Por Ricardo
Ravelo.
Autoridades mexicanas y
estadunidenses integran un voluminoso expediente criminal que implica a una
banda de pseudoperiodistas dedicados a la extorsión de políticos, empresarios y
funcionarios públicos y que entre sus antecedentes delictivos figuran sus
presuntos nexos con el cártel de Tijuana, según consta en las indagaciones.
Esta amplia red delincuencial, cuyos
integrantes se presentan como comunicadores y presumen relaciones con
periodistas de medios de comunicación reconocidos –utilizan sus nombres como
punta de lanza para amenazar a sus víctimas si no pagan sumas cuantiosas para
no publicar información comprometedora — opera en Tijuana, Baja California,
presuntamente al amparo de las autoridades locales.
Se trata de una organización temible
que, de acuerdo con las investigaciones, también está dedicada al lavado de
dinero en negocios de esa ciudad fronteriza. Un dato curioso: todos sus
integrantes –al menos los que hasta ahora se conocen –tienen antecedentes
penales en Baja California, pero por razones que no se explican más que por un
presunto contubernio al más alto nivel esta organización de extorsionadores
goza de impunidad. Nadie los toca.
De acuerdo
con el expediente del caso 03309/2018 NUC No. 04-2018-55438, el jefe de la banda es José Santiago Correa
Collazo, a quien se le relaciona con René Arzate García, un presunto sicario
del cártel de Tijuana conocido en el mundo del hampa como “La Rana”, cuyo
deporte es el asesinato. Su historia de terror es utilizada por Correa Collazo,
según el expediente, “para ablandar a sus víctimas”.
Santiago
Correa fue detenido el 15 de diciembre
de 2018 en Tijuana y en plena flagrancia, justo en el momento en que un
empresario le entregaba un sobre de dinero para que dejara de molestarlo en
redes y en varios portales locales que utilizaba para enderezar sus campañas
calumniosas.
El empresario ya lo había denunciado
porque, según la acusación, desde hacía tiempo lo venía amenazando con publicar
información comprometedora sobre sus negocios; también le dijo que dicha
información iba a perjudicar a su familia si no le pagaba una suma millonaria.
El caso es que la policía estatal
detuvo a Santiago Correa y lo puso a disposición el Ministerio Público. Le
dictaron prisión preventiva por el delito de extorsión. Otras denuncias se
sumaron en su contra por el mismo delito, aunque no tantas como se esperaba,
pues muchos tuvieron miedo de hacerlo. Todo parecía que Correa Collazo se
hundiría en prisión. Hasta donde se sabe, la Procuraduría de Baja California
integró una amplia carpeta de investigación con pruebas fehacientes, pero ahora
se duda de ello y sospecha de posibles actos de corrupción en el armado del
expediente.
Sin embargo,
en la audiencia del miércoles 9, la
jueza Patricia Hernández Haro falló a favor del presunto extorsionador al
declarar que puede llevar su juicio en libertad porque Correa Collazo no tiene
perfil de alta peligrosidad.
Su defensa logró acreditar que este
sujeto se dedica al oficio de peluquero y que nada tiene que ver con el
periodismo ni con medios de comunicación. Ahora sus víctimas, entre los que se
cuentan varias decenas, temen por sus vidas porque, dicen, “puede haber venganza.
Este hombre está relacionado con el crimen y eso la autoridad judicial no lo
valoró”.
EL MODUS
OPERANDIS.
La banda de Correa Collazo, según el
expediente integrado por la procuraduría de Baja California, está integrada por
Marco Antonio Lora, Alejandro Jiménez Gómez –quien se ostentaba como reportero
de Televisa y amigo de Joaquín López-Dóriga–, Mariano Soto Cortez, Saúl Omar
Castro y Ricardo Osuna, éste último fue funcionario del área de Aduanas en
Tijuana y del gobierno del estado.
Otros supuestos comunicadores
mencionados como cómplices de la banda son, según el expediente, Mariano Rafael
Soto –creador de la página “Tijuana sin Censura” y Miguel Rojas Salazar, autor
de una columna titulada “Espejo de Sapos”. Todos tienen antecedentes penales.
Mariano
Rafael Soto, quien tiene varias
averiguaciones en su contra por distintos delitos, fue protegido por la
Secretaría de Gobernación durante el sexenio pasado: bajo el argumento de que
había sido amenazado, la dependencia lo acogió en el programa de protección a
periodistas en riesgo y por ello se le otorgaron los beneficios de rigor. Sin
embargo, hoy se sabe que forma parte de la banda de extorsionadores.
De acuerdo
con las investigaciones, Correa Collazo
construyó una red de portales noticiosos para emprender las campañas
difamatorias en contra de sus víctimas.
Luego se dio a la tarea de elaborar
una lista de empresarios, funcionarios públicos y políticos –en algunos casos
con antecedentes de corrupción, historias familiares marcadas por conflictos y
desencuentros, la vida privada fue uno de los ángulos más explotados –y con
todo ese arsenal informativo comenzó a publicar las historias y videos
difamatorios.
Para ello, se valía de los portales
“El Tijuanense”, “El Diplomático” “Búsquedas por Google” y las redes sociales
–Facebook y otras –para alcanzar gran impacto entre el público. De igual forma
compraban los “likes” para multiplicar el impacto y paralelamente realizaban
llamadas a sus víctimas en forma constante.
Tenían una lista de al menos un
millón de correos electrónicos, quienes a su vez reenviaban la información a
sus respectivos contactos y las notas aparecían en twitter y las réplicas eran
casi infinitas. Así doblaban cualquier resistencia a pagar la suma exigida.
