Por EFE
Las
autoridades mexicanas acumulan una historia de errores y ridículos con el clan
de Joaquín “el Chapo” Guzmán.
La respuesta
con armas de alto calibre de los secuaces del hijo del “Chapo” obligó a las
fuerzas de seguridad a liberarlo para evitar un baño de sangre en la ciudad de
Culiacán, en el noroccidental estado de Sinaloa, que estuvo tomada durante
horas por los narcotraficantes.
“Más que en
ridículo, (el Gobierno) queda en una evidente situación de debilidad por su
notable improvisación”, dijo este sábado a Efe el especialista en seguridad de
la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) Javier Oliva.
La relación
entre lo ocurrido el jueves y las dos fugas de sendas prisiones mexicanas de
alta seguridad del “Chapo” reflejan la continuidad de fallas y corrupción
durante décadas en las fuerzas de seguridad, sin importar el gobernante.
Errores que
ahora continúan bajo el mandato del Presidente Andrés Manuel López Obrador,
pese a su promesa de transformar la nación.
“No hay
falta de Estado ni ausencia del Gobierno federal”, aseguró, no obstante, este
viernes el titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC),
Alfonso Durazo, en una incómoda rueda de prensa del Gabinete de Seguridad tras
el “fallido” operativo.
LAS FUGAS DE
PELÍCULA DEL “CHAPO”
El Gobierno
mexicano se marcó un tanto con el arresto y posterior extradición a Estados
Unidos de Joaquín Guzmán, quien hoy cumple cadena perpetua en un penal de
máxima seguridad de ese país.
No obstante,
durante lustros fue la prueba de las fallas en seguridad del país. Y sobre
todo de la relación existente entre el narcotráfico y unas autoridades
fácilmente sobornables.
“El
Chapo” fundó el Cártel de Sinaloa. Arrestado en 1993 en Guatemala y extraditado
a México, fue procesado por narcotráfico y encarcelado.
Pero en
la prisión de máxima seguridad de Puente Grande, en el occidental estado de
Jalisco, protagonizó su primera gran fuga en el 2001. Tan de película como
cómica, pues se fugó escondido en un carrito de lavandería con la ayuda de una
decena de funcionarios corruptos, según la versión más extendida.
Desde
entonces se convirtió en uno de los principales fugitivos de la Justicia de
México y Estados Unidos, hasta que en 2014 fue capturado en la ciudad de
Mazatlán, en su natal Sinaloa.
Apenas
año y medio después, logró su segunda y más espectacular fuga. Gracias a varios
secuaces y con la supuesta ayuda de funcionarios de prisiones, huyó por un
túnel de mil 500 metros desde una casa cercana hasta la ducha de su celda.
Fue detenido
seis meses después, aunque la confianza de la ciudadanía hacia el Gobierno
mexicano, entonces encabezado por Enrique Peña Nieto (2012-2018), quedó
severamente dañada.
Y LA
HISTORIA SE REPITE CON SU PLEBE.
Aunque sin
tanto poder ni proyección, algunos de los hijos del “Chapo” también han logrado
evadir la Justicia en varias ocasiones.
Ovidio era
uno de los hermanos de más bajo perfil, pero aun así logró que sus secuaces
protagonizaran este jueves un pulso de fuerza contra una treintena de agentes
de seguridad del que terminaron vencedores.
Pese a estar
rodeado por un operativo de 30 agentes se desató tal caos en Culiacán que para
preservar “vidas” -en palabras del mismísimo presidente- se decidió dejarlo en
libertad.
El error de
cálculo de las fuerzas de seguridad, tildado de “precipitado” por el titular
del Ejército, Luis Cresencio Sandoval, expuso una aparente falta de
profesionalidad o disciplina.
Otro hijo
del “Chapo”, Jesús Alfredo Guzmán Salazar, es considerado por el FBI como uno
de los criminales más buscados. En 2012, las autoridades anunciaron su arresto
y que le habían hallado armas, dinero e identificaciones falsas.
Pronto se
descubrió, ante el escarnio general, que hubo una confusión y el apresado no
era hijo del líder del Cártel de Sinaloa.
Iván
Archivaldo Guzmán, uno de los cabecillas del cártel, estuvo detenido en el 2005
por el delito de lavado de dinero y tres años después fue dejado en libertad
cuando un juez desestimó las acusaciones.
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