Jorge Javier
Romero Vadillo.
Finalmente, el tema educativo ha
ocupado un lugar en la discusión de la campaña electoral, pero no lo ha hecho
de la mejor manera. En los últimos días se han mostrado las limitaciones y las
contradicciones en la materia de las diferentes candidaturas, en buena medida
gracias a las comparecencias –presenciales o escritas– de los candidatos en la
pasarela de Diez por la educación, pero también debido a la investigación
publicada en Reforma sobre los gastos publicitarios del anterior secretario de
Educación Pública, hoy coordinador de campaña del candidato del PRI, y a la
reiterada cantaleta de López Obrador sobre su intención de cancelar “la mal
llamada reforma educativa” en un mitin el domingo pasado en Oaxaca.
El ejercicio
de Diez por la educación, organizado por un conjunto amplio de organizaciones
civiles vinculadas al tema educativo, si bien no tuvo la claridad del realizado
hace seis años, permitió que los candidatos mostraran sus cartas respecto a
diversos temas de política educativa. No son pocas las críticas que se pueden
hacer a la batería de preguntas planteadas a los aspirantes presidenciales,
pero en términos generales sirvieron para que cada uno de ellos se definiera
respecto a la reforma educativa en curso y para que desarrollara los rasgos
generales de la política educativa que pretendería desarrollar durante su
gobierno. Lo curiosos es que ni los candidatos que comparecieron, ni López Obrador,
que desairó el acto, pero envió sus respuestas por escrito, hicieron una
crítica a fondo, que demostrara una evaluación seria de lo hecho por este
gobierno en la materia.
Meade, como era de esperarse, se
definió por la continuidad. No podía ser de otra manera, pues es Aurelio Nuño,
el encargado de poner en marcha la reforma, su coordinador de campaña. La
falta de crítica muestra el enorme cinismo de un gobierno que, si bien impulso
una reforma constitucional de gran calado, muy pronto, desde el momento de
proponer la legislación secundaria, mostró su falta de compromiso serio con un
cambio que involucrara a los profesores en la mejora de la calidad en la
educación. Desde el proyecto de Ley del Servicio Profesional Docente, el gobierno de Peña Nieto pareció que
estaba haciendo una reforma contra los maestros y no con ellos. Una reforma
tacaña, atada al dogma de la evaluación, que no generó incentivos positivos
para mejorar la vida profesional del profesorado.
La publicación de la manera obscena
en la que Nuño gastó recursos en publicidad y en promoción personal hizo
evidente la simulación con la que este gobierno enfrentó el reto educativo. Los avances innegables, como la
generalización del concurso de ingreso a la carrera o los concursos de
oposición para ocupar las plazas de dirección en las escuelas o de supervisión,
quedan opacadas por el nulo compromiso
mostrado con el impulso de la mejora en las condiciones laborales y de vida de
los maestros de aula, amenazados con un sistema de evaluación que ni siquiera
toma en cuenta su desempeño ante el grupo y que se reduce a un examen
estandarizado con consecuencias negativas y sin un sistema de promoción en la
función claramente garantizado en la ley.
El actual gobierno no hizo nada por
destinar recursos a un sólido programa de formación continua y actualización
del magisterio, no invirtió en la reforma del sistema de formación inicial, ni
procuró, más allá de la propaganda, el acercamiento con los maestros de a pie.
En cambio, el secretario de Educación
gastó cantidades ingentes de recursos en promover su imagen, con miras a la
candidatura presidencial. Afortunadamente, según anuncian las encuestas, en
estas elecciones su carrera política llegará a su fin, junto con la del
candidato cuya campaña coordina, carente de cualquier garra transformadora.
Anaya solo atinó a criticar la
implementación de la reforma y respondió burocráticamente a las preguntas
planteadas también en clave burocrática, sin fuerza inquisitiva. Nada memorable
de su intervención,
además del tono buscado para quedar bien con los organizadores del encuentro. Mucho más sorprendentes fueron las
respuestas de López Obrador o, mejor dicho, del equipo de Esteban Moctezuma,
pues el candidato eludió el cara a cara con Mexicanos Primero o con el IMCO,
organizaciones a las que les tiene especial ojeriza.
Las respuestas enviadas a Diez por la
educación a nombre del candidato puntero en las encuestas resultan más que
razonables. Se ve que están escritas por un burócrata que conoce la jerga de la
política educativa y, aunque usa los latiguillos de la campaña, como el
“haremos historia”, poco tienen que ver con el tono incendiario con el que
habitualmente AMLO aborda el asunto. Una vez más, su campaña muestra una doble
cara: amable y condescendiente en los encuentros en corto, amenazante y disruptiva
en el discurso de plazuela o, mejor dicho, uno es el discurso del candidato y
otro el de sus colaboradores, dedicados a apagar los incendios que el verbo
flamígero de López Obrador va provocando.
Las respuestas en Diez por la
educación presentadas en nombre del candidato de MORENA (y del PES y el PT, no
hay que olvidarlo) fueron, desde mi punto de vista las más atinadas, pues ponen
el énfasis en la necesidad de formar a los maestros, de dotarlos de recursos
para que puedan enfrentar los retos de la mejora de la calidad educativa.
Tampoco es que sean la gran cosa; de hecho, son bastante conservadoras y en algunas pareciera
como si meramente se tratara de un cambio de gobierno al estilo de los viejos
tiempos del PRI, donde de lo que se trata es de poner al secretario saliente de
acuerdo con el entrante, para garantizar la continuidad. Hay crítica, pero de
baja intensidad, y cuando abordan el tema de Ley del Servicio Profesional
Docente, no plantean nada innovador respecto a la promoción en la función; el énfasis
se pone en el cambio del carácter de la evaluación, pero no se toca la
necesidad de generar incentivos positivos para que los profesores se
comprometan a fondo con su carrera.
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