Jorge Javier
Romero Vadillo.
El candidato
triunfante en la elección presidencial y su equipo de trabajo han dedicado las
últimas semanas a exponer un mosaico abigarrado de proyectos y propuestas para
el próximo gobierno. Ha habido de todo:
listados de intenciones, ocurrencias, disparates y, sí, propuestas sensatas que
apuntan en la dirección correcta para enfrentar algunos de los agudos problemas
que vive el país.
A nadie se
le escapa que uno de los principales retos que deberá enfrentar la presidencia
de López Obrador, si no es que el principal, es reducir la ola de violencia en
la que el país se encuentra sumido desde hace más de diez años, como
consecuencia de la guerra a las drogas decretada por Felipe Calderón. Los datos
son muy conocidos: 2007 fue el año con menor tasa de homicidios de la historia
del México independiente, cuando hubo ocho asesinatos por cada cien mil
habitantes; era el punto culminante de una tendencia a la baja que había
comenzado al final de la década de 1980 y que situaba México en niveles
cercanos a los de los países más desarrollados del mudo.
Es verdad que durante los primeros
años de este siglo la percepción de inseguridad había crecido entre la
población y que en algunos estados del país la fuerza alcanzada por las
organizaciones dedicadas esencialmente al tráfico de drogas prohibidas estaba
poniendo en riesgo la paz y la estabilidad. Nuevas organizaciones estaban
irrumpiendo en el mercado y lo disputaban con altos grados de violencia, pero
existe evidencia suficiente para probar que las cotas homicidas alcanzadas
durante el gobierno de Calderón y que se han mantenido prácticamente estables
desde entonces fueron resultado de la estrategia errónea del gobierno, que optó
por la militarización de la seguridad y el desmantelamiento de los cuerpos
locales de seguridad, con el pretexto de su complicidad con las bandas de
traficantes.
La decisión
de Calderón no fue sino la continuación radicalizada de una política que
arrancó en los Estados Unidos en 1971 y que fue impuesta a México y a otros
países de América Latina durante el gobierno de Richard Nixon, cuando declaró
con falsedad que el consumo de drogas era el enemigo número uno de la sociedad
norteamericana y que, por tanto, se empeñaría en combatirlo con toda la fuerza
de Estado. Mucho se ha documentado que aquella declaración de guerra tenía una
agenda política oculta, pues el objetivo de Nixon no era la salud de la
población, sino contar con instrumentos para hostigar y encarcelar a sus
enemigos políticos: los activistas de los derechos civiles y los contrarios a
la guerra de Vietnam, mientras que el objetivo perseguido en América Latina,
con los despliegues militares para destruir cultivos y frenar el tráfico, era
en realidad frenar el crecimiento de las fuerzas insurgentes de izquierda, en
el ambiente de endurecimiento de la guerra fría de la década de 1970.
Aunque la
prohibición de las drogas viene de atrás, fue
la estrategia de guerra la que exacerbó la violencia relacionada con el
tráfico, llenó las cárceles de consumidores sin delitos violentos y agravó
exponencialmente los riesgos sanitarios del consumo. En México, donde nunca
hemos tenido un problema de salud pública relacionado al consumo de sustancias,
la estrategia de guerra se siguió con altibajos, a partir de la “operación
Cóndor” de los tiempos del gobierno de Luis Echeverría. Cuando bajaban las
presiones estadounidenses, las aguas volvían a su cauce y la producción y el
tráfico de sustancias, sobre todo de mariguana y de opio, volvía a darse sin
altos grados de violencia, amparadas en las protecciones que las autoridades
mismas les vendían para seguir con un negocio que no hacía otra cosa que
satisfacer la demanda sostenida de los Estados Unidos.
Calderón, en un intento de
presentarse como un presidente enérgico contra la delincuencia y por presiones
del gobierno de Bush, decidió reactivar la guerra con toda la fuerza del Estado
disponible, y se propuso desmantelar las redes de protección que las autoridades
le brindaban al tráfico. Lo hizo sin un diagnóstico claro y sin una buena
estrategia de reconstrucción institucional, que sustituyera a las redes de
venta de protecciones particulares por cuerpos estatales de seguridad y
justicia capacitados y profesionales. El resultado es conocido por todos.
La guerra contra las drogas y sus
devastadores resultados no han hecho otra cosa que mostrar el enorme
despropósito que como política pública ha sido la prohibición. Nacida a principios del siglo
pasado, la estrategia prohibicionista
para enfrentar los consumos potencialmente peligrosos de sustancias no solo no
ha resuelto los problemas de salud vinculados a las adicciones, sino que los ha
agudizado, pues ha aumentado sustancialmente el riesgo del consumo y ha
sometido a los usuarios a la clandestinidad, al riesgo de cárcel y a la
violencia de un mercado regulado por delincuentes.
Desde hace décadas se cuenta con
evidencia que las estrategias basadas en la regulación y en las políticas de
salud de reducción de daño son mucho más eficaces para proteger la salud de la
población que el prohibicionismo.
Desde las estrategias pioneras de los
Países Bajos, en la década de 1970, pasando por la despenalización en Portugal,
hasta los recientes casos de legalización de la mariguana en buena parte de los
Estados Unidos, en Uruguay ahora en Canadá, está claro que no es con la
utilización del sistema de justicia penal y con la represión de los
consumidores que se obtiene buenos resultados.
Olga Sánchez
Cordero ha hecho su presentación como
futura secretaria de Gobernación poniendo la pacificación del país como su
objetivo prioritario. Y lo ha hecho con tino, pues entiende el papel que ha
jugado el prohibicionismo y la estrategia de guerra en la salida de madre de la
violencia en México. Se ha mostrado dispuesta a cambiar el rumbo y a apostar
por la regulación de las drogas como uno de los instrumentos para reducir la
violencia. Tiene toda la razón, pues en México el mayor problema de salud
vinculado a las drogas son las muertes causadas por la violencia relacionada
con el tráfico. La regulación bien diseñada y diferenciada de las drogas es
indispensable para comenzar a revertir la espiral en la que el país está
atrapado.
La despenalización de todo el consumo
sacaría a miles de jóvenes presos por delitos no violentos de las cárceles, la
regulación de la mariguana y de la amapola, para cubrir la demanda nacional de
opiáceos médicos, le quitaría buna parte de su negocio a los delincuentes y les
quitaría recursos para seguirse armando y reclutando. Una buena política de
salud de prevención y reducción de daños, acompañada de inversión en centros de
atención a los usuarios problemáticos de sustancias, acabaría por dar muchos
mejores resultados que los obtenidos con la absurda guerra en la que estamos
metidos. De ahí que Sánchez Cordero merezca todo el apoyo social necesario para
llevar a buen puerto su iniciativa, sobre todo porque las presiones de los
Estados Unidos y de los conservadores locales serán duras.
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