Jorge Javier
Romero Vadillo.
El martes en
el Senado se aprobó por mayoría calificada la reforma constitucional para
establecer un procedimiento de revocación de mandato para los cargos ejecutivos,
un recurso de pretendida democracia directa que encierra enormes riesgos para
la consolidación de un orden constitucional representativo estable. No voy a
repetir aquí los argumentos que en su artículo de El Universal planteó la
mañana misma de la votación José Woldenberg, con los que coincido plenamente.
Sólo baste decir que se trata de un paso más en el proceso de deformación de la
Constitución que ha avanzado desde que comenzó esta legislatura, impulsado
desde la presidencia de la República, pero que ha contado con la
condescendencia cómplice de buena parte de los partidos que supuestamente
debieron ejercer un papel limitante, precisamente porque la coalición de poder
no cuenta con la mayoría calificada necesaria para hacer y deshacer, en materia
constitucional. O al menos eso se suponía.
¿Cuál es la
lógica racional que ha llevado a la mayoría de los partidos, incluido el otrora
todopoderoso PRI, a convertirse en meras comparsas de la voluntad presidencial?
Descuento de entrada al Partido del Trabajo y al pretendido Verde, porque esas
organizaciones fueron creadas desde el poder durante el Gobierno de Carlos
Salinas, precisamente como renuevos de las organizaciones que durante la época
clásica del régimen del PRI fungieron como simulacros de pluripartidismo. Como
los antiguos Partido Popular Socialista (PPS) y Partido Auténtico de la
Revolución Mexicana (PARM), meros cascarones subvencionados por el propio
régimen para pretender una democracia inexistente, el PT y el Verde nunca han
sido otra cosa que instrumentos al servicio del Gobierno en turno, ya sea el
PRI, el PAN o ahora Morena.
El PRI,
disminuido hasta el borde de convertirse en un partido marginal, a pesar de
contar aún con un número nada desdeñable de gobiernos estatales, es un caso que
merece un análisis especial para comprender su deriva. Después de su derrota
presidencial en 2000 se erigió en un auténtico partido de oposición y actuó
como límite y contrapeso de los gobiernos panistas de Fox y Calderón. Tenía
entonces la perspectiva de volver al poder y logró recomponerse incluso después
de que en 2006 había sido relegado al tercer lugar de votos. Sin embargo, ahora
se ha allanado a la voluntad presidencial, como si en su código memético
colectivo fueran dominantes los memes de sumisión al poder omnímodo, como si
los priistas no entendieran otra manera de actuar que la disciplina y la
sumisión a los dictados del Ejecutivo. Una conducta comprensible en los tiempos
en los que la continuidad de la carrera política dependía de la lealtad al Presidente
en turno, pero que resulta suicida, al menos por lo que toca al colectivo, en
las circunstancias actuales. Tal vez sea racional en términos individuales
tratar de quedar bien a los ojos del nuevo Señor del Gran Poder, pero como
organización el PRI parece dirigirse a la extinción o a convertirse en un grupo
más de la nueva coalición hegemónica.
Decepcionante
ha sido, sobre todo, la actuación de Movimiento Ciudadano, incapaz de
transformarse en una formación con vocación de futuro, que ha quedado atrapada
en su origen como un mero grupo al servicio de los intereses particulares de su
dirigente. Nacido como Convergencia Democrática en 1999, el partido en sus
comienzos fue producto de una red de antiguas clientelas priistas articuladas
por Dante Delgado, ex Gobernador de Veracruz que había roto con Ernesto
Zedillo, quien provocó su encarcelamiento, típico mecanismo de castigo a la
indisciplina política hasta estos días.
Después de
sucesivas metamorfosis, la organización pareció transformarse en un vehículo de
participación de nuevos liderazgos locales, que les abría las puertas a
expresiones socialdemócratas y feministas, como la candidatura de Patricia
Mercado o la invitación a Salomón Chertorivski para que encabezara su consejo
consultivo. Su actuación legislativa, empero, ha sido lamentable. Les ha
otorgado sus votos a nombramientos abominables –el de Jazmín Esquivel en la
Suprema Corte de Justicia es el ejemplo más destacado– y a reformas
constitucionales hechas a la medida del capricho presidencial: la reciente de
revocación de mandato –aunque se arguya que lograron modificarla para poner en
manos de la ciudadanía lo que López Obrador pretendía en manos del Presidente–
o el terrible retroceso en materia educativa. Es más: sin necesidad alguna les concedieron
sus votos a las leyes secundarias que le devuelven buena parte del poder
perdido a los sindicatos corporativos de la educación, ahora aliados del nuevo
proyecto hegemónico.
Sólo el PAN
parece saber cuál es su papel frente al proceso de desmantelamiento de lo que
había avanzado durante las últimas dos décadas en materia de equilibrios y
contrapesos. Sólo la derecha conservadora, con su aceda visión de lo social y
de la economía, ha tenido la coherencia de sostenerse como oposición, tal vez
porque ese ha sido el papel que ha pretendido jugar desde que entró al arreglo
del antiguo régimen. La izquierda, en cambio, ha sido fagocitada por el
proyecto caudillista o ha claudicado, sin liderazgos ni proyecto propio.
¿Qué
necesidad tenían el PRI o MC de concederle a López Obrador sus reformas
constitucionales o sus nombramientos a modo? Morena con sus satélites se hizo
con una cómoda mayoría legislativa para hacer reformas a la legislación
ordinaria. Lo deseable hubiera sido que la supuesta oposición armara un frente
de moratoria constitucional, de forma que el presidente pudiera desarrollar un
programa legislativo sin deformar a su modo el arreglo constitucional. Sin
embargo, la dependencia de la trayectoria presidencialista, arraigada desde el
porfiriato, nos ha llevado a este escenario de retroceso a tiempos en los que
la Constitución no era más que el espejo de la megalomanía del presidente en
turno, convertido en gran reformador. La pesada carga de la herencia de las
instituciones informales ha modelado la actuación de unos partidos condenados a
ser meros trasuntos de los viejos PPS o PARM, mientras el proteccionismo legal
en el que se sustenta su existencia impide el surgimiento de nuevas fuerzas.
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