión, más de 30 mil en el caso de la capital, infringieron una
ley y como tal hay una pena que marca el Código Penal que deben cumplir, sin embargo, señalarlos sin dar oportunidad a una reinserción real en la sociedad,
con una oportunidad para hacerlo bien una vez que dejen la prisión es también
una muestra de intolerancia que incita al odio, al prejuicio y que en nada
abona a la reconstrucción del tejido social.
En la Ciudad de México,
en una campaña enmarcada por mítines que llegan a los golpes y candidatos que
no pueden hablar en una plaza pública por miedo, uno de los participantes ha
decidido poner la vara muy alta en la categoría de spots violentos: hablo de
Mikel Arriola, candidato del PRI. Desde hace varios días circula el siguiente spot en varias
estaciones de radio: “No es justo que
las ratas de Morena y PRD, que son lo mismo, no le surtan agua a las familias
que no votaron por ellos. Eso se llama no tener ya saben qué y ya saben quién;
les prometo que estos malditos chantajistas terminarán en la basura. Todos
ustedes tendrán su agua sin importar el partido. Soy Mikel Arriola y para mí,
tu familia es primero. Candidato a jefe de gobierno de la Ciudad de México,
PRI. Nosotras queremos a Mikel”.
Uno pensaría que la
violencia hacia el electorado viene disfrazada de un usuario anónimo que tiene
la imagen de una caricatura en su avatar y que vive insultando de manera
ridícula sin parar a diestra y siniestra, pero no, la violencia también viene
de un candidato que precisamente ha violentado los derechos ganados en lo que
alguna vez fue una “ciudad de vanguardia”.
Arriola encontró en el
odio el arma para crecer y ganar popularidad. Es un candidato con lejanas
posibilidades de ocupar la Jefatura de Gobierno, pero, no por ello, su discurso
es menos peligroso. Hay una gran mezquindad en usar el enojo
social como una bandera electoral. No hay propuesta en el insulto y, por
supuesto, tampoco hay inteligencia.
El odio se volvió una
promesa de campaña. Un espejo que, en un México impune, es de fácil reflejo
para cualquiera.
Claro que hay enojo en los padres que pierden hijos,
en las víctimas de delitos, en quienes no pueden salir de la pobreza, pero no
es hiriendo al otro como vamos a encontrar salida. Aquello de ojo por ojo, sólo
nos dejaría un México de tuertos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.