Por
Francisco Ortiz Pinchetti.
La atrocidad
persiste. A pesar de las denuncias periodísticas incluso internacionales,
continúa el sacrificio de cientos, miles de colibríes en distintos lugares del
país, para ser usados como amuletos del amor o fetiches de prácticas de
brujería. Y se llega al colmo de promocionar su venta, vivos o muertos, con
motivo de la celebración este mes del Día del Amor y la Amistad.
He platicado
en este espacio sobre mi afición por los prodigiosos colibríes y el asombro que
me causan. En el patio de mi casa tengo bebederos con un néctar especial que yo
preparo para alimentar a estas diminutas aves, las más pequeñas del mundo,
consideradas emblemáticas en la cosmogonía prehispánica, cuando eran
identificadas como los mensajeros de los dioses. Con el tiempo me he convertido
en asiduo observador de ellas, a pesar de mis limitados conocimientos sobre su
naturaleza.
Me encanta
mirarlas en su danza matutina, cuando con su plumaje tornasol parecen
apremiarme a renovar el líquido de los bebederos. Para mí es un misterio tan
absoluto como fascinante cómo pueden volar a 90 kilómetros por hora, agitar sus
alas entre 50 y 80 veces por segundo, cambiar de rumbo intempestivamente o
ascender y descender en vertical. Me conmueve su aparente fragilidad, en
contraste con sus extraordinarias habilidades para subsistir en un medio tal
hostil como el entorno de una megalópolis en la que cada vez escasean más las
áreas verdes y consecuentemente las flores.
Son un
símbolo de libertad.
Leemos que,
actualmente, cinco de las 58 especies del colibrí que existen en el país se
encuentran en alguna categoría de riesgo, según información entregada por la
Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio). A
pesar de esta situación, en Ciudad de México se pueden encontrar mercados y
“brujos” que se dicen expertos en “amarres” y no dudan en ofrecer rituales o
amuletos en los que se usa el ave muerta, a la que se unta con miel, se le
envuelve en ropa interior, se coloca debajo de una almohada del ser amado (si
es posible) o incluso se sirve en alguna sopa.
Hace algunos
meses, un espléndido reportaje de Rene Ebersole, especialista en el tema,
publicado por la revista National Geografic, dio difusión mundial al tráfico
clandestino de los colibríes y su uso para prácticas de brujería en diversos
países, pero con especial atención al caso de México. El asunto ocupó espacios
en varios medios nacionales, pero nada pasó. Ninguna autoridad local o federal
actuó en consecuencia. Y hoy esas prácticas siguen presentes.
Abersole
escribió: “Capturar a un colibrí. Matarlo. Envolverlo en ropa interior,
cubrirlo con miel, y venderlo para despertar la pasión de un amante”. Ese es el
ritual usual, frecuente e impune. Da horror.
Y es que
detrás de la superchería con que se encubre el tráfico de estos animales está
un jugoso negocio, que con frecuencia salpica a los inspectores de la dirección
de Vida Silvestre de la Semarnat, según testimonios recogidos por los medios.
En la Ciudad de México, el mercado Sonora –conocido como “el mercado de las
brujas” por los numerosos puestos de herbolaria, amuletos y fetiches que ahí se
expenden– es el principal centro de tráfico y distribución de diversas especies
de aves incluso en peligro de extinción, entre ellas diversos tipos de
colibríes.
El tema me
volvió a brincar a raíz de que mii querida y admirada amiga Kim López-Mills,
periodista independiente y apasionada defensora de las aves en el Valle de
México, y en general de las especies animales, me hizo llegar datos sobre este
ecocidio abiertamente tolerado. El costo
de cada ave viva fluctúa entre los 300 y los 500 pesos, en función de su
colorido. Sin embargo, no pueden sobrevivir en cautiverio más de 20 días. Las
aves muertas cuestan alrededor de los 200 pesos; pero un “amarre” (trabajo de
brujería) tiene un precio de dos mil pesos o más.
Amén de sus
supuestas cualidades como amuleto del amor, las creencias populares y los
remedios caseros colaboran también a esta infamia. Parte del negocio se basa en
la conseja de que arrancarle el corazón a un colibrí, hervirlo y comerlo en una
sopa o en un té es el tratamiento más poderoso contra las enfermedades
cardíacas y los ataques de epilepsia.
El tamaño de
este mercado ilegal se desconoce. De su dimensión puede dar idea este dato,
consignado por National Geografic: En 2009, los investigadores que analizaban
el mercado de brujería de Sonora en la capital mexicana documentaron más de 650
colibríes muertos en venta, en un solo día.
El autor del
reportaje escribe sobre Ciencia y Medio Ambiente para muchas publicaciones,
entre ellas Popular Science, Outside, The Nation y Audubon. Pone en su texto
que muchos mexicanos creen que los colibríes tienen poderes sobrenaturales.
“Más allá del Internet, los comerciantes los venden en las trastiendas de
establecimientos espirituales mexicanos llamados botánicas, llenos de hierbas,
incienso, velas, aceites y estatuas de la Santa Muerte con su guadaña, la diosa
mexicana de la muerte”. También se ofrecen de manera sutil en la parte
posterior del mercado, donde se vende toda clase de animales vivos, incluidas
por supuesto especies endémicas de México.
Algunos
místicos, pone René Ebersole, llaman al colibrí “la chuparrosa”, un amuleto
parecido a la pata de conejo para la buena suerte en el amor. Las chuparrosas
se venden a menudo envueltas en papel rojo y borlas de satén con una oración de
amor que las acompaña: «Divino colibrí…, con tu poder santo te pido que mejores
mi vida y el amor de tal forma que mi amante solo me desee a mí»”.
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