Ricardo
Ravelo.
La
naturaleza no tiene piedad por nada ni por nadie. No somos los seres humanos lo
más importante, sólo una migaja en todo su universo. El problema somos nosotros
los hombres que nos sentimos dueños del poder y de la gloria por tener plata o
una posición privilegiada. ¡Falsa ilusión! Nada alcanza cuando la furia de un
terremoto nos sacude, cuando el suelo se mueve de un lado para otro, cuando
golpea como apisonando la tierra hasta derrumbar los edificios más altos,
también los pequeños y se destroza en segundos y de un plumazo todo el orgullo
que nos cabe adentro.
El
aprendizaje jamás llega desprovisto de dolor. Duele la vida, duele el mundo con
sus gemidos interminables. Y cuando la naturaleza nos hace añicos la soberbia y
el miedo nos atenaza, entonces nos sentimos como seres inofensivos que le pedimos
piedad al universo.
En el
momento de la tragedia –pocas veces en algún otro –nos arrodillamos e
imploramos perdón. Sólo en la angustia más profunda, cuando la vida pierde todo
sentido, surgen las necesidades del perdón o del suicidio que no es una negación
a la vida: es la búsqueda de otra vida que ya no duela.
Los hombres del poder miran su
impotencia en lucha permanente con su orgullo. Pero ni así se doblan. Todo pasa
al olvido y se quedan a la espera de que se repita la lección. Y con ellos
todos nosotros.
Resultan
impresionantes las consecuencias del terremoto del 19 de septiembre pasado, 32
años después de la devastación que dejó el que golpeó la ciudad de México en
1985, nada comparable en dimensión con lo ocurrido el martes pasado. Sólo en el
dolor y en la angustia de personas que se desgarran en la búsqueda de sus seres
queridos y que hasta ahora no les ha sido posible encontrarlos.
Historias de
vida que se quedaron atrapadas, planes, ilusiones, proyectos, viajes en puerta;
personas que desayunaron con sus esposas (o esposos), con sus hijos, con sus
padres y que jamás imaginaron que, pasadas las 13:00 horas, la risa se
transformaría en dolor profundo, la tranquilidad pasaría al llanto, al
desgarramiento, a la impotencia. Así es la vida. Y así es la muerte: estar y ya
no estar. Un sueño profundo, como decía Ovidio.
Sin duda la
experiencia de 1985 está sacando a flote a la ciudad de México. Es el
aprendizaje que no se olvida y cuyos recursos afloran justamente cuando un
detonador los activa. Es la sobrevivencia. Me imagino a las personas que aún
están con vida entre escombros y a la espera de ser rescatados. Están sin comer
desde el martes, quizá sin beber agua, pero sí con esperanza de vivir porque
cuando las fuerzas físicas flaquean entonces emergen las del alma, las del
espíritu.
También me
imagino a quienes lo perdieron todo, a las personas que salieron a trabajar muy
temprano y ya no encontraron sus casas ni a sus seres queridos. Me imagino algo
parecido a lo que ocurrió en la primera y segunda guerra mundial. Personas que
de buenas a primeras vieron morir a sus familiares y algunos se dijeron para
sus adentros: sólo me tengo a mi mismo. Y a partir de esa realidad enfrentar la
vida, empezar de nuevo, construir otra vez.
Tenerse a
uno mismo no es poca cosa. Es lo más importante. Pero ¿Cómo enfrentar el dolor?
No hay otro camino sólo sintiéndolo, aceptándolo. Es en esos momentos y no en
otros cuando se siente realmente al mundo.
Ante la tragedia, las palabras muchas
veces no son necesarias, pues sólo el acompañamiento en silencio y el apoyo en
necesidades básicas es lo que más se requiere.
Cuando nos
ocurre una tragedia, el primer paso de la recuperación es aceptarla. Si la
negamos, el dolor prevalece. El proceso, sin embargo, no es rápido. Ni se da
por decreto, por decisión. En toda una travesía. De ahí surge el aprendizaje,
quizá un nuevo ser humano, más sensible ante el dolor de los otros.
El espíritu de ayuda de miles de
personas que se volcaron al rescate de cuerpos y de personas con vida es lo más
significativo en estas horas dolorosas.
Repudio merecen quienes, por
cualquier vía, han lucrado con la desgracia. El presidente Enrique Peña Nieto
con la ayuda humanitaria, la televisión –televisa en particular –convirtiendo
en Reality el caso de la niña atrapada en el colegio Rébsamen, la delincuencia
secuestrando tractocamiones de ayuda en el tramo carretero Tlaxcala-Puebla –la
ruta criminal del narco y del guachicol –, no así la Marina y el Ejército que han mostrado sus
capacidades con los distintos planes de emergencia porque para eso están
preparados.
