Salvador
Camarena.
En el Museo
Casa de la Memoria de Medellín, en una de las exposiciones permanentes se
menciona que en Colombia han adoptado la definición de masacre como un evento
de violencia donde son asesinadas cuatro o más personas.
Y no sólo es
algo que se expone en ese museo. La Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios
(OCHA) de las Naciones Unidas, con oficinas en Colombia, define una masacre
como “aquel hecho en el cual son víctimas de homicidio cuatro (4) o más
personas, en las mismas circunstancias de modo, tiempo y lugar, y por los
mismos autores”.
https://wiki.salahumanitaria.co/w/index.php?title=Masacre&useskin=374%2F&useskin=374/
Visto desde
ese museo, México luce sombrío. ¿Cuántas masacres hay en nuestro país a la
semana? ¿Una? ¿Dos? ¿Cinco? ¿Más?
En esa
definición de masacre, sin embargo, se habla de que en tal acepción “no se
contabilizan aquellos casos donde por acción de la Fuerza Pública en
cumplimiento de su deber resultan muertos integrantes de grupos armados al
margen de la ley; tampoco se tiene en cuenta las víctimas pertenecientes a la
Fuerza Pública como resultado de la acción de los grupos armados al margen de
la ley”.
Por supuesto
que una realidad como la colombiana acude a parámetros y referentes que no
necesariamente pueden aplicarse, sin más, en México.
En nuestro
país, sin guerrilla oficialmente aunque con un grupo armado que declaró la
guerra al gobierno en 1994, en una interacción entre la fuerza pública y
presuntos miembros del crimen organizado se puede dar no sólo una masacre, sino
un ajusticiamiento, que además de rebasar parámetros de uso proporcional de la
fuerza fácilmente podría calificar como ejecución extrajudicial.
El punto es
que urge que regresemos al lenguaje cotidiano elementos que nos ayuden a
revertir la normalización de la violencia.
Masacres es
un término que quizá pueda ayudarnos a no ver el paisaje lleno de cadáveres
como algo natural, como algo inevitable.
En México
ocurren masacres cada semana. Masacres en contra de ciudadanos de a pie y
matanzas donde elementos de las fuerzas del Estado o donde presuntos criminales
son masacrados. Cada semana y en más de una ocasión a la semana hay cuatro o
más muertos en similar tiempo y circunstancia.
Una rápida
revisión en Google arroja que, de agosto a la fecha, tenemos masacres a todo lo
largo y ancho del país.
Tenemos
mucho más que sólo los terribles casos de Aguililla, en Michoacán, o Tepochica,
en Guerrero, donde más de una docena de policías y presuntos delincuentes,
respectivamente, murieron acribillados en los últimos días.
Tenemos
cuatro muertos el 9 de octubre en un taller mecánico de Sahuayo; otros cuatro
en un bar de Uruapan en septiembre. Y para seguir con Michoacán, once muertos
en agosto, en Tepalcatepec.
En
Coatzacoalcos, Veracruz, vimos en agosto la masacre de 30 personas en un bar, y
en Jalisco, el hallazgo de decenas de cuerpos en un paraje de Zapopan. En
Tamaulipas, ocho fallecidos en río Bravo por enfrentamiento, y un comando
ejecutó a integrantes de una familia en municipio de Miguel Alemán mientras el
Ejército abatía a siete presuntos sicarios, para un total de doce muertos. Por
su parte, en Guanajuato es cosa de cada semana que haya más de cuatro muertos
en diferentes municipios, entre ellos Celaya.
Uno sale del
Museo Casa de la Memoria de Medellín haciéndose una idea de cuánto ha sufrido
el pueblo colombiano. Muchísimo. Y con la duda de cuánto más habrá de sufrir
México en la espiral de violencia que nos deja masacres todas las semanas en
distintos puntos del país. País de masacres.
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