Gabriel Sosa
Plata.
Al revisar
mis archivos me reencontré hace unos días con un recorte de periódico que no
podía de dejar de compartirles, sobre todo a los millennials: “Televisa no está
vinculada al poder ni a la política”, dice la cabeza del texto publicado por el
periodista Alejandro Salazar Hernández en la sección de Espectáculos del ya
desaparecido periódico El Nacional. Y como balazo: “Conversación con Emilio
Azcárraga”.
En su
momento, hace más de 25 años, las declaraciones de Emilio Azcárraga Milmo,
publicadas por el diario en dos partes, una el 11 de febrero de 1993 y la otra
al día siguiente, generaron estupor. El poderoso empresario soltó la frase que
quedó como un registro histórico de la manera en cómo el entonces monopolio de
la televisión comercial veía a sus televidentes:
“México es
un país de una clase modesta muy jodida… que no va a salir de jodida. Para la
televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su
triste realidad y de su futuro difícil. La clase media, la media baja, la media
alta. Los ricos como yo no somos clientes, porque los ricos no compramos ni
madre”.
Alejandro
Salazar relata que en esa ocasión, Azcárraga Milmo se encontraba “desbordando
en todo momento de buen humor (lo que extrañó a muchos trabajadores de la
transnacional) y haciendo gala de ironía”. El empresario encabezaba en sus
instalaciones de San Ángel una ceremonia de entrega de reconocimientos a los
protagonistas de la telenovela “Los ricos también lloran”, producción de
Valentín Pimstein, por los resultados obtenidos en sus transmisiones en 40
países.
Continuó
Azcárraga:
“En pocas
palabras, nuestro mercado en este país es muy claro: la clase media popular. La
clase exquisita, muy respetable, puede leer libros o Proceso para ver qué dice
de Televisa… Estos pueden hacer muchas cosas que los diviertan, pero la clase
modesta, que es una clase fabulosa y digna, no tiene ninguna otra manera de
vivir o de tener acceso a una distracción más que la televisión”.
Vaya
declaraciones.
Después de un cuarto de siglo ¿qué
tanto ha cambiado la percepción que Televisa y otras televisoras tienen de las
audiencias? No creo que mucho y por lo mismo se continúan aplicando recetas de esa
época en materia de programación. Tampoco se ha modificado la idea que las
audiencias somos números, rating, clientes y no personas con derechos. Esto
explica el combate que durante este año sexenio vimos, por citar dos casos, en
contra de los derechos de las audiencias y a una regulación más estricta para
la publicidad de alimentos nocivos para salud, especialmente la destinada a
niñas y niños.
TELEVISIÓN Y
BASURA
Por supuesto, en todo este tiempo, el
escenario de oferta y de consumo de contenidos audiovisuales se transformó
radicalmente. Hoy “la clase modesta” tiene más distracciones y medios de acceso
a la información, además de la televisión. Sin embargo, parece que en ocasiones
sigue sin entenderse este cambio y se mantienen los intereses o complicidades
que repercuten en la calidad y la pluralidad de los contenidos, así como el
respeto a los derechos humanos. No en vano, la televisión abierta vive una
incertidumbre ante la competencia de los nuevos jugadores disruptivos del mundo
digital, que echan por la borda la fanfarronería existente en el pasado.
Al respecto,
otra memorable frase de Azcárraga, obtenida de ese evento:
“Ustedes
nunca han visto un aparato de televisión en la basura, nunca. Yo les juego lo
que quieran… A ver, alguno de ustedes, que se presumen periodistas de muy muy,
díganme: ¿cuándo han visto un aparato de televisión en la basura? Estoy
esperando… Sí, la televisión empezó aquí en 1952, debe haber muchos aparatos
que ya no sirven. ¿O dónde carajos están los aparatos que ya no sirven? ¿los
desaparecieron? ¿se los comieron?”.
Una vez más
Azcárraga fue superado. El apagón analógico sí nos permitió ver lo que el
empresario dijo que nunca ocurriría. Es más, ahora hasta televisores digitales
podemos encontrarlos en la basura porque su vida es mucho más corta que la de
los televisores analógicos, que se conservaban en la casa para heredarlos a los
hijos, a los nietos y a los bisnietos. Estos equipos ya no son “infalibles”, a
diferencia de lo que decía el presidente de Televisa, como tampoco las
lealtades de las audiencias o de los periodistas, actrices o actores que
estaban sometidos al yugo de los contratos de exclusividad.
CONTRATOS DE
EXCLUSIVIDAD
Los
contratos de exclusividad -explicaba también Azcárraga a los periodistas- “son
una necesidad” para los artistas “y para nosotros”. “Si lo firman, reciben una
cantidad mensual. Antes se les pagaba solo cuando trabajaban; cuando no lo
hacían no había remuneración. Ellos manifestaron siempre su interés por recibir
una iguala, a fin de saber con qué cuentan, y que cuando su trabajo reporte
algunos otros frutos se les pague tradicionalmente para que tengan manera de
comprarse una casa, un automóvil o planear seis años de su vida”.
Estos
contratos fueron un dolor de cabeza para la empresa, pero mucho más para
quienes formaban parte del mundo artístico. El monopolio de la televisión
comercial daba poco margen de maniobra para moverse. La privatización de la
televisión estatal, justo en 1993, alentó las expectativas para aquellas
generaciones de artistas que eran ignoradas o desplazadas por talentos más
jóvenes en la televisora. Fue un cambio importante y necesario que vino con la
competencia.
Entre las
filas de sus artistas exclusivas estaba Verónica Castro, actriz principal de
“Los ricos también lloran” y de muchas otras telenovelas que Televisa
transmitió y exportó con éxito a otros países.
“Lo que vale
es cuando uno se enfrenta a un auditorio de millones de personas y éstas
deciden sintonizar algo que además de alegría, les ofrece un entretenimiento
sano y que les brinda satisfacción interna. Eso es la televisión, y entre
muchos esfuerzos realizados, el más importante de ellos dentro de Televisa,
curiosamente, se llama Los ricos también lloran, para que vean que yo, siendo,
habiendo nacido rico, también lloro ¿verdad? Por eso estamos reunidos”.
Hoy Verónica
Castro, justo por las complicidades políticas y económicas, fue vetada por la
televisora. Su “error”: “criticar a su ex cuñada, la actriz Angélica Rivera,
por haber anulado el casamiento con su hermano, el productor José Alberto
‘Güero’ Castro, para poder contraer nupcias con el político mexicano Enrique
Peña Nieto”, precisa Mónica Maristain en Sin Embargo (17 de agosto de 2018).
La
reconocida actriz ahora interpreta una “madre poco ingenua y con mucho
prejuicio” en La casa de las flores, una serie que transmite Netflix, la
poderosa empresa estadounidense de contenidos digitales que ha puesto en jaque
a las televisoras tradicionales. El año pasado, el columnista de negocios
Hiroshi Takahashi, así interpretaba el lanzamiento de la nueva serie: “Netflix,
de Reed Hastings, le seguirá pegando a Televisa, de Emilio Azcárraga Jean, todo
el próximo año, ahora en el terreno que más le podría doler a la televisora
popular que estaba acostumbrada a dominar a las audiencias cautivas con
cualquier contenido de mediocre calidad que lanzaba”. (El Heraldo, 7 de
diciembre de 2017).
Otro giro de la historia. De la
televisión para los jodidos al 2018 mucho ha cambiado, pero aun así hay quienes
se resisten al cambio. Tuvo razón Azcárraga Milmo: los ricos también lloran.
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