Ricardo
Ravelo.
Los pactos entre políticos y el
narcotráfico no es un tema nuevo en México. Se sabe, por ejemplo, que desde
hace muchas décadas cada presidente de México tiene su propio capo, su
consentido sexenal.
Con Miguel de la Madrid, por ejemplo,
tuvo su gran etapa de esplendor Miguel Ángel Félix Gallardo, intocable en ese
periodo gubernamental. Fue el sexenio del capo sinaloense, caído en desgracia
en los primeros meses del gobierno de Carlos Salinas de Gortari, quien eligió
su consentido: Juan García Ábrego, jefe del cártel del Golfo, impune hasta que
Ernesto Zedillo, en venganza contra Salinas, lo encarceló y desterró del
territorio nacional entregándolo a la Drug Enforcement Administration (DEA), la
agencia antidrogas norteamericana.
Mediante pactos con el gobierno,
García Ábrego fue intocable, imposible tocarle un pelo porque detrás de él
también estaba su tío, Juan Nepomuceno Guerra, el fundador de la organización
criminal, amo y señor de Tamaulipas. Capo desde su juventud, el viejo
Nepomuceno Guerra era respetado por los políticos tamaulipecos y se asegura que
quien quería ser gobernador de Tamaulipas primero debía pactar con el llamado
padrino de la mafia. Así era en esos tiempos y así sigue siendo. ES UNA REGLA HASTA AHORA RESPETADA
POR LOS MAFIOSOS EN EL PODER.
En los sexenios panistas el descaro
fue mayor porque se hizo todavía más evidente el vínculo entre los gobiernos de
Vicente Fox y Felipe Calderón con el cártel de Sinaloa y, en particular, con
Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, extraditado a Estados Unidos.
Fue en el gobierno de Fox cuando
ocurrió la fuga espectacular de Guzmán Loera, maquinada en complicidad con el
poder. Al Chapo
Guzmán simplemente le abrieron la puerta
para que se fuera del penal de Puente Grande. Así el cártel de Sinaloa alcanzó
el más elevado nivel como una organización criminal boyante, la más poderosa
del mundo.
Y todo el
esplendor que tuvo ese cártel fue producto del pacto con el poder. No existe
grupo criminal que alcance los más elevados niveles de crecimiento sin que
detrás haya un acuerdo, la protección oficial, el pacto con gobernadores o con
el propio presidente de la República. Así
de simple.
Actualmente
todo el mundo critica los encuentros que ha tenido Salvador Rangel Mendoza,
obispo de la Diócesis de Chilpancingo-Chilapa, Guerrero, con capos de la droga.
El prelado asegura que se ha reunido con los narcotraficantes para negociar la
paz del pueblo, para frenar la ola de crímenes y que se pacifique el
territorio.
Las acciones del obispo fueron
duramente criticadas por el gobierno federal. El secretario de Gobernación,
Alfonso Navarrete Prida, dijo que la ley no se negocia y criticó los encuentros
de Rangel Mendoza con los capos.
Sin embargo,
cabe decir que el secretario de Gobernación tiene rezón. En teoría la ley no se
negocia, pero en los hechos tampoco se aplica. Si el crimen organizado ha florecido en el gobierno de Enrique Peña
Nieto es porque existen pactos entre grupos criminales y los hombres del poder.
Lo grave es que esos pactos son por dinero, por negocio y no para frenar la
oleada de crímenes que azota al país.
El obispo
está haciendo una labor que bien podría ser parte de una política oficial –la
negociación –no prevista en la ley, es cierto, pero que en muchos casos ha
surtido sus efectos para bien de la sociedad.
El gobierno de Peña Nieto prefiere
mantener su política represiva de combate al crimen organizado, fallida por
cierto, pues actualmente en México nadie puede hablar de paz social. El país
está incendiado por el crimen organizado y nadie hace nada porque las
autoridades son parte del problema y no quieren soluciones.
En todo el territorio nacional el
crimen organizado tiene pactos con gobernadores, alcaldes, policías y cuanta
autoridad les garantice impunidad en sus negocios ilegales. La policía es el brazo
armado del narcotráfico, pero las corporaciones policiacas no se mandan solas:
detrás de estas estructuras están sus jefes, los comandantes y más arriba los
secretarios de Seguridad Pública y más arriba los procuradores y así la cadena
de complicidades llega hasta los gobernadores.
En pocas
palabras, toda la estructura de poder
está penetrada por el crimen organizado, de ahí la ineficacia para combatirlo y
para frenar las ejecuciones y matanzas que suceden todos los días en el país.
Es por ello que la tarea que realiza en Guerrero el obispo Rangel es sumamente
valiosa y un ejemplo para el gobierno respecto de cómo deben hacerse las cosas.
Ante esta
política fallida del gobierno, bien podría incluirse en la ley la negociación
como medida de combate a la inseguridad pública, como lo hace el obispo Rangel.
Pero ocurre que el gobierno federal está
inflamado de arrogancia. Ni combate ni negociación. Es decir, nada de nada. De
ahí que el gobierno prefiera que el país siga siendo escenario de balaceras y
matanzas, la guerra sin tregua.
En otros
países –Italia, Colombia y Estados Unidos –existen
otros mecanismos que no propiamente tienen que ver con la represión. Está la
negociación con grupos criminales para hacer posible que se incorporen al
carril de la legalidad y de esa forma pactan no tocar sus capitales, por
ilegales que hayan sido las formas de obtenerlos.
Esta medida
les ha dado resultados, aunque el gobierno de Estados Unidos, en otros tiempos,
se haya opuesto a este tipo de ensayos para bajar los niveles de inseguridad
pública, lo que resulta contradictorio.
En la zona
de Guerrero, donde está afincada la Diócesis a cargo del obispo Salvador
Rangel, operan varios cárteles de la droga, según informes oficiales. Ahí los
dueños del territorio son Los Tequileros, Los Rojos, Los Ardillos, El cártel de
la Sierra, La Familia Michoacana, Los Caballeros Templarios y Guerreros Unidos.
El obispo Rangel, en diversas
entrevistas, no dijo con qué cártel se ha reunido. Nadie considera que sus
entrevistas hayan sido únicamente con un grupo, de ahí que sea posible que el
prelado haya tenido reuniones con todos los grupos de narcotráfico, pese al
antagonismo que priva entre ellos, pues se asegura que Rangel lleva unos dos
años negociando la paz social en ese territorio. Aun no se notan sus efectos,
pero como él mismo afirma, “si puedo evitar uno o dos asesinatos ya es una
ganancia”.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.