Javier Risco.
Las excusas para no cumplir alguna
obligación siempre son las más fáciles de construir. Decir que en este país
sólo hay 1 por ciento de probabilidad de que se resuelva un delito del que
fuiste víctima, y que eso es culpa del sistema, es no asumir responsabilidades.
¿Cómo podemos medirlo?
Esta semana,
la organización Impunidad Cero dio a conocer el ranking de eficiencia de las
procuradurías estatales, que mide a través de siete variables qué tan bien
están desempeñando las procuradurías la impartición de justicia; desde el
tiempo que se tardan en atender a los denunciantes, la confianza que la gente
les tiene, hasta los recursos que destinan para la resolución de delitos.
Ayer, en el
programa de, Así las Cosas, en W Radio, tuvimos la oportunidad de entrevistar a
Irene Tello, directora Ejecutiva de Impunidad Cero, y a Guillermo Zepeda, uno
de sus investigadores, quienes, además de contarnos el terrible panorama del
desempeño de estas entidades de justicia, nos daban un dato interesante: aquéllas que han avanzado es porque han
sabido cómo implementar correctamente el tan atacado Nuevo Sistema de Justicia
Penal.
¿Cómo? ¿No es ese sistema que el jefe de
Gobierno, secundado por varios gobernadores, ha dicho que es el culpable de que
haya más inseguridad en las calles? Sí, ese mismo sobre el que ha emprendido
una cruzada desde su presidencia en la Conago, ese que lleva poco más de un año
de funcionar por completo en todo el país y que tardó ocho años en
implementarse.
De acuerdo
con este ranking, que observa buenas y malas prácticas en los ministerios
públicos, la entidad mejor evaluada en
su desempeño es Chihuahua, con 450 puntos de 700, mientras que al fondo de la
tabla se ubica Guerrero, con 180. ¿Cómo en un mismo país hay tanta diferencia?
“Tiene que ver con las variables:
cuánto destinan a la procuración de justicia per cápita en los estados, cuántos
ministerios públicos tienen por cada 100 mil habitantes, cuánto tardan en
atender a la gente cuando va a presentar una denuncia, qué tantas
probabilidades tienen de esclarecimiento de los delitos, ya sea de homicidio
doloso y en general”,
detallaba Irene Tello.
Ante este
abismo entre una y otra, cuestionamos
cómo había hecho el estado gobernado por el panista Javier Corral para ser
medianamente eficiente y notablemente mejor que el resto, y la respuesta fue
simple: ha sabido aprovechar las bondades del nuevo sistema.
Y es que uno de los propósitos
fundamentales de transitar a los juicios orales era despresurizar la enorme
carga de trabajo que existía en los ministerios públicos, otorgando un peso
importante a medidas alternativas de solución de conflictos, es decir: que no
todo sea cárcel, sino que pueda haber mediación, otras medidas cautelares para
delitos de alto impacto. ¿Para qué? Para que los de por sí pocos ministerios
públicos y la policía de investigación se dedicara de lleno a resolver los
delitos de alto impacto, como el homicidio o el secuestro.
Esto
implicaba no sólo un cambio de nombre, sino una forma diferente de concebir la
impartición de justicia, chip que no cambiado en más de 20 entidades, según los
resultados de este índice.
“Sí vimos que hay un aumento de
efectividad con el nuevo sistema de justicia penal acusatorio: es 80 por ciento
más efectivo que el anterior sistema, son cifras que tenemos que usar en vez de
usar argumentos para intentar asustar a la gente de que no está funcionando”, agregaba Tello.
¿Qué es lo que está fallando? Además
de la corrupción que aún impera y la enorme desconfianza de la gente en las
procuradurías, debemos analizar si estamos atendiendo adecuadamente a las
víctimas, si tenemos mejores unidades de medidas cautelares, si hay fiscalías
especializadas o si simplemente estamos desarrollando pretextos para no hacer
bien lo que nos corresponde.
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