Jorge Javier
Romero Vadillo.
La
paráfrasis del tópico con el que encabezo este texto se la debo a un tuit del
poeta Aurelio Asiain. La reformulación de la frase manida con el sentido
opuesto me parece precisa cuando de lo que se trata es de observar y cuestionar
a los políticos en un régimen democrático: la duda permanente, el
cuestionamiento sin condescendencia de las intenciones, los fundamentos y las
concreciones de sus políticas. El ejercicio permanente de la crítica es una de
las virtudes de la democracia, aunque a veces a los gobernantes y a los
representantes ello les parezca un maleficio.
Es la duda la base de la exigencia de
rendición de cuentas y ningún gobierno que se pretenda democrático puede
colocarse por encima de ella por más caudal de votos que haya recibido, pues la
mayoría no justifica la anulación de las minorías ni de las voces disidentes, a
menos que se pretenda la encarnación de la voluntad general, con su talante
tiránico. Por ello resultan ominosas las voces oficiosas de quienes claman en
contra de la crítica a los proyectos expuestos por el candidato triunfante en
la elección y su equipo con el argumento de que la mayoría se ha expresado. Por
más amplio que sea el margen de triunfo en una elección, no significa que un
gobierno electo, cualquiera que sea su signo ideológico, tenga carta blanca, ni
que sus críticos puedan ser acallados.
No han sido,
es importante decirlo, voceros oficiales de la coalición triunfante los que se
han convertido en censores de la opinión;
el gobierno en formación ha mostrado, por el contrario, un talante negociador y
abierto a escuchar las diversas opiniones, incluso en casos tan delicados como
el de la fiscalía o la política de seguridad. Pero la actividad frenética de
López Obrador y sus colaboradores durante las últimas dos semanas, solo
aminorada por la salida de vacaciones del virtual presidente, provoca
necesariamente reacciones encontradas sobre lo que se puede esperar de la
próxima administración de la cosa pública mexicana.
Ha sido Olga
Sánchez Cordero, propuesta como próxima secretaria de Gobernación, la que ha hecho los planteamientos más
innovadores. Sus reflexiones sobre la violencia y el camino hacia la
pacificación suenan realmente como un soplo de frescura en el acedo clima
social que ha vivido el país durante los últimos doce años. De manera bien
articulada, ha planteado la necesidad de un cambio de rumbo radical en la
manera en la que el Estado mexicano ha enfrentado a la delincuencia organizada
y no se ha mordido la lengua cuando ha abordado asuntos como la necesidad de
construir una justicia transicional o, de manera notable, el cambio de política
de drogas para terminar con el paradigma prohibicionista. La audacia de la
próxima encargada de la política interior es bienvenida, pero surgen dudas
sobre los alcances que sus posiciones van a tener en el gobierno y si van a ser
asumidas por el presidente.
La frescura y la claridad de Olga
Sánchez Cordero contrastan, sin embargo, con la avalancha abigarrada de medidas
anunciadas por el propio López Obrador para impulsar la austeridad y combatir
la corrupción. En la mezcolanza presentada se intercalan propuestas razonables,
con medidas injustas y claros disparates. En la visión del próximo presidente,
los altos mandos de la burocracia aparecen como una casta de privilegiados improductivos
y de manera sumaria los coloca en la picota. Es verdad que en la administración
pública federal existen gastos injustificados y privilegios que deben ser
recortados, pero detrás de lo propuesto no parece haber un diagnóstico basado
en estudios sólidos, sino una serie de ocurrencias mal hilvanadas que no
conducen a la seria reforma de la administración pública que el país requiere.
Si bien es cierto que existen
salarios desorbitantes en algunos sectores, un especialista serio en estos
temas, profundo conocedor del servicio público al que le ha dedicado su vida,
Mario Fócil, señala, con datos del Banco Interamericano de Desarrollo, que si
se compara con el escenario de 2004, se puede observar que la competitividad
salarial y, en particular, la equidad interna vertical (distinción equilibrada
entre niveles jerárquicos) del servicio público se ha deteriorado como
resultado del congelamiento salarial aplicado desde 2003 y que el poder
adquisitivo de los altos mandos del servicio profesional de carrera se ha
reducido en un 60 por ciento. Así, una reducción a rajatabla a la mitad de los
ingresos de los mandos superiores parece una medida desproporcionada y no
justificable.
Otra cosa es la obviedad de que hay
privilegios insostenibles, como remodelaciones absurdas de oficinas, bonos
millonarios discrecionales, seguros de gastos médicos privados, cuando lo que
sería exigible sería una mejora sustancial en la calidad de los servicios de la
seguridad social que presta el ISSSTE. Sin duda hay mucho margen para el ahorro
y el recorte, pero la imagen que parece tener el próximo presidente de la
burocracia es la de una partida de inútiles a la que se debe poner a trabajar,
cuando en la mayoría de los casos esto no es cierto. El disparate de extender
la jornada laboral para el personal de confianza a los sábados, con las
consecuencias ambientales y sociales que ello puede acarrear, solo se entiende
desde una perspectiva de desprecio por sus derechos laborales que no toma en
cuenta la vida familiar y que afectaría especialmente a las mujeres.
En el
proyecto de López Obrador no hay una palabra sobre el más relevante de los
temas pendientes que debería enfrentar una auténtica reforma de la
administración: la consolidación del servicio profesional de carrera, para convertirlo
en la auténtica espina dorsal del Estado. La reforma de la ley de 2003 –para
cerrar los resquicios que la han convertido en una simulación, de manera que,
ahora sí, se acabe con el sistema en el cual el empleo público no es más que un
botín político a repartir entre los allegados de los ganadores– es el cambio
sustancial que al próximo presidente parece no importarle en lo más mínimo. La
duda que me surge es, entonces, si todo lo planteado no es sino un subterfugio
para purgar a la burocracia y no un auténtico proyecto renovador.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.