Por Denise
Dresser.
Tantas formas de saquear a Pemex.
Tantas maneras de ordeñar y huachicolear desde hace décadas. La gran empresa
nacional –“de todos los mexicanos”– usada como caja chica y caja fuerte por
presidentes y directores y contratistas y líderes sindicales y criminales
dentro del gobierno y fuera de él. Empresa nacionalizada y privatizada,
saqueada y exprimida, concebida y asesinada, como escribe Ana Lilia Pérez en el
libro Pemex RIP. Expoliada para proveer más de 40% del presupuesto público,
para financiar el gasto corriente, para construir emporios privados, para
comprar elecciones presidenciales, para apuntalar gubernaturas y rescatar
compañías quebradas de los cuates. El oro negro que produjo manos manchadas. El
patrimonio de los mexicanos, mal utilizado, despilfarrado, estropeado. Y los
responsables tienen nombre y apellido. Pululan impunes y perdonados cuando
deberían ser investigados y sancionados.
Todos los
que han facturado a Pemex cajas de champaña Laurent Perrier, vinos Chateau
Pontet Canet, whiskeys cosecha especial Bourbon Early Times, óleos de Rufino
Tamayo, joyas Cartier, y relojes Rolex de oro macizo. Todos los que han vendido plazas y han hecho negocios ilegales con
buques y camiones. Todos los que han sustraído gasolina, diésel, asfaltos,
combustóleo, nafta. Quienes han cargado fajos de dinero en portafolios para
comprar la anuencia de comunidades indígenas cuyas tierras se vuelven
necesarias para el negocio. Quienes han creado compañías de prestanombres o
amigos para vender o arrendar a Pemex con sobreprecio o precios inflados.
Quienes han firmado “convenios” con el sindicato para hacerle “préstamos”
millonarios cuyo destinatario era un candidato presidencial, como en el caso
del Pemexgate. Tantas modalidades utilizadas para huachicolear. Tantos
gobiernos que lo hicieron posible.
La corrupción presente y posible
desde Luis Echeverría hasta Enrique Peña Nieto. Las prácticas gangsteriles del
sindicato, encabezado por líderes con vida de jeques como Carlos Romero
Deschamps. Los “gobiernos de la alternancia” de Vicente Fox y Felipe Calderón,
un grupo compacto de funcionarios públicos convertidos en contratistas o
viceversa. Aquel fallido proyecto de refinería del calderonismo, en el cual se
despilfarraron millones y por el cual Pemex sigue pagando al estado de Hidalgo.
Aquellas denuncias –hechas hace ya más de una década– sobre el crecimiento
exponencial del robo de hidrocarburos, la adulteración, y el fortalecimiento del
mercado negro de hidrocarburos a las que nadie prestó atención. Ni el
presidente ni los legisladores ni los directivos de Pemex hicieron lo que
debían haber hecho, o intervinieron a tiempo. Había demasiados intereses qué
proteger, demasiados negocios qué impulsar, demasiadas elecciones qué
financiar.
Mientras Pemex seguía desangrándose,
mientras la productividad continuaba desplomándose, mientras los pasivos
seguían acumulándose, mientras las pérdidas continuaban acumulándose, mientras
los costos de producción seguían incrementándose, mientras sus ganancias se
utilizaban para financiar el gasto corriente, Emilio Lozoya se trasladaba en
helicóptero de su casa en Cuajimalpa a la torre de Pemex, con un costo al
erario de 27 mil pesos por día laboral.
Emilio Lozoya involucrado en los
escándalos de OHL, en los sobornos de Odebrecht, en adjudicaciones irregulares,
en licitaciones cuestionables, en compras indefendibles, en memorandos de
entendimiento a través de los cuales adjudicó negocios de manera amiguista por
doquier. El dinero de Pemex continuó repartiéndose entre la misma casta de
connivencia; entre los que aprovecharon la reforma energética para
enriquecerse. Una parte importante de la planta productiva de Pemex se vendió
como “chatarra”, al mismo tiempo que se compraban plantas improductivas, como
el caso emblemático de Agro Nitrogenados, planta que tenía 14 años sin operar.
Ejecutivos de Odebrecht reconocieron ante autoridades estadunidenses que entre
2010 y 2014 habían pagado sobornos por 10.5 millones de dólares a funcionarios
mexicanos. En ese mismo periodo, Pemex le adjudicó de manera directa cuantiosos
“trabajos” a la empresa que corrompió a diestra y siniestra por toda América
Latina.
La diferencia es que en otros países
los involucrados han sido investigados. En México no.
Aquí la complicidad ha permitido que
miles huachicoleen a Pemex, desde la torre de Pemex o desde las oficinas de
gobierno de Puebla o desde los 131 kilómetros que forman parte del “Triángulo
Rojo del Huachicol”. Hoy el crimen organizado que opera dentro del Estado o con
su permiso sabe dónde están las redes de ductos, oleoductos, poliductos,
gasoductos y terminales. Sabe lo que tiene qué hacer para obtener lo que
quiere; con quién hablar, a quién sobornar. Y los sobornados están en todos los
niveles, en todas las dependencias. En las fuerzas armadas, en la Policía
Federal, en Hacienda, en el SAT, en la Secretaría de Energía. Los números están
ahí: para 2015 las tomas clandestinas se habían incrementado casi 800%. En 2016
se contaron 6 mil 873 en 25 de las 32 entidades del país.
Ante la magnitud del problema se
entiende la decisión de colocar a un incondicional del presidente al frente de
Pemex. Se comprende el envío del Ejército para resguardar instalaciones y
combatir criminales. Hay una emergencia evidente que requiere acciones
frontales. Pero encarar a los expoliadores necesariamente requiere el combate a
la impunidad que los parió y por ello la amnistía anticipada a los culpables
despierta tantas dudas, genera tanta incomodidad. Como bien dice Cuauhtémoc
Cárdenas, “los personajes que más daño le hicieron a Petróleos Mexicanos son
los que entraron en complicidades, en actos de corrupción”. A esos señores del
huachicoleo, pegados al tubo, que enriquecieron a sus amigos y a sí mismos, no
se les debe perdonar. Se les debe sancionar.
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