Martín
Moreno.
– La ventaja
de López Obrador ya es irreversible…-, le dijeron en Los Pinos a Enrique Peña
Nieto el domingo pasado. Eran más de las dos de la tarde.
– A las ocho
quiero ver al Gabinete…y también quiero hablar con Pepe Meade…
Horas después,
Peña reconocía en cadena nacional el triunfo del presidente electo más votado
de la historia: Andrés Manuel López Obrador. Poco antes, Meade ya había
usurpado funciones y erigido en vocero electoral, anunció no sólo su derrota en
las urnas, sino que, de paso, le decía a todos que el ganador era AMLO,
metiendo un puyazo a Ricardo Anaya que no tenía otra opción más que,
igualmente, aceptar su fracaso.
(Algunos intelectuales alabaron de
manera excesiva a Meade, tildándolo de “demócrata ejemplar” y de haber dejado
“muy alto el listón de la democracia”. Chorradas.
Si bien
Meade hizo bien en salir públicamente a reconocer que no sería presidente, también es cierto que, en la praxis, no
tenía otra opción. Carecía de un Plan B. ¿De qué democracia hablan, cuando lo
habían apabullado en la elección? AMLO le sacaba… ¡36 puntos de ventaja! Seamos
serios: ni demócrata ejemplar ni paladín electoral. Meade apechugó porque así
se lo ordenaron en Los Pinos y no había otro camino para él. Era reconocer o
reconocer. Y punto. Ni modo que con ese mar de desventaja, no saliera bajo esa
postura conciliatoria).
Y sí: AMLO y Morena arrasaron. Apabullaron.
Destrozaron. Las cifras ya las conocemos todos. Allí quedarán para la historia,
con un PRI desfondado y al cual López Obrador tiene la oportunidad histórica de
darle el tiro de gracia, rematarlo. Que no deje sobrevivir a los corruptos. Que
castigue a los corruptos. Que no le falle a los más de 30 millones que votaron
por él, reclamando un cambio de fondo, profundo.
La historia
no ha terminado con la elección.
Vamos, ni
siquiera ha comenzado del todo.
¿Qué
lecciones nos deja la elección presidencial del uno de julio de 2018? Muchas.
Sobre todo, mentiras históricas que se fueron dando durante los tres meses de
campañas. Echemos un vistazo:
MENTIRA 1: EL
VOTO ÚTIL. Hasta el último día de
campaña, priistas, panistas y perredistas cacareaban al unísono que la elección
aún no estaba decidida porque el tan sobado “voto útil” no se había definido, y
que incluso, podría darle una voltereta a la intención del voto. Mintieron. Ese
voto ya tenía dueño: AMLO. Pero, de manera perversa, insistían en engañar a los
ciudadanos. “A prácticamente dos semanas de la elección presidencial, la
mayoría ya decidió por quién votar. Un dato duro: el famoso “voto útil” ya
engrosa, desde hace semanas, el abultado porcentaje de preferencia electoral en
favor de Andrés Manuel López Obrador. De ahí que alcance niveles exorbitantes
de entre 50 y 54%, números muy altos para cualquier candidato a nivel mundial.
Allí reposa ya el “voto útil”. ¿O cómo explicar, entonces, la diferencia tan
abismal entre el primero con el segundo y tercer lugar? Inalcanzable el
tabasqueño.”, escribí en mi columna del 13 de junio pasado. No fallé en mi
observación.
MENTIRA 2:
LAS ENCUESTAS DE INTERÉS. Una y otra vez
insistí en que desde 2012, el diario Reforma era el que encuestas más certeras
ofrecía. Y esta vez, volvió a acertar: el miércoles 27 de junio, estableció que
AMLO ganaría la elección con 51% del voto (triunfó con 53%), mientras que Anaya
obtendría 27% (registró 22.5, dentro del margen de error), y Meade tendría 19%
(tuvo 16.5%). Una vez más, Reforma es confiable electoralmente. Hubo casos
totalmente dispersos, como el caso de El Heraldo de México, que ponía a AMLO
(38%) sobre Meade (25%), con únicamente 13 puntos de diferencia en la misma
fecha; o bien, El Sol de México llegó a colocar a Meade en empate técnico con AMLO.
Allí quedará quien hizo bien su trabajo y quien no lo hizo.
MENTIRA 3:
LOS EMBUSTES DE AURELIO NUÑO. “Es muy
alentador ver que en 4 de 6 encuestas que hoy se publican nuestro candidato
@JoseAMeadeK se ubica en 2º lugar y en 5 de ellas reporta un crecimiento.
Además, se sigue registrando un alto número de indecisos, que estamos seguros
lograremos convencer. #VotaMeade”, tuiteó Aurelio Nueño, coordinador de la
campaña priista, el miércoles previo a la elección. Nuño mintió por doble vía:
primero, jamás existieron esas encuestas a las que hace referencia ubicando a
Meade detrás de AMLO (al menos, no con las encuestadoras más confiables), y
segundo, en que ese “alto número de indecisos” ya no existía para entonces, y
Nuño lo sabía. ¿Quién castiga a los mentirosos crónicos dentro de una elección?
Por lo demás, a futuro, ya sabremos que el salinista Nuño no es confiable y
suele blofear sin ningún recato, insultando la inteligencia de ciudadanos y
electores.
MENTIRA 4:
PEÑA JAMÁS RECONOCERÁ EL TRIUNFO DE AMLO. Empresarios
y radicales del PRI se empeñaron en que, de ganar AMLO la elección, Peña Nieto
no reconociera su triunfo electoral, poniendo al país al borde de la
desestabilización. De forma malévola, hicieron correr la especie, inclusive, de
que el tabasqueño estaba enfermo, o bien, que no estaba apto para ser presidente.
Y todo, con tal de impedir su arribo a Los Pinos. Empero, se olvidaron de algo
fundamental: AMLO era la última oportunidad de Peña Nieto para medio salvar su
imagen. Y así lo aprovechó el mexiquense. En todo caso, el enemigo histórico de
AMLO es Salinas, no Peña. Y por eso lo adelantamos en nuestra columna del 30 de
mayo pasado: “…Y uno de esos caprichos que se presentan invariablemente en la
vida de un político, se le pondrá enfrente a Enrique Peña Nieto la misma noche
del próximo uno de julio, día de la elección presidencial. Una especie de
última llamada para intentar pasar a la historia como un demócrata, aunque no
lo sea. Para procurar resarcir su desprestigiado nombre. Para lograr un momento
que lo marque de manera positiva al hacer el balance final de su gobierno, al
menos, en el episodio de la transición presidencial. Enrique Peña Nieto tendrá,
dentro de prácticamente un mes, una oportunidad de oro, única e irrepetible
dentro de su agonizante sexenio, para intentar medianamente revertir su
deshonra pública y, como ocurre en las democracias consolidadas, reconocer –
claro, siempre y cuando así ocurra en las urnas a golpe de votos-, el triunfo
de Andrés Manuel López Obrador en la cada vez más cercana elección
presidencial”. Hasta aquí, aquel texto. Finalmente, así ocurrió.
AMLO fue electo presidente de México.
Se llama democracia, y en ella, manda la mayoría. Así de sencillo.
Salinas, Peña, Fox y compañía
enfrentarán, seguramente, las consecuencias de sus actos en contra de AMLO, a
quien odian y quisieron aniquilar. O quieren aún. Ya lo veremos, de una u otra
forma.
Mientras, AMLO deberá no fallarles a quienes votaron
por él. A quienes confiaron en él. A quienes le dieron su voto sin
condicionamientos.
¿Cómo?
Serán temas
de columnas posteriores.
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