Julio Astillero.
Andrés
Manuel López Obrador combinó una frase del presidente Benito Juárez (el triunfo
de la reacción es moralmente imposible) con su propia elaboración discursiva de
2003, cuando era jefe del Gobierno capitalino (soy políticamente
indestructible) y con esa doble vertebración declaró a los conservadores de
ahora moral y políticamente derrotados, no sólo desorientados y fuera de quicio
sino, lo peor: incapaces de estructurar una verdadera oposición, que tuviera la
fuerza de los reaccionarios de otros tiempos.
Un primer
informe protocolario de gobierno de nueve meses cuya redacción impresa se
entregó por la tarde (a las 5 pm) al Poder Legislativo en el palacio de San
Lázaro, mientras horas antes, desde las 11 de la mañana, se desarrollaba en
Palacio Nacional una sesión con medio millar de invitados a la que se denominó
Tercer Informe al pueblo de México, tomando en cuenta que se habían realizado
dos reportes previos, al cumplir 100 días de gobierno y al conmemorar el primer
aniversario de las elecciones fundacionales del boyante imperio político y
electoral identificado con la tonalidad cromática Pantone 1805.
Para efectos
de la autodenominada Cuarta Transformación, todo bajo control. En Palacio
Nacional fue una reunión de acceso controlado y proclividades prestablecidas:
como en las administraciones del pasado que se pretende dar por fenecido, el
Informe presidencial fue aplaudido en varias ocasiones por un público que en lo
general fue representativo de las élites. Cifras, datos, logros, enmarcados en
la constante consideración de que nunca antes se había hecho o logrado lo que
ahí se enumeraba.
El resumen
de los primeros nueve meses fue una especie de condensación de lo diariamente
informado y defendido en las famosas conferencias mañaneras de prensa, en una
de las cuales el propio compareciente había adelantado que no habría material
novedoso en el Informe extraoficial porque los periodistas lo sopeaban en las
sesiones periodísticas matutinas. Así que sobre aviso no hubo engaño: nada
informativamente espectacular en el acto en el Patio de Honor de Palacio
Nacional. Si acaso, la insistencia en que el Poder Legislativo apruebe la
supresión del fuero a funcionarios y políticos y que se regulen y validen las
formas de consulta popular.
Y, desde
luego, el señalamiento directo a la incapacidad discursiva, moral y política de
sus opositores. Una muestra de la incapacidad organizativa y el bajo nivel de
convocatoria estaba a la vista mientras el tabasqueño descargaba en Palacio
Nacional su lista de logros: unos cientos, reportaban algunos medios de
comunicación; más de mil, decían otros. Eran menos que otras ocasiones quienes
se congregaron en el Ángel de la Independencia y luego caminaron hacia el
Monumento a la Revolución. Más agresivas algunas mantas, pancartas y consignas,
pero no se exhibió un músculo fortalecido de los opositores, a pesar de que a ciertos
grupos tradicionales del antiobradorismo, como los Chalecos (Amarillos) México,
se sumó el nuevo membrete del chuchismo y otras expresiones perredistas, Futuro
21, ahora en asociación con personajes escindidos de otros partidos o
independientes.
Tampoco
prendió en el Poder Legislativo la revuelta más bien escénica de los opositores
al obradorismo. En el Senado se cerró el conflicto interno, entre las
corrientes de Ricardo Monreal y Martí Batres, con el triunfo práctico del
zacatecano, al confirmar a la tabasqueña Mónica Fernández Balboa como
presidenta de la Mesa Directiva. En la Cámara de Diputados el Partido Acción
Nacional está en vías de quedarse sin la presidencia de la mesa respectiva,
pues Morena y sus aliados le cerraron el paso y se mantienen en espera de
definir las vías adecuadas (reforma a la ley o transferencia de diputados de
Morena al Partido del Trabajo), que apuntalarán a Porfirio Muñoz Ledo para una
relección significativa. ¡Hasta mañana!
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