
Jesús Cantú.
Las
autoridades electorales son las responsables de inyectarles certidumbre a los
procesos electorales. Sin embargo, en la presente elección federal son éstas
las que están generando la incertidumbre porque, en lugar de prevenir, impedir
y sancionar las irregularidades que se presenten, están pavimentando el camino
para que el gobierno y su coalición Todos por México implementen todas las
acciones fraudulentas a su alcance en su afán de no perder la Presidencia de la
República.
Las evidencias prueban que el
gobierno y la coalición encabezada por el PRI pretenden replicar, casi en los
mismos términos, los operativos que les permitieron mantener en su poder las
gubernaturas del Estado de México y Coahuila el año pasado.
Lo que ya está en marcha son campañas
de desprestigio en contra de los candidatos opositores, básicamente utilizando
como ariete a la Procuraduría General de la República, como ya sucedió en el
caso del Partido del Trabajo y los Cendis y, muy especialmente, en el caso en contra
del candidato de Por México al Frente, Ricardo Anaya; la pulverización del voto
de los opositores, para lo cual impulsaron el registro de las candidaturas
independientes; manipulación de las encuestas para crear la sensación de que su
candidato tiene más preferencias de las que en realidad consigue; uso de
programas sociales federales y estatales para condicionar el voto, y
levantamiento de padrones acompañado de reparto de tarjetas entre ciudadanos
para comprar el voto con la promesa de que, si ganan, aquellos recibirán dinero
en efectivo para satisfacer sus necesidades (Proceso 2162).
Varios de estos operativos sólo
pueden implementarse si la autoridad electoral decide no sancionarlos o, al
menos, ignorarlos.
En el caso de las elecciones
estatales, las autoridades decidieron soslayarlos a lo largo del proceso
electoral, y cuando quisieron sancionar, además de que ya era demasiado tarde y
poco se podía remediar, mostraron claramente las diferencias entre el Instituto
Nacional Electoral (INE) y la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder
Judicial de la Federación (TEPJF).
En las
elecciones del año pasado, la única que
intentó hacer algo que hubiese inhibido la comisión de los delitos de compra y
coacción del voto fue la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos
Electorales (FEPADE), cuyos esfuerzos fueron inútiles pues no logró integrar
las averiguaciones previas oportunamente, y cuando su titular se disponía a
consignarlas fue destituido.
Sin embargo,
hay que señalar que el reparto de responsabilidades es muy dispar, ya que el
Consejo General del INE impulsó (aunque fuese por mayoría de votos en algunos
casos) diversas resoluciones que sancionaban las irregularidades que se
detectaron en las elecciones del Estado de México y Coahuila en 2017, así como
varios acuerdos que buscaban prevenir que estas prácticas se repitiesen en el
caso de las elecciones presidenciales, y todas las revocó el tribunal. En el
caso de la FEPADE, que sí pretendía perseguir los delitos electorales, el
presidente Enrique Peña Nieto ordenó destituir al anterior titular para colocar
a uno más controlable.
Entre las acciones que implementó el
INE para combatir estas prácticas fraudulentas destacan las sanciones al
reparto de las tarjetas rosas, aunque únicamente pudieron aprobar la resolución en el caso
de Coahuila; el acuerdo de cancha pareja, que pretendía normar la operación y
difusión de los programas sociales durante los procesos electorales, y la
prohibición del reparto de los monederos electrónicos, que fueron pieza central
tanto en la elección presidencial de 2012 como en las estatales de 2017.
Al revocar las sanciones y los
acuerdos, el TEPJF no sólo evitó sancionar una práctica claramente ilegal
(Proceso 2162), sino que en realidad legalizó su utilización en el actual
proceso electoral.
Y por si eso
fuese poco, ahí está la resolución del
TEPJF de la madrugada del martes 10 mediante la cual se le otorgó el registro
como candidato presidencial a Jaime Heliodoro Rodríguez Calderón, aun cuando no
cumplió con el requisito del número de firmas ni de dispersión de un mínimo de
1% de éstas en al menos 17 estados. El argumento: violación al debido proceso.
Con ello se permite que otra de las estrategias de manipulación de la voluntad
popular entre en acción.
En mi
colaboración en el número 2160, al analizar el proceso de revisión de las
firmas de los candidatos independientes, y ante la posibilidad de que el
tribunal revocara la decisión, concluía: “En vísperas del inicio de las
campañas electorales las autoridades electorales están a prueba: la
ratificación de las decisiones del INE fortalecería a las autoridades del ramo,
pero la revocación de las mismas, fuese por detectar errores graves en el
procedimiento del INE o por otra decisión formalista del tribunal, las dejaría
en una debilidad extrema”. Lamentablemente sucedió lo segundo.
La Sala
Superior recurrió a una formalidad: según sus miembros el INE violentó el
debido proceso de Rodríguez Calderón porque no le concedió el derecho de
audiencia para revisar la totalidad de las firmas que le invalidaron. Aunque el
INE argumenta que ese proceso de audiencia para la primera etapa de la revisión
estuvo abierto a lo largo de todo el proceso de recolección de firmas y que los
representantes del candidato acudieron en 12 ocasiones a revisarlo, le negó la
solicitud de darle una oportunidad adicional después de los cinco días que le
habían otorgado para pronunciarse sobre la segunda revisión.
Con los precedentes de los dictámenes
de fiscalización de los gastos de campaña de la elección de gobernador de
Coahuila, el Consejo General del INE sabía que tenía que ser sumamente riguroso
en los procedimientos, so pena de ver revocadas sus decisiones. Lo fue a lo largo de todo el proceso
y, en estricto sentido, sí le concedió el derecho de audiencia al candidato; sin embargo, el tribunal nuevamente
escudriñó todo el procedimiento y se aferró al único pretexto que pudo
encontrar, aunque sólo fuese parcialmente cierto.
Y aun cuando los consejeros del INE
afirman que la FEPADE continuará con la integración de las averiguaciones
previas de los presuntos delitos cometidos por Rodríguez Calderón en la
recolección de las firmas, es un hecho que las mismas nunca serán consignadas
ante un juez, por lo menos no antes de las elecciones del próximo 1 de julio.
La mayoría de los magistrados de la
Sala Superior del tribunal, colocados allí por los legisladores priistas, están
cumpliendo cabalmente su encomienda de preservar los triunfos del PRI, así tengan que recurrir a legalizar lo ilegal; pero, sobre todo, están validando por anticipado las
irregularidades y delitos en los que incurra la coalición Todos por México.
Hasta el
momento, la Sala Superior del Tribunal y la FEPADE han blindado los operativos
de defraudación electoral de esa coalición y su candidato, José Antonio Meade,
como lo confirma la resolución del pasado martes 10.
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