A lo largo
de la historia, cuando se han enfrentado desgracias de esta magnitud, se ha
enriquecido un amplio repertorio de frases que nos ayudan a entender mejor lo
vivido para ir asimilando este largo camino de la aceptación.
“Cuando una
catástrofe sobrevive a la vida, lo primero que se pone en duda es la existencia
de Dios. ¿Lo segundo? Rezarle de nuevo.
Dios siempre
perdona; el hombre, a veces; pero la naturaleza nunca.
André
Maurois: “El tiempo de respuesta y la capacidad de saber cómo actuar, salvan muchas
vidas”.
“En una
catástrofe hay dos momentos límites: cuando ocurre y cuando pasan varios días.
El estrés postraumático es muy debilitante”.
Hoy, el
apocalipsis ha dejado de ser una referencia bíblica. Se ha convertido en una
posibilidad real. Nunca en el acontecer humano se nos había colocado tan al
límite, entre la catástrofe y la supervivencia.
Schopenhauer
en Los Dolores del mundo: “La vida es un mar lleno de escollos y remolinos que
el hombre no evita sino a fuerza de prudencia y cuidados, aun cuando sepa que
si logra escapar de ellos por su habilidad y esfuerzo no podrá, sin embargo, a
medida que avance, retrasar el grande, total, inevitable, incurable naufragio.
Aquí reside el supremo adjetivo de esa navegación laboriosa, para él
infinitamente peor que todos los escollos de que pudiera escapar.
“Experimentamos
dolor, pero no la ausencia de dolor. Sentimos el cuidado, pero no la usencia de
cuidado. El temor, pero no la seguridad. Experimentamos el deseo y el ansia
como sentimos la sed y el hambre. Pero apenas satisfechos todo ha concluido,
como el bocado que una vez tragado deja de existir para nuestra sensación.
“Contemplada
la vida de cada hombre desde lejos y desde lo alto, en su conjunto y en sus
rasgos más salientes, siempre nos hace asistir a un trágico espectáculo. Pero
si se le recorre en los detalles tiene el carácter de una comedia. El aparato y
el tormento del día, los deseos y los temores de la semana, las desgracias de
cada hora, bajo la influencia del azar que siempre piensa en mistificarnos, son
otras santas escenas de comedia.
“Pero los
deseos siempre contrariados, los esfuerzos vanos, las esperanzas que la suerte
pisotea despiadadamente, los errores funestos de la vida entera, con los
sufrimientos que se acumulan y la muerte en el último acto, son la tragedia
eterna. Parece que el destino quiso unir la irrisión a la desesperación de
nuestra existencia cuando llenó nuestra vida de todos los infortunios de la
tragedia sin que podamos ni siquiera sostener la dignidad de los personajes
trágicos. Muy lejos de esto, en el amplio detalle de la vida, habitualmente
desempeñamos el ruin papel de unos pobres seres cómicos”.
Y es que al ver al presidente Enrique
Peña Nieto y a los gobernadores de Puebla, Morelos, Oaxaca y Chiapas exhibirse
en los medios, sacando raja de la tragedia –y a algunos medios de comunicación
haciendo la tarea de lavado de imagen abiertamente –lo primero que uno se debe
preguntar es si estas circunstancias dolorosas se deben aprovechar para el
marketing político. La desgracia no se factura.
Si este país trabajara como se ha
visto trabajar a la gente en las tareas de rescate de cuerpos y vidas, México
sería otro país. La fuerza de su gente es el verdadero poder, el que
transforma, el que ayuda, el que duele y sufre con los que fueron arrollados
por la desgracia.
La tragedia
del terremoto –ojo Televisa –no borra de
la memoria las cuentas pendientes que Ernesto Peña Nieto tiene con la sociedad:
el caso Ayotzinapa, OHL, Odebrech, el crimen organizado y las matanzas y
desapariciones ocurridas en todo el país, la corrupción institucional, la casa
blanca –primer escándalo de corrupción que se hizo público –ni otros agravios
que este gobierno ha causado.
Otro golpe
se le ha asestado a la ciudad de México –así como a Puebla, Chiapas, Morelos y
Oaxaca –con los terremotos de septiembre. Es volver a empezar, una y otra vez.
La vida es una pérdida constante…y también un aprendizaje que jamás se detiene.
Ahí está el coraje de la gente, el
amor, la solidaridad. Un pueblo que tiene que aprender a dejar su orgullo y
correr a abrazar al que sufre. Eso no empequeñece a nadie, al contrario, lo
hace grande porque sólo en la desgracia de otros uno puede reconocerse grande o
miserable.
El terremoto
del 19 de septiembre nos duele a todos, pero ojalá nos enseñe algo nuevo para
que la maestra naturaleza no tenga que repetir la lección.
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