Javier Risco.
Es llegar al
mismo callejón sin salida. Hacer las declaraciones patrimoniales, de intereses
y fiscal, como si se tratara de rellenar un espacio con letras y números
absurdos; no es mostrarles a los ciudadanos el terreno ganado en rendición de
cuentas. Aunque este gobierno ha hecho pública su intención de tener
funcionarios honestos y comprometidos con la transparencia, llegamos a la misma
pared que desde hace años nos encontramos quienes esperamos tener una
referencia de cómo y cuánto tienen al llegar a sus cargos públicos.
Después de
un sexenio en el que el gobierno de Peña Nieto evadió a toda costa cualquier
tipo de transparencia y los medios se encargaron de hacer pública su 3de3 a
punta de reportajes de investigación, urge una muestra de cómo hacer bien las
cosas.
“Nunca me ha
interesado el dinero, lucho por ideales, por principios. Aunque también aclaro,
para no ofender a nadie, que no todo el que tiene es malvado”: bajo esta
premisa, López Obrador a sus 65 años no tiene nada que le pertenezca en la
vida; de hecho, no ha ganado un peso por escribir más de una decena de libros.
Es un tema en el que siempre se escuchan los mismos argumentos a favor y en contra;
de un lado, algunos dicen: “no puede ser que el Presidente no tenga una tarjeta
de crédito, no gane un peso en todo un año, no tenga ni siquiera el jetta a su
nombre”; por otro lado se escuchan voces contestando: “si supieran cuántos
mexicanos no tienen una tarjeta de crédito, no pensarían eso; vivía de lo que
le daba el partido, ese carro es de su esposa”, y así llegamos al mismo final
que nos han heredado los gobiernos anteriores, un Ejecutivo incapaz de hacer
una declaración patrimonial, de intereses y fiscal que sirva como modelo para
todos los servidores públicos debajo de él.
Cuando
apareció en la portada de la revista ¡Hola! el excoordinador de comunicación,
César Yáñez, quedó expuesta la fragilidad de la austeridad por contacto. Nadie
como Yáñez había estado tan cerca de López Obrador en los últimos 20 años
–estoy casi seguro que lo veía más que a sus hijos–; sin embargo, había caído
en lo que tanto habían criticado, la opulencia en la ceremonia más íntima. La
portada en la revista que se convirtió en el álbum familiar del expresidente.
Hoy le ha cobrado factura. Después de regresar de la luna de miel, se ha
convertido en el secreto mejor guardado del actual gobierno; nadie sabe si
opera y si está presente en los actos más importantes del Presidente; hasta el
momento pocos lo han visto. Cómo exigirle a Yáñez una respetable 3de3, cuando
su jefe, con una declaración de propiedades digna de un monje franciscano, es
incapaz de poner el ejemplo (por cierto, al día de ayer, Yañez no había
presentado su 3de3 en el portal de Declaranet).
Bien lo
escribió ayer la doctora Jacqueline Peschard, expresidenta del Comité de
Participación Ciudadana y del Comité Coordinador del Sistema Nacional
Anticorrupción, en las páginas de este medio: “Abanderar la lucha contra la
corrupción y no predicar con el ejemplo es, por decir lo menos, demagógico (…)
¿No habría sido mejor que todo el gabinete publicara sus declaraciones por
decisión propia, no para pretender que carecen de bienes y propiedades, que
suponemos adquirieron por vías legales, sino para mostrar su determinación de
ser ejemplo de integridad?” Por qué es incapaz el Presidente de demostrar que
toda su vida ha vivido de un trabajo digno y honesto, por qué simular una vida
imposible de llevar. Ahora al menos pone su salario en la declaración actual,
pero hubo años que presentó su 3de3 con cero pesos generados en todo un año. En
fin, ojalá el cambio prometido venga con nuevas formas de transparencia, con
rendición de cuentas reales y con un Ejecutivo que sirva como modelo a seguir,
como el primer Presidente que llega con las puertas abiertas.
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