viernes, 6 de octubre de 2017

Meade acude a San Lázaro y se retira como si ya fuera “el ungido” al 2018

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El recibimiento fue terso, respetuoso y hasta republicano. Eran pocos los diputados que acudieron a su comparecencia, apenas 253 de 500. Pero la despedida fue apoteósica… aunque ya con mucho menos asistentes.

José Antonio Meade Kuribreña, el secretario de Hacienda, quien estuvo 6 horas y 37 minutos haciendo la glosa del quinto informe de gobierno de Enrique Peña Nieto y defendiendo el programa económico para el 2018, salió cual torero que ha hecho una buena faena y, además, ha cortado orejas y rabo del animal que tuvo enfrente.

Si ya era uno de los suspirantes a la candidatura presidencial priista, pareció salir como “el ungido” por la gracia del Señor. Orador último, terminó a las 17:42 su intervención número 26 –debió soportar 50 de parte de los legisladores de todos los partidos–, y todavía tardó en salir unos veinte minutos.

Se entretuvo en despedirse de todos los diputados y funcionarios de tribuna. Pero apenas bajó la escalerilla, todo mundo se arremolinó en torno suyo. Se dejó querer. Mujeres y hombres lo abrazaban, le daban palmadas, le daban sobaditas en la espalda; mujeres se disputaban espacio para plantarle un beso; otras se conformaban con apenas tocarlo, como si fuera una imagen religiosa.

Y San Antonio Meade… San José Kuribreña… con un avispero encima, se dejaba apapachar y avanzaba lento por el pasillo principal del Salón de Plenos de la Cámara de Diputados, donde otra vez se presenció la escena de los últimos años: una comparecencia sin brillo, donde por un lado aparece un secretario que no cede en sus criterios ni en sus opiniones, mucho menos reconoce errores gubernamentales y siempre rechaza las críticas. Ni por descuido, un asomo de autocrítica. Y del otro lado, la indolencia de los legisladores.

Era una comparecencia importante la de Meade Kuribreña, por las fantasías del quinto informe presidencial, por el contenido del programa económico para 2018 y los necesarios ajustes que tendrán que hacérsele a éste para las tareas de reconstrucción luego de los sismos del mes pasado.

A leguas se notaba que la mayoría de quienes hicieron uso de la tribuna no tenían claridad en sus planteamientos, que no habían leído los documentos ni traían una estrategia para enfrentar a un técnico experimentado como el secretario de Hacienda.

Pocos fueron los que en realidad hicieron planteamientos y preguntas concretas. Nada –salvo el tema del endeudamiento ilegal en el que ha incurrido esta administración y el crecimiento desproporcionado de la deuda pública– que haya puesto en aprietos al compareciente, que se sintió muy cómodo en decir verdades a medias, en repetir sus discursos de las últimas semanas y en dibujar un México que va viento en popa, que marcha sobre ruedas, cuya economía ha crecido de manera sostenida durante 30 trimestres y cuyo tamaño es ahora 30% más grande que en 2009.

Por ejemplo, nadie reparó en ese dato tramposo: Meade eligió el año 2009 porque fue un año de recesión, en el que la economía se desplomó casi 5%. Una comparación facilona, por decir lo menos.

Como piensan los priistas.

Al final, en la última intervención de los legisladores, la número 50, el diputado priista Jericó Abramo Masso hizo una apología del aspirante presidencial Meade Kuribreña y del presidente Peña Nieto, a quienes prácticamente puso en el cielo y en los anales de la historia patria. Al final hizo dos preguntas concretas al secretario: ¿qué acciones se están tomando para incrementar el gasto social en el país? ¿Y de qué forma se espera revertir la desigualdad económica en México?


Meade ignoró olímpicamente las preguntas, como muchas otras, pero sí se echó un discurso de precandidato, fuera de contexto, como dirigido a quienes van a decidir la candidatura presidencial priista y con un elemento extra, inédito en su discurso: una alabanza, en extremo apologética, de la clase política mexicana. Sí, esa misma que la mayoría de la población detesta.

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