Javier Risco.
En el libro Osiel, el periodista Ricardo Ravelo explora la
vida de uno de los líderes del crimen organizado más complejos y sangrientos de
las últimas décadas, el fundador de Los Zetas, Osiel Cárdenas Guillén. El
trabajo periodístico basado en expedientes judiciales con voces de testigos protegidos
cuenta la manera en la que operaba el capo, sus momentos familiares, sus
miedos, la manera en la que dormía vestido para huir, los millones que juntó a
causa del temor que infundía, las traiciones y por último su detención. Ese
capítulo, el de su captura, es digno de película de Hollywood. Alejado en una
playa perdida y solitaria del país, Osiel decide pasar una tarde viendo el mar
con unas cervezas heladas, de pronto aparece una mujer que le ofrece leerle la
mano para darle a conocer su futuro; escéptico y desconfiado se niega y la deja
pasar. Tras el paso de la tarde, unas horas después, vuelve a aparecer la
“adivina”, esta vez el capo tiene una corazonada y decide darle su mano. La
conclusión de la plática es demoledora, la mujer al pie de la playa le dice a
Osiel Cárdenas que su gente de mayor confianza, que el más cercano, lo
traicionará, que por él caerá en manos de las autoridades. Desesperado y fuera
de sí, el capo manda llamar a su escolta personal y da la orden de matar a la
persona que lo ha acompañado hasta el último instante, al que sabe todos y cada
uno de sus movimientos, su operador financiero y brazo derecho. El escolta
angustiado por la orden no se atreve a matarlo y le dice al asistente de Osiel
que huya, que el jefe por alguna razón ha dado la orden de ejecutarlo.
Desconcertado por la reacción de su “mejor amigo”, al que le ha sido fiel los
últimos años de su vida, decide huir y convertirse en testigo protegido. Con
esta voz del lado de las autoridades, con la operación de Osiel en la cabeza de
su más cercano, fue cuestión de tiempo su detención, como con la mayoría de los
líderes del crimen organizado. Una mañana de un compromiso familiar obligado,
el Ejército lo rodea y lo captura. Así se marcó el fin de era del poderoso
Osiel Cárdenas Guillén.
Siempre hay alguien que habla, la mayoría de las historias
del narco se enmarcan en testimonios que van reconstruyendo la vida desconocida
de estos delincuentes. Hoy en Nueva York vamos conociendo la historia de
Joaquín Guzmán Loera, en voces de decenas de testigos; tal vez el que más
información ha dado para entender la vida del nacido en Badiraguato ha sido
Alex Cifuentes, un narcotraficante colombiano que vivió durante dos años en las
montañas de Sinaloa con El Chapo, convirtiéndose no sólo en su mano derecha,
sino también en su mano izquierda, como él mismo lo ha declarado. “Hacía lo que
Joaquín me pidiera”, señaló ante la corte estadounidense. En una nota firmada
por el periodista Sandro Pozzi, Cifuentes habla de la rutina de Guzmán Loera:
“La residencia donde pasó más tiempo era Las Trancas. El Chapo tenía unas siete
propiedades en las montañas del Triángulo Dorado, según su recuento. A una le
llamaban La Playa, porque estaba junto a un pantano. Eran estructuras pequeñas,
de madera, que contaban con sus propios generadores. Tenían televisión vía
satélite y acceso a Internet. ‘No eran lujosas –dijo– para no llamar la
atención del Ejército’”.
Ayer este testigo
puesto por la fiscalía estadounidense dio una declaración bomba, la “mano
derecha” del Chapo señaló que el Cártel de Sinaloa sobornó al expresidente
Enrique Peña Nieto en octubre de 2012, dos meses antes de que tomara posesión.
Cifuentes dice no recordar la cifra exacta, pero rondaba entre los 100 y 250
millones de dólares”; de acuerdo con la nota del periodista Pozzi, “su
testimonio está basado en declaraciones y en fotografías enviadas a su móvil,
pero nunca fue testigo presencial del supuesto pago, que se habría hecho en
‘maletas repletas de dinero’ a través de una persona a quien identificó como
‘la comadre María’”. Son dichos de un delincuente, son palabras que requieren
una investigación formal por el nivel de las acusaciones. Ojalá exista una
indagación en curso en nuestro país del brazo delictivo de Joaquín Guzmán
Loera, las cuentas pendientes y sus alcances financieros; por lo pronto en
Nueva York, a kilómetros de aquí, cabe cualquier señalamiento.
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