jueves, 9 de noviembre de 2017

El ocaso cae, el testamento es ya ineludible: EPN heredará la peor violencia de la historia moderna


 “¡Por favor, señor! ¡Señor, se lo suplico! ¡Ayúdeme a encontrar a mi hija!”, dijo la madre de una joven al Secretario de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong, el 26 de julio del 2016, en medio una convención contra la violencia de género abarrotada de funcionarios en el estado de Hidalgo.

Ahí, entre la multitud que rodeaba al encargado de la seguridad interior, la madre de Nayeli Elizabeth se arrodilló con el retrato de su hija en manos. Llantos y suplicas se tradujeron en la movilización de las policías ministeriales de Hidalgo y la Procuraduría General de la República (PGR), que tardaron un día en liberar a la joven de 29 años.

Pero en general, las súplicas generalizadas de una sociedad lastimada no fructificaron en voluntad de Osorio Chong para implementar políticas públicas. A cinco años de Gobierno una cosa es clara, el legado del presidente Peña Nieto será el sexenio más violento de la historia.

Si en algún momento se pensó que la guerra del ex mandatario Felipe Calderón Hinojosa llegó al punto más álgido de víctimas posible, el Gobierno del Partido Revolucionario Institucional la superó.

Una vez que los niveles de violencia superaron diversas marcas históricas que dejó el Gobierno anterior, el Presidente Enrique Peña Nieto salió a culpar a las autoridades estatales y municipales de las carencias para proteger a la ciudadanía.

Durante la última reunión del Consejo Nacional de Seguridad, celebrada el 30 agosto, el presidente de la República despotricó contra las fuerzas policiales locales: “Las entidades federativas en muchos casos no cuentan con cuerpos policiacos suficientemente sólidos y confiables, y en el caso de los municipios, muchos ni siquiera han desarrollado sus propias corporaciones”. No era la primera vez que lo hacía.

El presidente indicó que la asistencia de las fuerzas federales brinda a las autoridades locales “no puede, ni debe ser permanente”, pero no ha mostrado ni aplicado otra estrategia que no sea la del fracaso.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), entre 2013 y 2016 hubo 87 mil 778 defunciones por homicidio, estas son 19 mil 355 personas más que en el mismo periodo del mandato de Felipe Calderón.

Para ponerlo en perspectiva, solo en los primeros cuatro años de la Presidencia de Peña Nieto han sido asesinadas la misma cantidad de personas que llenarían el Estadio Azteca.

Aunque el horror apunta a ser mayor, los nueve meses de 2017 – que son los que hasta el momento tienen registro oficial-  perfilan a este año como el año más violento de la historia reciente: de enero a septiembre hubo 18 mil 505 carpetas, un cúmulo que no encuentra precedentes en ese lapso mensual, y que supera las 17 mil 382 carpetas de los primeros nueve meses del 2011, el año más violento de las últimas dos décadas.

LAS POLICÍAS Y LOS MILITARES

Desde el sexenio anterior, Felipe Calderón Hinojosa buscó homologar su propuesta de crear un mando único policial en todos los estados mediante convenios firmados entre el Gobierno federal y los estados.

Sin embargo, las reticencias de los alcaldes para conceder sus policías al control estatal terminaron de evitar que se extendiera este modelo, aun cuando Peña Nieto buscó aprobar esta iniciativa por la vía legislativa en diciembre del 2014.

“Si bien es cierto que el problema ha rebasado a las instituciones policiacas. El mando único rompe con el esquema federalista [en el que cada orden de gobierno tiene sus atribuciones]”, expuso Martínez Serrano.

En términos estratégicos, apunta, tampoco es una garantía. “Es más fácil corromper un solo mando que a tres, prácticamente, estamos haciendo una sola estructura”, expuso Martínez, aunque reconoció que el orden municipal ha sido el más vulnerable a la colusión con el narcotráfico.

La falta de coherencia en las estrategias de seguridad puede venir desde el propio Pacto por México -firmado por el PRI, PAN y PRD- que en su punto número 3.2 promete la creación de la Gendarmería Nacional.

Pese a que hubo una intención de que la Gendarmería era formar un cuerpo de élite, que llegase a 10 mil elementos, se quedó en 5 mil y terminó siendo absorbida por la Policía Federal para proteger zonas económicas y medio ambiente.

“Desgraciadamente, el mando más débil es el municipal, mal pagados, mal entrenados, y en esa lógica los cárteles los utilizan como operarios para actividades ilegales. Sin ir más lejos está el caso de Ayotzinapa, y la policía municipal de Iguala”, dijo Serrano.

El cambio en la misión de la Gendarmería es reflejo de la falta de un proyecto claro sobre seguridad, consideró el investigador de la UNAM.

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