Jenaro
Villamil.
Don César Garizurieta, alias “El
Tlacuache”, acuñó durante el sexenio de su amigo de la infancia, el veracruzano
Miguel Alemán Valdés, la frase que se convirtió en dogma de fe para la
burocracia en la época dorada del priismo y también de la alternancia panista y
de los gobiernos perredistas: “vivir fuera del presupuesto, es vivir en el
error”.
Y vaya que dinastías enteras de
políticos, devenidos en empresarios, legisladores permanentes, diplomáticos
exprés, multichambas, gobernadores o simples caciques llevaron la máxima del
Tlacuache hasta sus últimas consecuencias.
No en balde, el sexenio del Cachorro
de la Revolución, en la segunda mitad de los años cuarenta, se convirtió en el
símbolo de la corrupción moderna y en el fundador del Partido de la Revolución
Institucionalizada.
Como esta máxima, muchas otras fueron
acuñadas en la era priista y continuaron en la alternancia del PAN-PRI: “el que
no transa, no avanza” para justificar la corrupción como un aceite para la
movilidad política; “un político pobre, es un pobre político”, la sentencia más famosa del
cleptócrata priista por excelencia Carlos Hank González; “no quiero que me den, sino que me pongan donde hay”, para los
huachicoleros profesionales del presupuesto federal; y la más mencionada en la
última parte de los sexenios: “en el año de Hidalgo, pendejo el que deja algo”.
La picardía mexicana siempre
consideró al presupuesto público como un botín. A
las dependencias federales como un trampolín para la riqueza. Los cargos
públicos como una patente de corso. Y las obras públicas como un sinónimo del
hurto: “donde hay obras, hay sobras”, gustan decir los alcaldes, gobernadores y
secretarios de Estado.
Esta larga y arraigada cultura
política del uso y abuso de los cargos públicos se enfrentará ahora a una
decidida y reiterada mantra del próximo gobierno de Andrés Manuel López
Obrador: “Ya llegó la hora de que sea el gobierno federal el que se apriete el
cinturón”.
Esa fue la sentencia del ganador de
la elección presidencial al dar a conocer el 12 de julio las 50 medidas de
austeridad y lucha contra la corrupción de su próximo gobierno, junto con 13
reformas legales para reducir la “burocracia obesa” de un modelo neoliberal que
siempre vio al gobierno como un enemigo.
Paradójicamente, el sexenio de López
Obrador, político considerado como “populista” o de “izquierda” podría
convertirse en más liberal que los mismos neoliberales y tecnócratas
exquisitos.
El plan de
López Obrador no es una broma ni una
moda para sus colaboradores. Incluye, entre sus 50 medidas, la eliminación de
servicios de seguridad (guaruras), restringir el uso de choferes, prohibir
viajes y pagos de viáticos sin necesidad, prohíbe la contratación de familiares
en la estructura de gobierno, el uso de los vehículos públicos para fines
privados, recibir regalos de más de 5 mil pesos o la contratación de
cabilderos, entre otros puntos.
El pasado 15
de julio, López Obrador aterrizó una de
las primeras medidas de la austeridad que lo involucra a él: disminuyó en 60
por ciento los ingresos del jefe del Ejecutivo. De los 270 mil pesos mensuales
que recibe el actual presidente Peña Nieto, López Obrador disminuirá su salario
a 108 mil pesos mensuales.
Advirtió que ningún servidor público
ganará más que el presidente de la República, perfiló una disminución del
salario también para los ministros de la Corte que “perciben una cantidad mucho
mayor” y advirtió que combatirán los “moches” y el pago de sobornos en los legisladores
federales.
Las críticas a algunas de estas
medidas, en especial, la disminución de los salarios ha proliferado. Vivir en
el presupuesto puede convertirse en un “error” para quien
quiera enriquecerse o convertirse en Mirrey.
Imaginemos a los magistrados sin sus
600 mil pesos mensuales (con los sobresueldos integrados), sin sus camionetas
blindadas, sin sus decenas de guaruras, sin sus “redes de contactos” que
funcionan, en realidad, como extensos brazos de la corrupción.
El punto principal de este proyecto
de austeridad republicana busca un cambio radical en esta acendrada cultura
política del robo del erario: transformar la ecuación histórica que ve el
gobierno federal como un botín y no como un servicio público.
Un país con más de 12 millones de
habitantes en situaciones de pobreza extrema y más de 50 millones sin recursos
suficientes para llenar sus necesidades básicas, no puede tener un aparato
burocrático del tamaño actual. Paradójicamente, los gobiernos panistas de
Vicente Fox y de Felipe Calderón hicieron crecer más la contratación
gubernamental, mientras que el retorno del PRI con Peña Nieto transformó al
servicio público en una hoguera de vanidades.
¿Cuánto le costaron al presupuesto
federal los juegos de golf de fin de semana del presidente de la República en
Punta Mita? ¿Cuánto nos costaron los excesos de Angélica Rivera en cada viaje
al extranjero? ¿Cuántos policías y elementos militares se desviaron para
“proteger” a los familiares de Peña Nieto, de los secretarios de Estado y hasta
a los amigos de los Juniors Peña Rivera? ¿Cuánto gastaron en Los Pinos para
“remodelar” las oficinas de Aurelio Nuño? ¿Quiénes se beneficiaron realmente
con el gasto impúdico de 50 mil millones de pesos en las áreas de comunicación
social?
Peor aún: ¿cuánto dinero se desvió para maquillar
multimillonarias compras de medicamentos con sobreprecios? ¿cuántas obras de la
Secretaría de Comunicaciones y Transportes fueron más “sobras” para los
contratistas y funcionarios? ¿qué compañías trasnacionales se beneficiaron de
la Cruzada contra el Hambre que murió en el desprestigio? ¿Cuántas “estafas
maestras” se anidaron en todas las dependencias?
Por supuesto
que el plan de austeridad de López
Obrador tiene alarmados a muchos y escépticos a otros. Algunos observadores
señalan que la disminución de las subsecretarías y la compactación de varias
dependencias pueden salir más caro porque vendrá acompañada de la
descentralización de la mayoría de las secretarías de Estado. Otros ven esta
serie de medidas como un proceso paulatino para erradicar esta vieja cultura,
tan antigua como la Colonia española, de asumir los cargos públicos como
títulos nobiliarios, con permiso para toda clase de excesos.
Para el Diego Fernández de Cevallos
la medida de disminuir sueldos no acabará con la corrupción. En entrevista radiofónica el excandidato panista afirmó que se trata
de “un capricho” y acusó al presidente electo de atentar contra los demás
poderes (Legislativo y Judicial) al
tomar una decisión “unipersonal” con respecto a los salarios de los
funcionarios de alto rango.
Viniendo estas críticas de un abogado
que se ha caracterizado por el “coyotaje” de altos vuelos, por sus numerosos
ranchos y su extensa red de complicidades, parece más un halago que un
desprestigio.
El reto fundamental es frenar la
tentación de convertir este mecanismo de “apretarse el cinturón” en mera
simulación.
El desafío es lograr más eficacia con
menos recursos y demostrar que vivir en el presupuesto puede ser un honor y no
una permanente invitación a sobrevivir en la corrupción.
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