Vía telefónica les decían a sus
víctimas que “venía lo más duro si no cooperaban”, que iban a publicar
información –y mencionaban algunos datos ciertos –sobre sus familias y con otro
antecedente puntilloso y filoso arremetían para que pagara una suma y así
cesara la campaña. El expediente de este caso señala que las extorsiones no
bajaban de 100 mil dólares, dependiendo del nivel económico de cada personaje.
Cuando las cosas se complicaban o
antes de que esto ocurriera, los pseudoperiodistas solían mencionar a sus víctimas
los nombres de periodistas reconocidos a nivel nacional. Ciro Gómez Leyva y
Joaquín López –Dóriga eran siempre referidos por la banda, así como sus
espacios noticiosos, donde se publicarían las historias. Según las
indagaciones, les decían que entregarían el material informativo para su
publicación en algún medio de la Ciudad de México, desde donde el impacto sería
todavía mayor.
En el
expediente del caso figura una
fotografía de Alejandro Jiménez Gómez, señalado como miembro de la banda y
quien se ostenta como reportero de Televisa. En la imagen aparece abrazado con
López-Dóriga, otrora titular del noticiero estelar de Televisa.
El grupo
tenía una buena división del trabajo: unos
se dedicaban a elaborar los videos, otros realizaban las investigaciones,
edición de textos y su lanzamiento en portales y redes. Después de algunas
horas, el cabecilla de la banda diseñaba la estrategia para el cobro.
También contaban con la complicidad de empleados de
una compañía telefónica, quienes les proporcionaban los números telefónicos de
empresarios y políticos. De igual forma, la banda contaba con un grupo de apoyo
dedicado a hacer llegar mensajes a sus víctimas. Mandaban cajas y sobres con
fotografías, recados y adelantos de las informaciones que se publicarían si no
pagaban una suma.
De acuerdo
con las investigaciones, la banda de
pseudoperiodistas contaban –y cuentan porque todos están libres –con el
contubernio de autoridades estatales, quienes les filtraban información
sensible sobre investigaciones, aunque la mayor parte de las amenazas se
realizaban con historias que jamás demostraban porque eran inventadas. Pese a
ello, algunos personajes decidían pagar lo que les pedían para impedir
escándalos en redes y alarma entre sus familiares.
Se sabe que entre algunos personajes
que fueron blanco de campañas difamatorias de esta banda figuran la esposa del
gobernador de Baja California, Brenda Ruacho de Vega y Liliana Sevilla Rosas,
exfuncionaria del gobierno municipal, ésta última fue difamada mediante la
difusión de videos y tuvo que pagar para frenar la campaña en su contra. Luego
denunció los hechos y al presunto extorsionador –Mariano Soto Cortéz, editor
del portal “Tijuana sin Censura” — pero hasta ahora la indagatoria está
archivada en la procuraduría del estado.
Luego de la
detención de José Santiago Correa, el pasado 15 de diciembre, las autoridades revisaron el teléfono
celular de este personaje. Lo que hallaron fue una lista de al menos cien
nombres, entre funcionarios, políticos y empresarios que, de acuerdo con la
investigación, fueron extorsionados o estaban por serlo.
Periodistas de Baja California se
sumaron a la protesta y a las denuncias en contra de la banda de
pseudocomunicadores y publicaron las historias de cada uno de los implicados en
estos casos de extorsión.
En la Agencia Fronteriza de Noticias
también se publicaron los antecedentes de la banda. Todos, sin excepción,
tienen antecedentes penales por fraude, extorsión, entre otros delitos, y pese
a ello, ninguna autoridad de ese estado actúa.
Otro dato que salió a relucir en el
juicio de Santiago Correa es que tiene vínculos con el cártel de Tijuana –razón
de peso para que el caso pueda ser investigado por la Procuraduría General de
la República –, ya que está relacionado con los hermanos Arzate García,
presuntos sicarios de ese grupo criminal.
Se menciona también que los posibles
negocios donde blanquean sus capitales ilícitos son el bar “Mala Noche” y la
peluquería “Noble y Fino”.
El miércoles
9, el caso sorprendió a propios y
extraños cuando la jueza Hernández Haro dejó en libertad a José Santiago Correa
por no tener un alto perfil criminal, además, argumentó que no se acreditó su
relación con la actividad periodística ni con ningún medio de comunicación,
pues se trata de una persona de oficio peluquero y no periodista.
Lo que trascendió –y la versión cobra
sentido a partir de que toda la banda goza de libertad aún contando con
denuncias y carpetas de investigación abiertas –es que el grupo criminal tiene
arreglos muy fuertes y al más alto nivel en la Procuraduría del estado,
presuntos cómplices de esta red de extorsión que utiliza herramientas del
periodismo para usufructuar con la práctica de la extorsión.
En Estados
Unidos, el Buró Federal de Investigación
(FBI) también investiga el caso, pues en San Diego, California, la banda
también ha extorsionado a varios personajes y a menudo esa ciudad es utilizada
como refugio.
El FBI ya cuenta con una amplia lista
de páginas noticiosas que la banda utilizaba para difundir información
calumniosa que después era utilizada para la extorsión. Agentes del FBI
sostienen que esta red de pseudoperiodistas cobraban piso a funcionarios y
empresarios para no publicar nada en su contra. Esto, dicen, es una modalidad
del crimen organizado que usurpó el oficio periodístico para delinquir.
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