Javier Risco.
El 17 de
diciembre, los latinoamericanos fuimos testigos de un gesto poco visto en la
región: tras las elecciones presidenciales en Chile, los canales nacionales de
televisión transmitieron por primera vez en la historia la tradicional llamada
entre el presidente de la nación y el candidato electo. En ella aparecían
Michelle Bachelet y Sebastián Piñera con un teléfono fijo en la oreja y un
escritorio que enmarcaba la formalidad del hecho. “Quería llamarlo para
felicitarlo por su triunfo y desearle una muy buena gestión en su mandato
porque usted y yo queremos a Chile, queremos nuestro país y queremos lo mejor
para todos”, dijo Bachelet. “Nunca he tenido la menor duda de que tanto usted
como yo queremos lo mejor para Chile, y le quiero pedir algo, porque yo sé que
su experiencia y su sabiduría como presidenta nos pueden ayudar mucho en los
caminos del futuro, así que espero tener la oportunidad de conversar con usted
y recibir sus sabios consejos y toda la experiencia que usted tiene como presidenta
de todos los chilenos”, le contestó Sebastián Piñera.
Recuerdo
haber sentido envidia de la democracia consolidada, de la civilidad y de lo que
se debe hacer cuando se entiende que las elecciones no son más que la búsqueda
de un bien común y no de un beneficio de élites.
Recordé
haber dicho en radio que en México estábamos lejos de aquel escenario, que
nuestras últimas elecciones habían tenido voces de fraude, descontento, y que
existía siempre una nebulosa de desconfianza que era alimentada por las voces
de los propios políticos –ganadores y perdedores.
Somos parte de una generación que vio
a un presidente entrar y salir por la puerta de atrás mientras se quitaba una
banda que le quedó grande al que se la daba, los testigos de este momento eran
congresistas que no dejaron de gritar la palabra “fraude” mientras le mentaban
la madre a otros que aplaudían la llegada del candidato ganador’. Nosotros, los
televidentes, no alcanzábamos a escuchar las voces de los participantes de esta
‘fiesta democrática’, los micrófonos de ambiente se cerraron, los que estaban
en el estrado eran insuficientes y así tuvimos en 2006 un proceso para el
olvido. El 2012, aunque menos polémico, tuvo voces de inequidad, guerra sucia,
y de inconformes.
Ayer fuimos
testigos de algo que hay que atesorar, de un momento en el cual nos debemos
detener y digerirlo como sociedad: el presidente en funciones dialoga
civilizadamente con el candidato electo en Palacio Nacional y hablan de una
transición pacífica, no es cosa menor para los últimos doce ‘democráticos’ años
que hemos vivido.
Dos
declaraciones para enmarcar, la primera desde la cuenta oficial de Presidencia:
“Durante el encuentro, el presidente manifestó la disposición del gobierno para
llevar a cabo una transición ordenada y eficiente en beneficio de las mexicanas
y mexicanos”, y la segunda, por parte de López Obrador quien señaló: “Le
agradecí al presidente Peña por actuar de manera respetuosa en el proceso
electoral. Me consta que cuando un presidente interviene en las elecciones no
hay una auténtica, una verdadera democracia […] vamos a ser respetuosos de las
formas, porque las formas son fondo […]. Estamos llamando a la unidad, a la
concordia, es lo que necesita el país. Vamos al cambio por el camino de la
concordia, de modo que agradezco las muestras de solidaridad, las
felicitaciones, la disposición a ayudar para que a los mexicanos nos vaya bien
en este cambio […]. No tengo enemigos, no quiero tenerlos, tengo adversarios. Y
a ellos extiendo mi mano abierta y franca, a todos”.
El paso dado
ayer para una transición pacífica marca un antes y un después para miles de
jóvenes menores de 20 años que votaron por primera vez y que han conocido otra
cara de la democracia, esa donde a las 20:45 los candidatos rivales aceptan la
derrota y se retiran de la contienda. Muchos dirán que era lo único que les
quedaba dado el margen entre el puntero y ellos, pero no, créanme que la
democracia mexicana es capaz de todo y no estábamos acostumbrados a políticos
que tras el escenario perdedor dieran certidumbre.
Desde el
domingo hemos sido testigos de un país desconocido para cientos de miles, es
cierto que cambió el estado de ánimo, pero también comenzamos a darnos cuenta
que algunas instituciones sólo requerían voluntad política.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.