Cristina
Barros.
Desde mi punto de vista, el Movimiento
Estudiantil de 1968 debe considerarse como uno de los hechos más importante de
la historia contemporánea de México, más allá del 2 de octubre.
Inicia en un contexto de descontento
social que había manifestado desde el sexenio de Adolfo López Mateos
(1958-1964), con el movimiento magisterial y luego con el movimiento
ferrocarrilero; en ambos casos se demandan mejores condiciones laborales. La
respuesta fue la represión y la cárcel para los principales líderes. Era el
Secretario de Gobernación Gustavo Díaz Ordaz y el subsecretario Luis Echeverría
Álvarez. En ese mismo sexenio también hubo protestas en el campo; en 1962
fueron asesinados el líder campesino Rubén Jaramillo y su familia. De esto
debieron estar bien enterados en la Secretaría de Gobernación. El siguiente
sexenio con Díaz Ordaz en la Presidencia y Echeverría Álvarez en Gobernación,
inició con la represión al movimiento médico que también demandaban mejoras en
las condiciones laborales. La respuesta fue la misma.
Surge entonces el movimiento
estudiantil de 1968 como respuesta a la represión de la policía del Distrito
Federal y a la del Ejército tras lo que, a la distancia, evidencia haber sido
una provocación, en especial por la destrucción de la puerta del Colegio de san
Ildefonso, que por tantos años albergó a la Preparatoria Nacional.
Ante esta
agresión que claramente violó la autonomía universitaria, el Rector Javier Barros Sierra izó la bandera a media asta el 28 de
julio en la explanada de la Rectoría y días más tarde, el 1 de agosto, aceptó
la propuesta de los estudiantes de encabezar una marcha en protesta por la
agresión y el encarcelamiento de varios estudiantes y, desde luego, también por
la violación a la autonomía universitaria.
En esa marcha participaron
estudiantes no sólo de la UNAM, sino también del Instituto Politécnico
Nacional, de la Universidad Autónoma de Chapingo y de otras instituciones educativas.
Pero el movimiento también tenía como trasfondo un rechazo al autoritarismo del
gobierno y muy probablemente, también la inquietud por su futuro como
ciudadanos en un país marcado por la desigualdad.
El 2 de
agosto se constituyó formalmente el
Consejo Nacional de Huelga (CNH). Lo integraron estudiantes de la UNAM y del
IPN. A partir de ese momento los estudiantes iniciaron una campaña para
informar a la población. Recuérdese que no había redes sociales. Los medios
para comunicarse eran los volantes, las pintas, la palabra directa. Los jóvenes
se subían a los camiones de pasajeros y ahí, hombres y mujeres repartían sus
escritos informativos o comunicaban su palabra de manera directa. Así lo
describe Jesús Vargas Valdez, estudiante de la Escuela Nacional de Ciencias
Biológicas del Poli:
“La participación en el brigadismo de
todos los días y la organización de mítines relámpago, condujo a los
estudiantes a un punto de encuentro cada vez más directo con el pueblo. Se
rompió con la concepción de que el título profesional era el premio del
esfuerzo individual y nada más. Se entendió que quienes teníamos la oportunidad
de estudiar lo hacíamos a costa del sacrificio de quienes hacían producir la
tierra, las minas, las máquinas de las fábricas, a cambio de salarios
miserables” (La
patria de la juventud. Los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional,
2018, p. 122).
La población hizo suya la causa lo
muestran volantes, mantas, comida, todo lo que los estudiantes requerían para
hacer su labor, salió de las colectas populares, ya fuera en especie o en
dinero. Otra muestra de esta cercanía fueron los momentos en que personas de
los barrios cercanos a Tlatelolco o al Casco de Santo Tomás, participaron en
algunas ocasiones con los jóvenes para repeler los ataques de la policía y del
Ejército, por lo que el movimiento fue más que estudiantil.
Esta
situación, nuevas provocaciones como la
toma del campus universitario por el Ejército de manera totalmente violatoria e
injustificada, y el éxito de las marchas que se organizaron, entre otras cosas,
dio pie a que el movimiento se radicalizara, hasta llegar al 2 de octubre. No
me detengo en ese indignante y doloroso momento que evidenció como pocas veces,
el carácter represor del Gobierno mexicano. En los meses posteriores muchos
estudiantes fueron torturados y encarcelados, sino es que muertos. Otros, que
pudieron salvarse de la masacre y de la cárcel, decidieron hacer labor social y
política ya fuera de las aulas, en diversas regiones del país.
Las reflexiones de varios de ellos y
su visión de lo ocurrido entonces constan en libros como Los días y los años de
Luis González de Alba, La estela de Tlatelolco de Raúl Álvarez Garín, y más
recientemente en el texto ya mencionado de Jesús Vargas Valdez. En cuanto a la
excepcional actitud del Rector: enfrentarse al Gobierno represor y hacer
pública sus diferencias, defendiendo la autonomía universitaria con energía y,
al mismo tiempo, defendiendo las garantías que conforman una democracia y el
derecho de los jóvenes a disentir; considero que, aunque un poco tarde, fue
entendida por varios de los protagonistas de entonces.
