Raymundo Riva Palacio.
Las redes
sociales cambiaron al mundo. Transformaron la forma como se lee, informa,
entretiene, compra, hace negocios, y cambiaron las estructuras verticales de
control y poder, por la horizontalidad. Las redes sociales permitieron
democratizar lo que antes, mediante los medios de comunicación, se filtraba,
procesaba y jerarquizaba. Pulverizaron a los intermediarios y se convirtieron
en atractivas y veloces formas de comunicarse. El mundo ideal donde todos se
hablan directamente, sin discriminaciones sociales ni selecciones darwinianas,
donde uno vale uno sin importar quién sea o a quién represente, fue demasiado
ideal para que dejara de ser utópico. El mundo digital puede estar densamente
poblado de románticos, tautológico y churchilliano, donde abundan quienes saben
mucho de muchas cosas que no son ciertas. Ingenuo o emocional, ese mundo se ha
vuelto presa fácil de quien aprovecha su fuerza para encaminarlo hacia donde lo
desea.
Los hay de
todo tipo. El lunes, Tim Wu, profesor de Derecho de la Universidad de Columbia,
escribió un artículo en The New York Times donde dijo que vivimos una Edad de
Oro para el hostigamiento de la prensa, la propaganda y los esfuerzos
coercitivos para controlar el debate político. Hay un nuevo tipo de censura y
abierta manipulación del discurso político, donde según Wu, disentir no es
posible. “En lugar de eso, los censores más sofisticados del mundo, incluidos
Rusia y China, han pasado una década desarrollando herramientas y técnicas que
se han vuelto importaciones no deseadas en Estados Unidos, con resultados
catastróficos para nuestra democracia”, subrayó. Tanto, que cada vez hay más
evidencia de que el gobierno ruso, a través de sus legiones de hackers en el
mundo, fueron capaces de aprovechar el dinamismo de las redes sociales y su
inclinación a lo que más se ajuste a su pensamiento, abierto o estrecho,
ideologizado o ignorante, para modificar el curso de la elección presidencial
en esa nación y llevar a la Casa Blanca a Donald Trump.
El gobierno
de Vladimir Putin, dijo Wu, fue entre los primeros en reconocer que la palabra
podría ser utilizada como una herramienta de supresión y control, donde a
través de sus “brigadas en la red”, frecuentemente llamadas “ejército de
troles”, diseminaron noticias progobierno ruso, generaron noticias falsas y
coordinaron oleadas de ataques sobre críticos de Moscú. Peter Pomerantsev y
Michael Weiss publicaron un ensayo en 2013, donde argumentaron cómo el Kremlin
emplea la información como un arma y una herramienta para confundir,
chantajear, desmoralizar y paralizar. Viejos maestros de la propaganda, las
redes sociales, donde el éxito del modelo de negocio depende de lo viral de sus
contenidos, se convirtieron en sus mejores vehículos de distribución, que
demostraron su efectividad en las elecciones presidenciales de Estados Unidos,
que tienen volcados en preocupación y búsqueda de antídotos a la clase
política, ante realidades que han rebasado a los gigantes de la tecnología, que
educados en una cultura de libertades, jamás pensaron que esos valores serían
manipulados para conculcar lo que han construido por más de 200 años.
Al iniciar
este miércoles una audiencia en el Capitolio, donde participaron los ejecutivos
de Facebook, Twitter y YouTube, el senador Mark Warner dijo: “Agentes rusos
están intentando infiltrar y manipular las redes sociales para secuestrar
nuestra conversación nacional y hacer que se enojen los estadounidenses, que
nos enfrentemos unos a otros y que socavemos nuestra democracia. Lo hicieron
durante la campaña presidencial de 2016. Lo siguen haciendo ahora. Esta amenaza
no es nueva. Los rusos han realizado una guerra de información durante décadas,
pero lo que es nuevo es el advenimiento de las herramientas de las redes
sociales con el poder de magnificar propaganda y noticias falsas en una escala
inimaginable en los días del Muro de Berlín”.
El manual
ruso, describió Werner, “es simple y formidable”. Opera de esta forma: Sus
agentes desinforman a través de miles de cuentas falsas, grupos y páginas en
una amplia variedad de plataformas. Esas cuentas falsas inyectan contenido en
Facebook, Instagram, Twitter, YouTube, Reddut, Linkedln y otras. Cada una de
esas cuentas invierten meses para desarrollar cadenas de gente real para seguir
y para que les guste su contenido, impulsadas por herramientas como anuncios
pagados y robots automatizados. La mayoría de sus seguidores reales, no tienen
idea de que están atrapados en estas redes. Estas redes son utilizadas más
tarde para empujar y distribuir desinformación, incluidos correos electrónicos
robados, propaganda manejada por el Estado (como RT y Sputnik), noticias falsas
y contenido que divide a la sociedad.
En Estados
Unidos, ochenta mil mensajes rusos en 120 páginas creadas en San Petersburgo en
Facebook alcanzaron a una tercera parte de los estadounidenses, de donde
salieron 120 mil contenidos colocados en Instagram. En Twitter, el 15% de
alrededor de 48 millones de cuentas, eran falsas o automatizadas, y durante la
campaña presidencial dos mil 752 cuentas controladas por agentes rusos y más de
36 mil robots, tuitearon un millón y medio veces en la elección. En YouTube, la
plataforma preferida de RT, se descargaron más de mil videos relacionados con
la guerra cibernética rusa. En 1988, los intelectuales de izquierda Noam
Chomsky y Edward Herman escribieron un libro seminal sobre proaganda, a través
de la cual, argumentaban, se construían consensos para gobernar. Hoy sigue
siendo lo mismo, pero el control es trasnacional, que es lo que buscó Putin. No
hay que ignorar en México lo que está sucediendo en el mundo. El 2018 está cada
vez más cerca.
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