Diego
Petersen Farah.
Por tercera
vez en lo que va su mandato el Presidente echó a volar el aeropuerto de Santa
Lucía, la obra más emblemática de su sexenio no por lo que significa en
términos de inversión, sino porque es la que le permite confrontar
permanentemente el pasado corrupto frente al futuro austero y republicano.
El proyecto
de Santa Lucía libró las suspensiones -después de una manifestación de fuerza
del Presidente que uso al Ministro Zaldívar para mandar el mensaje de lo que le
pasa a los que se oponen- lo que no ha librado son los problemas propios de un
aeropuerto, esto es, desde las manifestaciones de impacto ambiental, los de
viabilidad aeronáutica y los problemas sociales que causa una obra de este
tamaño en la que siempre hay afectados, en este caso no solo las comunidades
vecinas sino los militares avecindados en la base de Santa Lucía.
Poner
primeras piedras es uno de los deportes favoritos de los políticos. Es un acto
de voluntad, una manifestación de poder al decir “hágase” y que las máquinas
obedezcan y en ese momento comiencen a trabajar, aunque en muchas ocasiones no
hagan sino mover tierra de un lado para otro, como es el caso del pretendido
aeropuerto pues no hay proyecto ejecutivo, por lo tanto, tampoco hay permisos,
ergo no está listado es el banco de obras de Hacienda y por conclusión no tiene
presupuesto. Lo que hay en el proyecto de presupuesto 2020 -que por supuesto
puede ser modificado- es dinero para los estudios y el proyecto ejecutivo. El
Presidente insiste en que el aeropuerto estará funcionando en 2021 lo cual no
solo es improbable sino indeseable: una obra de ese tamaño no puede construirse
bien, con proyectos ejecutivos y arquitectónicos bien hechos, en tan poco
tiempo.
Pero ninguna
opinión, ni la de López Obrador, ni la de la Secretaría de la Defensa, ni la
del amigo contratista José María Riobóo, es tan importante como la de los
expertos en aeronáutica quienes deberán no solo opinar sino dictaminar sobre la
viabilidad de operar simultáneamente los aeropuertos de Ciudad de México y de
Santa Lucía y con qué condiciones. Mientras ese estudio no esté terminado los
demás es especulación.
En lo que
eso sucede, Santa Lucía seguirá siendo el símbolo de la batalla del Presidente
contra los conservadores, contra los corruptos, los fifís (incluida por
supuesto la prensa fifí) y contra el dispendio gubernamental. Paradójicamente,
si sigue por la ruta en la que va, donde lo político se antepone a lo técnico y
la voluntad del poderoso a lo lógico, Santa Lucía podría terminar
convirtiéndose en el gran símbolo del despilfarro de este sexenio, en el
aterrizaje forzoso de un Gobierno que no le gusta volar con instrumentos.
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