Quisiera referirme al respecto a una
carta que enviaron al Rector Barros Sierra, en 1970 desde la cárcel, el mismo
Luis González de Alba, Eduardo del Valle, Salvador Martínez de la Rocca, y
Gilberto Guevara Niebla, todos ellos integrantes de lo que fuera el Consejo
Nacional de Huelga. Me parece importante recordarla de cara a los lamentables
acontecimientos ocurridos en la UNAM en este aniversario del 68. Ahí enfatizan
que ser joven va más allá de la edad cronológica:
“Se ha dicho que en 1968 cayeron
muchos mitos y es verdad: pero todos los que señalan son externos… No hemos
dicho que los jóvenes estábamos creando una nueva mitología y el valor que
dábamos a la juventud como simple edad cronológica, era uno de los muros que
más pronto podían habernos aislado en esquemas tan rígidos como los que
deseábamos romper. Ahora los jóvenes sabemos que para serlo no basta tener
veinte años; sino también, muchas de las cualidades que caracterizan al rector
de 1968…”.
Más adelante afirman que su camino y
el del rector tienen un punto de confluencia:
“Por muy distintos caminos, y aunque
algunos hayan iniciado el recorrido más temprano, los hombres se encuentran en
un punto común, en un cruce de caminos: la rectitud. No es la primera vez que
una causa justa une a personas que obran de buena fe; más bien es la
frecuente”.
Y aludiendo
a la exclamación de Barros Sierra en un discurso improvisado dicho en la Facultad
de Arquitectura: ¡Viva la discrepancia,
porque es el espíritu de la Universidad!, precisan:
“Tampoco queremos decir que hayamos
compartido todas las opiniones; ni usted ni nosotros lo hubiéramos deseado;
pero hasta en las mayores discrepancias pudieron superarse y no nos
convirtieron en oponentes. Más bien era como cuando surgen dificultades
familiares: basta que un tercero ataque a una de las partes para que
desaparezca todo desacuerdo”.
También
afirman que siguen siendo los mismos, “tanto
usted como nosotros, y que no retrocedimos ni fuimos vencidos; algunas batallas
pueden perderse, pero, aunque las últimas hayan costado tanto, de ninguna
manera fueron definitivas”. En ambos casos no tendrán de que avergonzarnos en
el futuro, y ésta, afirman “…es la otra cara de la moneda, tal vez distinta de
la que Ud. vivió, pero inseparable de ella”.
“Es necesario decirlo porque con su
labor en la Rectoría termina un período que tuvo para todos una importancia que
aún no podemos apreciar. No queremos decir con esto que se acabe una lucha que
apenas empieza, sino que, en el recuerdo, que es lo que importa en cada hombre,
en el recuerdo y en el afecto, se cierra un capítulo y se abren otros.
“Estamos convencidos de que, aunque
usted va por su camino y nosotros por el nuestro, no sólo nunca estaremos en
campos enemigos, sino que nos seguiremos encontrando en circunstancias
similares”.
Retomo de
estos párrafos, la afirmación de que el
Movimiento del 68 no fue la última batalla, por más costos que haya tenido.
Mientras en el país persista el autoritarismo, la desigualdad y la injusticia,
los ideales de aquella juventud permanecerán. Cada generación de acuerdo a su
momento histórico tendrá que dar su propia lucha. Lo importante es hacerlo con
inteligencia, de buena fe y sin perder la perspectiva. Cierro con estas muy
actuales palabras de Javier Barros Sierra:
“No sobra repetir que quienes
renuncian a entender a la juventud de hoy y sus inquietudes, muy fácilmente
caen en la creencia de que los únicos tratamientos que a ella pueden dársele
son la represión o la corrupción, sea para neutralizarla o para utilizarla como
instrumento. Se les escapa que la única posibilidad eficaz y válida, para no
hablar de lo puramente moral, es educarla…
“Tal tarea es ingente y ardua: se
puede corromper a algunos jóvenes en un minuto, reprimir a muchos en un día;
pero el proceso educativo no se completa en un mes ni en un año. Nosotros, por
supuesto, hemos escogido el camino difícil. Y la educación debe contener la
formación social y política”.
Palabras a
los universitarios, 13 de diciembre de 1967, p. 26.
–Cristina
Barros Valero. Escritora, maestra, columnista y divulgadora dedicada a la
investigación de la Cocina, Historia y Cultura Popular Mexicana, es hija de
Javier Barros Sierra, Rector de la UNAM en el movimiento de 1968. Cristina
Barros es Licenciada en Lengua y Literatura Españolas y Maestra en Letras por
la UNAM. De 1968 a 1980 fue profesora de la Facultad de Filosofía y Letras en
la Máxima Casa de Estudios. En 2000 recibió la presea Miguel Othón de
Mendizábal por su contribución a la conservación, protección y difusión de
nuestro patrimonio cultural, otorgada por el Conaculta y el INAH. Desde 2004 es
una de las principales promotoras de la Cocina Mexicana y logró que ésta fuera
reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.
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