Jorge Javier Romero Vadillo.
¿Qué quedará del sistema de partidos
surgido a partir del pacto de 1996, momento de nacimiento del régimen
periclitado? ¿Habrán sido estas unas elecciones cataclísmicas –de esas que,
según José María Maravall, sacuden al sistema de partidos, pero cuya fuerza es
insuficiente para modificar la estructura o las prácticas de un régimen– o
estamos realmente ante unas elecciones críticas, que trastocarán
permanentemente el mapa partidista y sentarán las bases de un nuevo arreglo
político?
A pesar de
que aún es temprano para hacer un diagnóstico definitivo, hay indicios
suficientes para pensar que lo ocurrido el domingo será el punto de partida
para la reconfiguración del espectro partidista que lentamente se fue gestando
en las entrañas del régimen de partido único, que eclosionó en la década de los
ochenta y que se institucionalizó a partir de la reforma política de 1996. Más allá de la sacudida, las elecciones
del domingo pasado apuntan a convertirse en unas elecciones críticas, a partir
de las cuales nacerá un nuevo sistema de partidos y nuevas alineaciones
programáticas e ideológicas, aunque esto no ocurrirá de la noche a la mañana.
Hacía treinta años que México no
vivía una sacudida electoral de la magnitud de la ocurrida hace unos días. El
anterior cataclismo electoral ocurrió en 1988, cuando la fractura del PRI
generó el surgimiento del Frente Democrático Nacional, con la candidatura de
Cuauhtémoc Cárdenas a la Presidencia de la República. Entonces, como ahora, el
enojo social se había acumulado y la ruptura del PRI, consecuencia de la
reducción de los recursos públicos para lubricar las redes clientelistas y de
empleo, se tradujo en la aparición de un polo electoral potente, gracias a que
construyó una narrativa bien articulada, según la cual los males del país se
debían al cambio de rumbo, al abandono del nacionalismo revolucionario por el
neoliberalismo. La fuerza de atracción de la escisión fue tan grande que acabo
por engullir a la izquierda que entonces se comenzaba a abrir paso en las
elecciones.
Con toda su
enorme fuerza, el cataclismo del 88 no cambió de inmediato el mapa electoral.
Para 1991 el PRI se había recuperado, el PAN se había reacomodado y el nuevo
polo de la izquierda, el PRD, donde confluyeron los escindidos del PRI con los
grupos de la izquierda tradicional de matriz socialista, apenas si alcanzó el
ocho por ciento de la votación. No es que la sacudida de tres años antes no
dejara secuelas, pero cuando las aguas volvieron a su cauce ocurrió un proceso
de ajuste gradual, hasta que en 1996 los partidos supervivientes del trastorno
pusieron fin al régimen de partido único con un nuevo acuerdo institucional, a
partir del cual las elecciones se convirtieron en el método para acceder al
poder y a los cargos de representación, en una competencia limitada por las
fuertes barreras de entrada impuestas por los tres principales partidos
pactantes.
A partir de
entonces, solo lograron ingresar y mantenerse en la competencia, aunque en los
márgenes, las organizaciones que obtenían su registro gracias a que contaban
con redes de clientelas y que construían coaliciones con los tres jugadores
principales. Así, se construyó una oligarquía tripartidista con satélites en la
órbita de las tres grandes formaciones: el PRI, el PAN y el PRD. Las elecciones
de 2000 consolidaron el nuevo pacto, pero las de 2006 lo agrietaron, al grado
de que esas fisuras están en el origen del gran cataclismo vivido hace unos
días.
Los resultados del domingo pasado
dejan muy mal parados a los tres partidos del régimen del 96. El golpe más
relevante se lo lleva el PRI, que queda herido de muerte, pues se quedará sin
los elementos que tradicionalmente le dieron cohesión. Si después de la primera
derrota presidencial, en 2000, el otrora partido hegemónico se reconstruyó a
partir de sus enclaves de poder local, pues había logrado mantener la mayoría
de los gobiernos estatales, en esta ocasión el cataclismo derruyó las bases
mismas de su control territorial. El magro porcentaje de votos y de
representación que obtuvo disminuirá sustancialmente el financiamiento público
que recibe y en los doce estados donde quedan gobernadores priistas, las
legislaturas estarán en manos de la oposición, con lo cual perderán enorme
margen de maniobra presupuestal. La falta de una dirigencia nacional capaz de
imponer disciplina puede provocar la desbandada y que cada gobernador o
dirigente local busque su supervivencia por su cuenta.
El PAN vivirá, sin duda, un proceso
de ajuste de cuentas de pronóstico reservado y es probable que el grupo
Zavala–Calderón decida construir una nueva opción de derecha, al estilo Uribe
en Colombia. Con todo, su grupo parlamentario será el mayor de la oposición y
obtuvo tres gobiernos locales, que se suman a los que ya controlaba. El PAN
tiene, así, muchos más elementos para reconstruirse y puede sobrevivir, aunque
la batalla interna será ríspida y destructiva.
El PRD ha dejado de existir. Su
cuatro por ciento lo deja en el margen y no tardarán la mayoría de sus
legisladores en sumarse a la ola triunfante. Difícilmente superará la próxima
elección, si es que la lucha por los despojos no lo liquida antes. La mayor
parte del PRD está ya en MORENA y ahí se dará su recomposición.
De los satélites tampoco queda mucho.
Es una buena noticia que el inefable Partido Verde haya quedado en la línea de
la supervivencia y que desaparezca Nueva Alianza. El PES se quedará sin
registro y su ínfima votación ha hecho evidente lo innecesario que fue para
López Obrador su alianza con él, pero sobrevivirá en el Congreso con el diez
por ciento de los diputados y con ocho senadores. Nada mal para una
organización que se mostró incapaz de atraer siquiera el voto de la grey
evangélica a la que supuestamente representaba.
Desde luego,
en el centro del gran trastorno del orden político que estamos viviendo queda
MORENA. Con una mayoría abrumadora en el legislativo, en los congresos locales
y con varios gobiernos, entre ellos el de la capital, se ha convertido en un
nuevo partido hegemónico. Cuánto dure esa hegemonía dependerá de qué tan eficaz
sea el gobierno de López Obrador y de su capacidad de mantener la unidad de la
variopinta coalición que ha armado. Una organización sin fuertes vínculos de
cohesión interna, más allá de la lealtad al líder, se va a enfrentar al hecho
de gobernar y legislar de consuno. Las
grandes diferencias pueden aflorar pronto, aunque el cemento del poder es muy
potente y el caudillo ha demostrado talento para mantener unidos a sus seguidores.
Por último, el fracaso de los
independientes ha mostrado la estrechez del resquicio de entrada a la
competencia política que su introducción significó. Para que surja un nuevo
sistema de partidos, moderno y competitivo, deberán eliminarse las barreras de
entrada del obsoleto sistema de registro basado en asambleas, de manera que
grupos de ciudadanos unidos en torno a un programa y una lista de candidatos
puedan irrumpir sin obstáculos en la competencia. Esa es una reforma pendiente
que, sin embargo, a los triunfadores no les interesa promover.
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