Adela
Navarro Bello.
En muchos sentidos el del presidente
Enrique Peña Nieto ha sido un sexenio peligroso.
Para los ciudadanos de a pie, a
quienes les toca padecer la inseguridad y la violencia que se vive en México,
particularmente incrementadas en los últimos cinco años con ocho meses.
De igual manera empresarios
nacionales y extranjeros han visto menguar sus ganancias cuando debido a la
inseguridad, la extorsión y el secuestro, han debido de detener la actividad
empresarial y comercial en algunas ciudades de la República.
Incluso para la clase política ha
sido peligroso, durante la última jornada electoral, la del 1 de julio de 2018,
se sentó un precedente: más de 100 candidatos asesinados. La mayoría de ellos
aspirantes a cargos de elección locales.
Precisamente en los estados de la
República Mexicana, es donde el peligro de perder la vida ha incrementado en
los últimos años. Sin una estrategia nacional, sin un plan integral para todo
el país, el gobierno federal abandonó los estados, y los dejó en manos de
cacicazgos locales, o narcotraficantes regionales.
Aun cuando de todos los sectores han
sido asesinados miembros, empresarios, candidatos, doctores, abogados,
enfermeras, estudiantes, y feminicidios, hay uno para el cual este sexenio ha
sido en extremo peligroso: el de la libre expresión.
Tan solo en
el 2018, el último año de gobierno de Enrique Peña Nieto, ocho periodistas han
sido asesinados, lo que prácticamente al mes de agosto, resulta en una fatal
estadística: cada mes asesinaron a un periodista.
El último fue el fotógrafo Rodolfo
García González en Guanajuato. Lo mataron a balazos. Antes de él, el 24 de
julio asesinaron a Rubén Pat. También le dispararon hasta acabar con su vida en
la zona turística de Cancún. Casi un mes antes, Pat había sufrido el asesinato de
su corresponsal en Felipe Carrillo Puerto, José Guadalupe Chan, mientras en
mayo, al periodista Héctor González Antonio, lo mataron a golpes en Ciudad
Victoria, Tamaulipas.
En el mismo
mes, Juan Carlos Huerta fue asesinado a
balazos en Villahermosa, Tabasco. En marzo también con heridas de arma de
fuego, le fue arrebatada la vida a Leobardo Vázquez en Veracruz. Pamela
Montenegro fue asesinada en Acapulco, ella producía un blog. Y al inicio del
año, en enero, Carlos Domínguez, un veterano periodista de 72 años fue muerto a
puñaladas.
Ninguno de sus casos está resuelto, aun cuando en varios la autoridad investigadora ha prejuzgado
con causas ajenas al ejercicio periodístico. Casos que se suman a los cientos de miles de asesinatos que producto de
la violencia, la corrupción y la impunidad, se viven en un país donde tan solo
en 2017, fueron asesinadas más de 31 mil personas.
En cifras de
Artículo 19, en los últimos 18 años han
sido asesinados en México 119 periodistas (sumando el crimen del domingo 5 de
agosto), 110 son hombres y nueve mujeres. Y en lo que va del sexenio de Enrique
Peña Nieto 46 comunicadores han sido asesinados, lo cual significa que 41 por
ciento de los periodistas muertos de manera violenta en 18 años, encontraron el
fin de su vida en la presente administración, que para la mala fortuna de
muchos, aún no concluye.
En los próximos días la Comisión
Nacional de los Derechos Humanos iniciará una campaña en defensa de la libertad
de expresión y de los derechos humanos. Entre los testimonios logrados por la
CNDH están los relatos de aquellos familiares que han sobrevivido el asesinato
de un periodista.
La primera reacción es de
incredulidad, de frustración ¿Por qué asesinar a alguien por escribir? ¿Qué
nivel de impunidad y corrupción se debe vivir en un país como México para que
la muerte de los periodistas sea cada vez más frecuente, y cada vez más en la
impunidad? En ese escenario de violencia, donde los corruptos, los criminales,
gozan del anonimato que da la impunidad otorgada por la fiscalía especial de
atención a delitos contra la libertad de expresión, ha sumido el gobierno de
Enrique Peña Nieto a las audiencias de México.
Un crimen contra la libre expresión
es un crimen contra todos. Es negar la información a los ciudadanos, es callar
a partir de balas, golpes, puñaladas y fusiles, a quienes desde el oficio del
periodismo sobreviven de contar lo que el gobierno o el crimen organizado, y en
ocasiones los dos unidos, no quieren que sea del conocimiento público.
Matar un periodista es censurar una
investigación, ocultar un hecho. Desinformar a la población. Acabar de la
manera más violenta con el derecho que todos tenemos en México de saber. La
incomodidad hacia la prensa solo existe en países sin democracia, en guerra, en
dictaduras y donde el poder político se ejerce de manera absoluta y unilateral,
sin el acompañamiento de la sociedad o de otros poderes del estado.
México es una democracia con un
presidente incapaz de salvaguardar los derechos humanos de los mexicanos, entre
ellos la libre expresión y la libertad de pensamiento.
Peña Nieto ha convertido a este país
en el más peligroso para el ejercicio del periodismo, y ni se inmuta. No se
pronuncia sobre los crímenes contra los periodistas, no ordena investigaciones
para encarcelar a los asesinos, todo indica que no le importa la libertad de
expresión, es el sospechoso intelectual de haber sacado de la radio a Carmen
Aristegui, y en una ocasión se quejó porque los periodistas no le aplaudían, y
gusta –lo hizo todo el sexenio- de comprar líneas editoriales a base de
contratos millonarios de publicidad oficial, donde ha invertido más de 40 mil
millones de pesos. Esa es la prensa que gusta al presidente, la que compra.
La otra, la que en los estados de la
República investiga, critica y denuncia, cuenta con la indiferencia
presidencial, cuanto más en la muerte, pues los asesinos de periodistas no han
visto en este sexenio la hoja de una sentencia ni las rejas de una prisión.
Viven en la impunidad que el gobierno federal les otorga con su incapacidad –o
complicidad- para investigar.
Los asesinatos de periodistas no le
merecen ni un tweet presidencial. Nada. La indiferencia refleja la indolencia,
y le abona a la impunidad.
Definitivamente
ha sido este un sexenio peligroso para los mexicanos todos. Y le quedan cuatro
meses.
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