Por Jorge
Javier Romero Vadillo.
En los
tiempos que corren, creo que el gran reto de la Ciencia Política es escudriñar
en la raíz sicológica de los comportamientos políticos, tanto en el de los
electores, que ha sido más explorado, como el de los dirigentes y militantes.
Es evidente que las teorías de la elección racional que dominaron el análisis
económico y político durante medio siglo son insuficientes y que el
institucionalismo avanzó bastante, pero sigue sin desarrollarse plenamente la
pata que le reclamaba Douglass C. North, la que él llamaba una teoría de las
ideologías y que apenas dejó esbozada en su estupendo Understanding the Process
of Economic Change. Lo que hace falta en la ciencia política es comprender de
manera más profunda cómo se construyen esos mapas mentales, esas teorías a
medio cocinar, esas percepciones emocionales que explican el comportamiento
político.
¿Qué pasa
por la cabeza de los dirigentes políticos y de los gobernantes? ¿Cómo toman sus
decisiones? La teoría de juegos tiene alguna capacidad de simulación, pero las
mentalidades son mucho más complejas de lo que el cálculo estratégico puede
modelar hoy. Nos queda echar mano del recurso más antiguo para predecir el
comportamiento de los otros, lo que los neurocientíficos llaman una teoría de
la mente: la habilidad para entender los posibles contenidos de la cabeza
ajena.
Con ese
primitivo instrumental, que forma parte de nuestro paquete evolutivo, intento
imaginar cómo concibe su pretendido legado histórico el Presidente de la
República. Lo supongo un convencido: es un creyente de si mismo que predica su
verdad. Y realmente cree que le va a hacer un gran servicio a la Patria
reconduciendo su rumbo. Con lo que sé de su formación, estudió mucho el
cardenismo, porque era una de las cosas que se enseñaban en la Facultad de
Ciencias Políticas en sus tiempos y en los míos. Probablemente le dio clases
Arnaldo Córdova, no lo sé, pero seguro aprendió por su influjo, o el de Gilly,
cómo Cárdenas institucionalizó al presidencialismo. Cómo le transmitió a la
institución lo que antes eran atributos de los caudillos y cómo concluyó el
proceso de recentralización del poder.
En efecto,
López Obrador es cardenista y es juarista, aunque de Juárez lo que le atrae no
es su laicismo o su liberalismo, sino su faceta como político, como el hábil
operador que logró gobernar por encima de caudillos locales de mal conformar y
de legislaturas díscolas, a las que sustituyó por diputaciones de leales por
medio del fraude. De Cárdenas le apasiona cómo logró echar a andar un sistema
político relativamente eficaz gracias a la concentración del poder y a la
reducción de la violencia por medio del control corporativo y clientelar.
Hace muchos
años, poco antes de las desventuradas elecciones de 2006, conversaba con un
querido amigo, ahora ya muerto, que entonces era muy cercano colaborador de
López Obrador. Le pregunté que, si ganaba López Obrador, cómo iba a gobernar
con un Congreso seguramente dividido y sin mayoría. Me contestó orondo: “como
el general”. Obviamente se refería a Cárdenas. Lo cuestioné sobre cómo era eso
y me contestó que con las masas en las calles. En el imaginario de López
Obrador y por contagio en el de parte de su círculo cercano, su misión es
epopéyica. Tiene un proyecto y lo quiere cumplir.
El proyecto
de López Obrador es nostálgico. Añora al presidencialismo cardenista y se
imagina reencauzando lo que en el alemanismo se torció pero que la transición
al pluralismo terminó de destruir. Se ve como el Presidente fuerte y justo que
va a recuperar las facultades perdidas en un proceso de acuerdos cupulares que
solo acarrearon ineficacia y debilitamiento estatal. Arremete contra el
neoliberalismo, pero en realidad actúa contra la democracia liberal, que le
incomoda con todo su sistema de pesos y contrapesos. Él cree en la democracia de
la voluntad general encarnada en su persona. Confía en su arrastre de masas, en
su capacidad de convencimiento y en su magisterio. Y es un convencido de sus
intuiciones.
A sus
secretarios no los ve como colaboradores especializados encargados de diseñar y
echar a andar políticas sino como brazos ejecutores de sus designios, lo mismo
que al resto de la burocracia, a la que pretende leal y disciplinada, sin tomar
en cuenta problema de agencia alguno. Y los contrapesos le estorban, hace de
todo por sacudírselos o por someterlos. Está usando su mayoría en el Congreso
para concentrar el poder, para debilitar los frenos al ejercicio de su
autoridad, porque en efecto cree que eso es lo más eficiente, lo que
corresponde a la idiosincrasia mexicana, lo que sirve de mejor manera para
administrar la diversidad. No creo que pretenda reelegirse, pero si estoy
seguro de que está dispuesto a definir su sucesión.
Esto no es
más que mi teoría de la mente de López Obrador, meras conjeturas. Pero lo que sí
es observable de manera cotidiana es su improvisación y la manera en la que se
aferra a sus ideas, sin la menor consideración de la opinión experta. La
descalificación de los análisis de especialistas en la discusión sobre la
Guardia Nacional es sólo una muestra de su desprecio por el conocimiento basado
en el análisis de la evidencia como fuente para gobernar.
Y también es
objetivo su proyecto estatal de concentración de poder. La Guardia Nacional
como sello de su alianza con las fuerzas armadas para el control territorial,
mientras que puebla con leales la Suprema Corte, intenta desaparecer el órgano
autónomo de evaluación educativa, le reduce sustancialmente el presupuesto al
INE y vilipendia día tras día en su homilía matutina al INAI. En su diseño
estatal es el Presidente el gran componedor de entuertos e injusticias, que
gobierna con el ejemplo y que no se anda con tiquismiquis técnicos o leguleyos
a la hora de tomar decisiones. Lo que el presidente diga debe transformarse en
acción solo porque él lo dijo, sin que exista problema alguno de eso que en
jerga de políticas se llama implementación.
Su diseño
está claro. Lo que me pasma es la manera en la que lo está realizando, sin que
se articule una oposición que lo frene en el Congreso. Si se aprueba la Guardia
Nacional y logra sacar adelante su contrarreforma educativa, López Obrador
habrá mostrado que tiene la fuerza para modelar la Constitución a su medida, la
de un régimen de presidencialismo exacerbado, como el que Juárez imaginó y
Porfirio Díaz consolidó, que la revolución destruyó para reedificarlo con mayor
base popular en los tiempos de Cárdenas. Su proyecto es el del relanzamiento
del presidencialismo hegemónico, mientras la oposición no dice ni mu.
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