Adela
Navarro Bello
Cuando
criminales del cártel de Sinaloa tomaron de rehenes a elementos del Ejército
Mexicano, les desposeyeron de sus radios de comunicación civil. Utilizaron la
frecuencia oficial para hacer contacto con los mandos militares y negociar la
liberación de Ovidio Guzmán López, el jueves 17 de octubre en Culiacán,
Sinaloa.
En uno de
los audios que llegó a la frecuencia de la radio militar se escucha lo
siguiente:
“Afirma,
afirma, ¿a ver, me estas copiando guacho? Mira loco, tranquilo plebada,
suéltame al chavalo y ahorita mismo paramos el desmadre que hay. Tú estás en un
pedacito, hay un desmadre en todo Culiacán de balacera, ahorita van a empezar a
levantar guachos en todas las rancherías, suelten al chavalo y listo, se acabó
esto en tres segundos. Suéltenlo por favor y en caliente. Habla pa’ México
loco, habla para México si quieres también, y diles que tenemos una bola de
guachos levantados…”.
Otro audio:
“…es por el
jefe, lo sueltan y dejamos ir a todos los guachos que ya les tenemos amagados y
a todas las mujeres, donde usted oiga le tire… (Inentendible) a la gente de
nosotros, lo vamos a tomar como negatividad y le vamos a ir matando un guachito
por (Inentendible)… usted sabe, nosotros estamos en la mejor disposición, oiga,
de trabajar las cosas…”.
Al final de
la tarde, previo a la conferencia de prensa que protagonizó el gabinete de
seguridad del gobierno federal que encabeza el Presidente Andrés Manuel López
Obrador, otro audio fue filtrado. El criminal ya había cambiado el tono.
Entonces dijo para que se supiera:
“Pendiente
plebada, ya rescataron al patrón”.
Al tiempo
también fue filtrada por el servicio de mensajería de WhatsApp una fotografía
donde se ve a Ovidio Guzmán utilizando un teléfono celular. Porta la misma ropa
de la imagen que fue reconocida como oficial, una camisa azul claro, y se
alcanzan a percibir los lazos de los escapularios que cuelgan de su cuello.
Aparte del celular, el otro objeto novedoso en la imagen es una gorra
beisbolera a tono con la camisa.
Esa imagen
fue, para quienes investigaban el caso por profesión, por ser periodistas o
pertenecer al círculo policíaco, la confirmación no sólo de que el hijo de
Joaquín Guzmán Loera “El Chapo”, había sido tratado con privilegios, sino que
había sido liberado, lo que había confirmado el Secretario de Seguridad y
Protección Ciudadana, Alfonso Durazo, en una ambigua declaración durante su
conferencia de prensa, y después confirmaría a la agencia noticiosa del Reino
Unido, Reuters.
En realidad
“el chavalo” no fue rescatado como aseguró una voz criminal a los suyos y a
desconocidos. Fue liberado en una negociación en la cual la prenda fue la vida
de soldados. La tranquilidad –momentánea- para Culiacán.
Entre balas,
sangre, la toma de una ciudad, de rehenes y un caos operativo en los altos
mandos de la seguridad en el país, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador
se convirtió en el primero en la historia moderna de México, en negociar –de
manera prácticamente pública– con criminales y además liberar a un capo que ya
tenía detenido, custodiado por elementos de seguridad federales y cuya captura
había sido producto de un operativo de extrema precisión, sin la utilización de
una sola bala, sin el rompimiento de sus círculos de seguridad.
El problema
sería la Guardia Nacional. Tan expuestos sus elementos en calles y banquetas,
sin protocolos de seguridad más allá del acompañamiento de corporaciones
locales y sin de hecho conocer bien las ciudades que patrullan, fueron presa
fácil de los criminales que actuaron de manera violenta, arbitraria y en total
impunidad, en lo que han hecho sus terrenos. Lo mismo las sedes militares que
no eran custodiadas, en pleno Culiacán, con seguridad especializada acorde al
nivel de violencia que se vive en aquel estado. Prueba de ello sería la
anunciada salida de las familias de militares de dichas instalaciones durante
los días posteriores. Los de la milicia tuvieron o les dieron la oportunidad de
emprender un éxodo. Privilegio que no tienen quienes en Culiacán residen,
trabajan, estudian, viven, hacen negocios y a diario han de convivir con la
violencia, la amenaza.
Ninguno de
los elementos que participaron en el operativo de captura –que habría sido
exitoso si no reciben la orden de liberación del capo- fue rehén de los
criminales. Ni siquiera lograron acercarse a ellos. La situación en el exterior
a la detención se salió de control. La lenta reacción de la Guardia Nacional y
de las Fuerzas Armadas para proteger sus territorios e imponer el Estado de
Derecho, le dio la ventaja a los delincuentes que apoyados por la familia del
detenido, las células criminales que controlan en el cártel de Sinaloa, y acaso
por el capo de capos, Ismael Zambada García el “Mayo” (no sería la primera
ocasión que ayuda a salir libres de un conflicto a los hijos de “El Chapo”),
lograron lo increíble, que el gobierno mexicano cediera ante sus amenazas,
negociara “la paz” a cambio de la liberación.
El
Presidente Andrés Manuel López Obrador podrá decir que tiene “la conciencia muy
tranquila”, y que actuó “de manera correcta” al liberar a un detenido para
evitar una masacre. La realidad es que su actuar soltó la rienda a los
asesinos. A los que matan soldados y ciudadanos, a los que tienen muchas
ciudades de Sinaloa controladas con la ley de plata o plomo, y a quienes en el
resto del país y desde otros cárteles de la droga, se imponen con violencia a
la sociedad.
De los diez
hijos reconocidos del “Chapo” Guzmán, por lo menos cinco han sido, en distintas
ocasiones y en Estados Unidos y en México, ligados a actividades ilícitas. Uno
de ellos fue asesinado en 2002. Los cuatro restantes, Iván y Alfredo Guzmán
Salazar, Ovidio y Joaquín Guzmán López, estos últimos de acuerdo a análisis de
corporaciones de investigación de Norteamérica y nacionales, crecieron en
Culiacán, los primeros en Guadalajara, Jalisco. Y son además –junto al hijo de
Dámaso López- sospechosos de ordenar el crimen del periodista Javier Valdez,
asesinado el 15 de mayo de 2017 en Culiacán, Sinaloa.
No, liberar
personas catalogadas como de alta peligrosidad, buscadas para rendir cuentas a
la justicia en fiscalías de distrito de los Estados Unidos por cargos de
tráfico de drogas, entre otros, no es abonarle a la seguridad de los mexicanos,
es vulnerarlos aún más al darles a los criminales la categoría de intocables.
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